Star System obnubila resplandor de la diversidad

Desde la década de los 80 el evento se empeña en avalar la diversidad estética y cultural

Autor:

Joel del Río

La 42 edición del Toronto International Film Festival (TIFF) confirmó el bien ganado prestigio entre los mayores del mundo, sobre todo a partir del número de proyecciones, la cantidad de filmes y espectadores participantes, así como el enorme volumen de transacciones comerciales verificadas en su sección de mercado. A la manera de Doctor Jekyll y Mister Hyde, el evento se empeña en avalar la diversidad estética y cultural, mientras que los brillos mediáticos y estelares, los vaticinios de Oscar y la hegemonía anglosajona, sobre todo del cercano Hollywood, amenazan con obnubilar la significativa pluralidad conquistada desde mediados de los 80.

Este año se comprobó, notoriamente, el avance de Mister Hyde, y las diez o 12 cuadras donde se concentró el evento devinieron epicentro de los flash y las alfombras rojas, los fans reclamando a gritos sus autógrafos, mientras las calles se repletaban de barricadas para proteger hoy a George Clooney y mañana a Angelina Jolie, ambos dentro de una constelación de estrellas que eclipsaron, mediáticamente hablando, cualquier otra presencia o propuesta. Desde la clarinada inaugural se impuso el tono predominante: la emocionante coproducción sueco-norteamericana Borg/McEnroe, de corte biográfico y deportivo, se concentra en la virulenta rivalidad entre los tenistas profesionales John McEnroe y Björn Borg desde el Campeonato de 1980 en Wimbledon.

A partir de tal iniciación, se percibió la presencia, en la enorme nómina de títulos elegidos, del género histórico o biográfico, y rápido aparecieron I, Tonya (un acercamiento inesperadamente realista a la historia de la famosa patinadora Tonya Harding) y La batalla de sexos, otro drama que reiteraba el interés en el tenis, puesto ahora al servicio de Emma Stone (en el papel de Billie Jean King durante el match de 1973). Ya se rumora que la Stone, convertida hoy por hoy en la actriz mejor pagada de Hollywood y con un Oscar en la mano, estará nominada nuevamente este año, al igual que varias de sus colegas que circularon por las pasarelas de Toronto, primer tramo del maratón hacia los galardones de la Academia estadounidense.

Se sabe que el filme ganador del premio del público en este Festival, el People’s Choice Award, suele agenciarse, en febrero o marzo, algunos de los principales premios Oscar, como le ocurrió no solo a La, La, Land, sino también a 12 años de esclavitud, El discurso del rey o Slumdog Millionaire, por solo mencionar tres casos que certificaron a Toronto como antesala del podio californiano. Esta vez los espectadores eligieron al drama policiaco independiente Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, que probablemente colocará a su actriz protagónica, la consagrada Frances McDormand en cerrada competencia con la Stone, y con otras notables actrices angloparlantes que también estremecieron lunetas.

También tuvieron buena crítica y excelente respuesta del público las actuaciones de Jennifer Lawrence en medio del horror sicológico que representa Mother! y la siempre extraordinaria Annette Bening por su interpretación de Gloria Grahame en Las estrellas no mueren en Liverpool, mientras que Jessica Chastain se anotó dos exitazos: la también biográfica y judicial El juego de Molly y el drama feminista de época, con personaje real, La mujer camina adelante. De las otras estrellas que llegaron del otro lado del Atlántico, volvieron a dar en la diana las británicas Judi Dench (se mete nuevamente en la piel de una reina en Victoria & Abdul) y Sally Hawking por la reciente seducción fantástica dirigida por Guillermo del Toro (La forma del agua). Ellas deberán discutir los premios principales del cine anglosajón durante 2017.

Jennifer Lawrence en medio del horror psicológico que representa Mother!

Como un acápite de la tendencia dominante a revisar el ayer, el Festival también programó varias obras que vehiculan las protestas de los creadores por las atrocidades pasadas y presentes de la política norteamericana. Algunas contenían estelares actuaciones de histriones masculinos, aplicados a conseguir la credibilidad en su interpretación de personajes reales. Así, Jake Gyllenhaal tal vez alcance la cúspide del reconocimiento por su interpretación de un atleta gay, con las piernas amputadas por el efecto de una bomba, en Stronger; Benedict Cumbertbatch y Michael Shannon le dieron vida a la rivalidad entre Thomas A. Edison y George Westinghouse en La guerra actual; mientras Gary Oldman redefine el histrionismo cinematográfico con su rencarnación de Winston Churchill en La hora más oscura.

