La revancha de las brujas

Autor:

Frank Padrón

Como es ya habitual, el festival del humor en Cuba repletó las salas y teatros donde se presentó durante siete intensos días.

Acercándonos a algunos de esos momentos, la inauguración, mediante el programa En humor a la verdad, con Otto Ortiz y varios invitados, ofreció una portada cuánto menos irregular; versión escénica de un paquete televisual de verano (que vuelve este año), sobresale la ductilidad del anfitrión para el monólogo introductorio: no hay dudas de que el humorista posee recursos y sabe narrar.

Sin embargo, el espectáculo no logró toda la fluidez e integración requeridas durante su largo trayecto; la alternancia de entrevistas y scketchs no siempre resultó feliz y padeció evidente desbalance entre varios cuadros (a uno ingenioso y simpático como el de la funeraria se oponían otros llenos de reiteraciones y situaciones forzadas como el de los parqueadores o el del gimnasio). Esperamos que las emisiones de TV logren armarse mejor.

Entre lo que llegó de provincias, por fin pudimos apreciar el laureado Superbandaclown, de Teatro Tuyo (Las Tunas), que entre otros premios obtuvo el grande del Aquelarre pasado.

La troupe que dirige Ernesto Parra evidentemente ha conferido al concepto del payaso una dimensión otra, de mayor vuelo, librándolo de clichés y camisas de fuerza que han acabado por anquilosar un tipo sin dudas preferido sobre todo por el público menudo, como demostraron las recientes funciones capitalinas; dentro de una obra concebida esencialmente para adultos, llama la atención la manera en que los niños también participan y disfrutan.

El trayecto del conjunto de músicos que esperan a un director tardío deviene algo más que lo tó(í)pico a esperar en este tipo de pieza; en realidad nos enfrentamos a una celebración de vida, un ars poetica que se introduce en los vericuetos de la actuación musical y el arte todo, un performance que sin embargo se torna mucho menos circunstante por obra y gracia de lo que se mueve tras las peripecias de los actores, por demás excelentes y devenidos capaces músicos, quienes arman una verdadera epifanía mediante títulos representativos del patrimonio cubano y universal (nada menos que la Oda a la alegría, de la beethoviana Novena Sinfonía constituye el cierre «oficial», pues después una criollísima conga desborda el escenario, incorpora al público y sale a la calle).

Los siete integrantes de Teatro Tuyo demuestran aquí el dominio gestual y escénico que han alcanzado, además del aludido amarre dentro de lo musical: Superbandaclown es una prueba al canto de la dificultad que implica un espectáculo aparentemente muy sencillo y, sin embargo, harto complejo en su concepción, desarrollo interno y puesta.

Del colectivo habanero La Oveja Negra se anunció el espectáculo Diversiones (debió llevar un guion corto tras la i para exponer mejor desde el título su contenido paródico) y pensé que asistiríamos a un estreno. Pero resultó que nos enfrentamos a un grupo de scketchs viejos, viejísimos, basados en famosos cuentos infantiles que viene presentando el trío desde hace años (Alí Babá y los 40 ladrones, Los tres mosqueteros…) por otra parte sin la mínima reformulación.

No negamos el ingenio que exhiben algunas de las parodias, o su sano «chucho» a males nacionales, mas tampoco los lastres racistas, sexistas y homofóbicos que trasuntan, para colmo «aderezados» por una función donde campearon por su respeto las morcillas y las excesivas y demasiado frecuentes risas de los actores. Bien es conocido por otra parte el potencial histriónico y humorístico de estos, por lo cual esperamos un nuevo (y mejor) espectáculo a su medida.

El Café del Centro Cultural Bertolt Brecht acogió al finalizar las jornadas durante buena parte del Aquelarre una serie de espectáculos que reanimaron el concepto del «café concert». Uno de ellos, el que ya hubiera bastado para legitimar tales encuentros, fue De Doime son los cantantes, centralizado, como es de suponer, por Osvaldo Doimeadiós.

Acompañado por un trío de excelentes músicos y pocos aditamentos imprescindibles (peluca, cierto vestuario…), el actor y humorista nos regaló aproximadamente una hora que transcurrió sin que el repleto auditorio se percatara. He aquí un ejemplo de perenne reinvención artística sin renunciar a una acuñada poética: Doime es siempre él mismo pero se renueva constantemente.

Como es habitual, se travistió, conversó, asumió varias identidades, cantó (algo sí mucho menos habitual, y nada mal, a propósito) para hablar justamente, entre otros temas, de la autenticidad humana y estética, la tercera edad, la ineludible realidad social, pero siempre alejado de tópicos y lugares comunes y motivando a la reflexión hermanada con la risa; si, como afirmó, humor y amor van de la mano, deben hacerlo también el arte de divertir(se) con el de pensar, dentro de lo cual, ya se sabe y lo confirma a cada paso, él es un sólido paradigma.

Aquelarre 2017 tuvo mucho más, imposible de consignar siquiera. Baste, dentro de algunas apresuradas conclusiones, encomiar una vez más su carácter inclusivo y variado, lamentando, eso sí, que en esta edición no hubiera mucha más participación de provincia(s). Resaltar la pertinencia y enjundia, en no poca medida, de su evento teórico, que se acercó al humor desde el lado conceptual, analítico, que tanto necesitamos también.

No dejó de ser el festival un medidor de calidades, una (a)puesta al día de los rumbos y brújulas (no siempre bien direccionadas) de colectivos y humoristas. Claro que lo mejor sería un Aquelarre a tiempo completo, que mantenga teatros y plazas diversas sembrando y recogiendo (son)risas, para que las brujas durante todo el año salten de las llamas y nos recuerden que somos animales divertidos, que conjuramos males y problemas mediante el fuego del sano humor.

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