Escenarios posmodernos

La mezcla de fuentes, referentes y nexos; la confluencia de alta y baja cultura(s), y el reciclaje de elementos estéticos de la más diversa laya suelen caracterizar los textos posmodernos

Autor:

Frank Padrón

La mezcla de fuentes, referentes y nexos; la confluencia de alta y baja cultura(s), y el reciclaje de elementos estéticos de la más diversa laya suelen caracterizar los textos posmodernos; así encontramos en cartelera dos estrenos con estas características: Alguien va a venir (Berenjena Teatro) y El sacrificio, por La Compañía del Cuartel.

Final de la Trilogía de la identidad escrita por el dramaturgo Jon Fosse, todas llevadas a escena por el primer colectivo, que dirige Anaysy Gregory Gil. Alguien… insiste en la importancia de la casa como espacio no solo físico sino emocional, sicológico… esta vez con un matrimonio desigual desde el punto de vista etario que se instala en una mansión habitada aún por ¿los fantasmas? de su antiguo propietario y la madre anciana y postrada.

Con el teatro del absurdo como herencia indudable, la obra discursa en torno a males contemporáneos, o bien antiguos pero que se antojan agudizados hoy día: desde la criminalidad a la violencia de género, pasando por el machismo, los abusos de poder (tanto patriarcal como estatal) o el «oficio más antiguo».

Empleando los recursos habituales de Berenjena Teatro, hallamos tanto la publicidad audiovisual explícita —incluyendo la promoción de un diseñador de modas que sube al escenario en una de las rupturas narrativas— como la danza, la «sombra chinesca» o el expresivo blanco en tanto croma dominante de la escenografía.

Solo que, si en El hijo —montaje precedente de la Trilogía…— esta multiplicidad dentro de la sintaxis teatral lograba una cohesión que redundaba a favor del montaje, en Alguien va a venir se echa bastante de menos.

Teatro posmoderno cubano. Fotos: Víctor Hugo Gámez.

La puesta se siente bastante desarticulada e inorgánica, pese a momentos de indudable brillo o varias actuaciones convincentes, como las de Frank Andrés Mora o Anaysy.

Cualquier texto del dramaturgo Reinaldo Montero (El Dorado) implica otra cita con la posmodernidad; los frecuentes diálogos intertextuales y alusivos del escritor ahora se remontan lo mismo al Frazer de La Rama dorada, que al L. Weston del Santo Grial, sin olvidar las frecuentes salpicaduras a la realidad nacional de ahora mismo, incluyendo cierta visión futurista.

En El sacrificio, la más reciente puesta de La Compañía del Cuartel, que dirige Sahily Moreda, nos enfrentamos a un mundo posapocalíptico donde los verdores y el agua son meras utopías, remembranzas de lo que alguna vez tuvo la humanidad; dentro de ello las (des)valorizaciones, los (des)encuentros y las más arrebatadas  posturas de seres alucinantes que representan diversas realidades, alternan en un juego de espejos y refracciones lúdicras.

Con la facilidad escritural de Montero, sus frecuentes paronomasias y todo su  arsenal metafórico, hay que reprocharle aquí ciertas sumersiones en un terreno escatológico que, aunque deliberado, resulta innecesario, sobre todo porque hace perder vuelo al discurso, de por sí no carente de gracia e imaginación.

La puesta de Moreda, que los de su compañía han llamado Teatro Pancarta, se anota puntos en la escenografía de Eduardo Guerra y Virginia K. Peña, en cuanto a aprehender la atmósfera y ambiente que se alude en el texto, algo que refuerza el vestuario de Paula Fernández, y una música que acentúa también los presupuestos conceptuales de la obra.

El numeroso subsistema de personajes conlleva por tanto un elenco que también es extenso, y dadas las características esperpénticas y simbólicas de muchos de ellos requieren de una solidez histriónica que no todos logran. Mencionaría entonces, de entre los más destacados, a Anel Perdomo, Israel Guerra, Rone Luis Reinoso, Karla Menéndez y Annalié Quero, a veces representando más de un rol.

Estamos ante obras que, limitaciones a un lado, significan maneras originales de encarar el hecho teatral en nuestra escena.

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