El fuego hecho danza

Este 25 de septiembre, CoDanza, una de las compañías emblemáticas de Holguín, cumple un cuarto de siglo de vida. Como homenaje a su trayectoria, JR comparte las reflexiones de una de sus fundadoras, Vianky González, la bailarina en activo más experimentada de la agrupación

Autor:

Liudmila Peña Herrera

HOLGUÍN.— La escena arde con ella. Y quien la ve entregar el alma sobre el tabloncillo, no imagina que su cuerpo acumula ya 44 junios. Parece tener un pacto divino, pues sus músculos se mantienen gráciles y no pierden la ligereza de movimientos. Quizá porque en ella se unen espontaneidad y talento, Vianky González abre, sin pretextos ni poses de diva, el telón de su vida a JR.

«Me gradué y luego, con tres meses de embarazo, me convertí en primera bailarina. Yo bailaba con mi pancita. Tuve que trabajar con una hija y ser madre soltera. Gracias le doy a mi familia porque me cuidaban a la niña».

—¿Cuál es el mayor sacrificio que has enfrentado durante tu carrera?

—El bailarín necesita de la mente y del cuerpo. Mientras pasan los años, los músculos se endurecen. Esta es una carrera corta y uno siente el peso del tiempo, pero mi sacrificio ha sido buscar el estilo de Vianky. Esa búsqueda causa mucho trabajo en el sentido interior, y creo que lo he conseguido.

—¿Cómo fueron tus inicios en CoDanza?

—Al principio estaba un poco reacia, porque ya trabajaba con el Conjunto Folclórico Nacional de Cuba y no quería venir para Holguín. Pero me tocó el servicio social aquí como profesora. Entonces a Maricel Godoy se le ocurrió la idea de reunirnos y fundar la compañía. Empezamos haciendo un tipo de danza que no destacaba por las grandes coreografías, pero teníamos pasión y ganas.

«A nuestra directora siempre le ha gustado una danza limpia, técnica, lo cual no quiere decir que resulte rígida, sino que los movimientos sean depurados, donde el virtuosismo no fuera solo del movimiento corporal, sino también en lo emocional. En ese tiempo se vivía mucho la pasión de la danza. Esos fueron mis inicios en CoDanza. En ese tiempo ella montó una coreografía, Tridireccional, y dije que con ella yo había logrado el doctorado, porque lo bailé ¡tantas, pero tantas veces!».

—Hablas mucho de Maricel, pero ¿no sueñas con tener tu propia compañía?

—Claro que sí. Condiciones emocionales tengo, pero no creo que económicamente pueda desarrollar una compañía, porque hoy no contaría con un local para ensayar y hay un déficit de bailarines en la provincia.

—¿Y a qué obedece eso? ¿No se están graduando bailarines en Holguín?

—Sí, pero con muy bajo nivel técnico. Llegan a las compañías sin conocer ejercicios que están en programa. En ello influye la falta de profesores y que algunos jóvenes talentosos buscan otros horizontes . 

—¿Cuán diferente es la generación fundadora de la actual?

—Técnicamente hay una gran diferencia. Cuando en la carrera hay asignaturas de técnica, de folclor, de composición, lo tienes todo. Pero si te dividen y te dan solamente algunas de ellas, se limita tu desarrollo. Yo no era tan delgada como ahora y tenía mucho busto. Entonces hice dieta y trabajé duro porque tenía que sacar la asignatura. Pero si hoy se lo hacen muy fácil, pues muy fácil van a graduarse. Y, por ejemplo, viene el Ballet Contemporáneo de Camagüey (Endedans), y los muchachos no van al teatro a aprender; ni ven una obra del Lírico, o de la Sinfónica; no leen. Y un artista tiene que nutrirse de todas estas fuentes, porque a la hora de interpretar un personaje no sabrá de dónde agarrarse.

—¿Cuánto ha aportado el intercambio con otras compañías y artistas durante el Grand Prix Vladimir Malakhov?