A ojos vistas, la era Trump ha incentivado el criticismo revisionista y algunos de los filmes más esperados en el festival pecaron de obviedad por su desembozada denuncia de la corrupción oficial, la Guerra Fría y el racismo. Así, la oda al amor por lo diverso que es La forma del agua, refuerza su dramatismo a partir de la feroz competencia soviético-norteamericana; Kings, protagonizada por Halle Berry, se ambienta en las revueltas antirracistas de Los Ángeles en 1992, y Liam Neeson es «garganta profunda» del Caso Watergate, en Mark Felt: El hombre que derrumbó la Casa Blanca. Pero es Matt Damon quien domina el reparto de dos filmes cáusticos: la oscura sátira del sueño clasemediero norteamericano, en los años 50, que es Suburbicon (dirigido por George Clooney), y la comedia sociológica y de ciencia ficción Downsizing (de Alexander Payne), que juega con la posibilidad de miniaturizar seres humanos ante la creciente escasez de recursos alimenticios.

El cine estadounidense también se ha refrescado con el arribo de capacitados talentos, procedentes de los más diversos países, que adoptan el inglés en sus realizaciones. Al mexicano Guillermo del Toro, el alemán Wim Wenders y el danés Bille August, quienes hacen películas en ese idioma desde hace muchos años, ahora se suman el griego Yorgos Lanthimos con la excelente, desconcertante, The Killing of a Sacred Deer; el chileno Sebastián Lelio mediante el drama lésbico Disobedience; la turca Deniz Gamze Ergüven (de fama mundial por Mustang) y su comprometida Kings; el israelita Hany Abu-Assad dirigiendo a los estelares Kate Winslet e Idris Elba en la aterida La montaña entre nosotros; la saudita Haifaa Al Mansour con la biografía Mary Shelley; el español Fernando León de Aranoa quien puso a Penélope Cruz y Javier Bardem a hacer de colombianos y machacar la lengua de Shakespeare en Loving Pablo, y el italiano Luca Guadagnino, el cual aportó el romance gay Call me by your name, uno de los títulos más aplaudidos del certamen.

Incluso el cine cubano, excepcionalmente seleccionado por los organizadores del Toronto, estuvo presente esta vez con Sergio y Serguei, que significa el tercer largometraje de ficción de Ernesto Daranas (Los dioses rotos, Conducta), contiene largos parlamentos en inglés (y en ruso), además de la participación del actor norteamericano Ron Perlman, reconocido por su participación en Cronos, La ciudad de los niños perdidos y Hellboy. A su favor, nuestro filme contiene desempeños muy notables de todo el reparto (en particular Tomás Cao, Héctor Noas y Mario Guerra), además de efectos especiales que contribuyen a redondear una visualidad impactante, rara en nuestro entorno, porque suele asociarse a las grandes producciones fantásticas y de ciencia ficción. En contra, el guion peca por previsibilidad, reiteraciones y excesos retóricos, amén de una revisión un tanto formulista del período especial. A la hora de su estreno en Cuba podrá ser valorada más a fondo.

De todos modos, en el glamoroso festival tampoco faltaron, medio arrinconados, algunos de los más relevantes y sensibles autores del cine mundial. En Happy End, el austriaco Michael Haneke constató la decadencia de la institución familiar en los tiempos de internet; Cacería humana regresa al chino John Woo al cine de violencia operística que lo hiciera tan famoso; el finlandés Aki Kaurismaki retoma sus hermosas fábulas sobre la necesidad de la fraternidad con los inmigrantes en La otra cara de la esperanza; el coreano Hong Sang Soo insiste en mostrarnos otra lírica página de su diario personal con El día después, y el ruso Andrei Zvyagintsev contempla un matrimonio que enfrenta la peor tragedia en Sin amor.

Por supuesto que el cine de autor está verificando el examen del pasado que, además, revisa las historias nacionales. Zama nos propone a la argentina Lucrecia Martel sumergida en el siglo XVIII y distanciada del tono contemporáneo, filial y subjetivo que la hicieron célebre; los hermanos Paolo y Vittorio Taviani anunciaron su retiro definitivo mientras estrenaban el repaso de la resistencia al fascismo durante la Segunda Guerra Mundial en Una questione privata; y el francés Xavier Beauvois conmemora el centenario de la Primera Guerra Mundial con Los guardianes, referida a una familia de campesinos atrapados en ese contexto.

Quizá el destino del cine de autor se relacione cada vez más estrechamente con las narraciones clásicas y genéricas estilo Hollywood. Tal vez esté caducando el concepto de cinematografía nacional que se diseminó en los años 60 y 70 del pasado siglo, y los filmes de cualquier país deberán adoptar, si aspiran a lograr cierta notoriedad internacional, el inglés como lengua, y expresarse en los códigos impuestos por los géneros dominantes en Norteamérica. A lo mejor estamos abocados a la más completa hegemonía del sistema de estrellas, el entretenimiento y las frivolidades consiguientes, pero quisiera confiar en que Toronto, La Habana y otras grandes urbes festivaleras seguirán concediendo resquicios para obras distintas, incisivas, complejas e impares.

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