—Desgraciadamente, desde el inicio del concurso están participando las mismas compañías y casi las mismas personas. En este evento no defendemos tanto la idea de ganar, sino la de compartir. Se aprende mucho con los talleres impartidos por personalidades como Orta, quien proviene del teatro premio nacional de Danza. Pero vienen pocos, sobre todo de La Habana, de donde solo llegan del ISA y del Ballet de la TV. Parece que a las compañías establecidas no les interesa o no les hace falta interactuar con el talento del resto del país. No sé si es por un problema económico o de conocimiento de la existencia del evento, que, por cierto, comienza este domingo.

—Te has quedado en varias oportunidades al frente de la compañía. ¿Crees que el rigor y la austeridad garantizan la disciplina?

—Sí, porque hay que lidiar con personas de 19, 25, 44 años… y no todos piensan igual. Lo primero que debe tener una compañía es disciplina. Debes estar 15 minutos antes de las clases para calentar y evitar lastimaduras, tomártelo en serio, respetar a todos. Dirigir es difícil: hay que saber comprender si alguien se siente mal, si se lastimó, porque en la danza funcionamos como un todo.

—¿Qué te nutre más, la creación coreográfica o bailar?

—Es un conjunto. Para ser coreógrafo no existen estudios en Cuba, así que hay que ser muy valiente al empezar a crear. Esperé muchos años, no porque no tuviera la capacidad, sino porque pensaba más en la experiencia, en cosas internas que quizá no tengan nombre, porque hay algunas que se sienten y no se pueden decir. Esperé como 15 o 16 años para eso, y aun así no me considero una coreógrafa con todas las letras.

«Entre mis creaciones están La memoria de un pez, basada en un poema de mi coterránea Kenia Leyva; y Estación para pensar, fundamentada en cuatro poemas holguineros, porque quería imbricar diversas artes. Quisiera hacer otras más narrativas, con obras de la plástica. De hecho, en el Grand Prix pasado estrené Seis grados de separación, que se inspira en la teoría de que en un mundo grande, a través de seis personas, puedes conocer a quien tú quieras. Y para esta edición presentaré Imago, un solo femenino, lo más reciente que he hecho».

—¿En qué piensas o qué visualizas cuando bailas frente al público?

—Yo soy una bailarina pasional. Disfruto y me creo lo que hago. Es que tengo la oportunidad de ser otra persona en escena. El teatro te da cierta magia. No soy una bailarina muy virtuosa en movimientos, en condiciones; pero sí muy interpretativa. Así me gano al público, y eso que hoy comparto escena con bailarines no mayores de 25 años.

—Justamente por eso, ¿qué significa el tiempo para ti?

—No sé qué me pasa. Sé que tengo 44 años, claro. Veo a mi hija de 20 y lo pienso. A la compañía llega gente nueva y, a la hora de trabajar, soy una niña más. Esa es una de las cosas que me ha nutrido. El hacer ejercicio ayuda mucho, además de compartir con gente muy joven y estar todo el tiempo riéndote. Es un estado mental.

—Y si no le temes al tiempo, ¿hasta cuándo piensas bailar?

—Mientras pueda. Llegará un momento en que no pegue con los demás visualmente, porque el tiempo es irremediable. Entonces haré dúos, quién sabe. Yo me siento plena, no me quejo de ningún dolor, aunque lo sienta.

—¿Por qué le has regalado tu vida a CoDanza?

—Cuando empezamos éramos muy unidos y se convirtió en una familia. Yo soy de las personas que cuando creo en algo, ahí me quedo, lo cual no quiere decir que me estanque. Intelectualmente me he superado porque hice mi licenciatura en Comunicación Social, con Título de Oro, trabajando en la compañía. Me gusta mi país porque me gusta danzar y no quiero tentar la suerte. Y creo en esta compañía porque es mi familia. En Codanza soy Vianky, y por CoDanza y la gente que está y estuvo, siento cariño.

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