Diseñar es… pensar, prever y arriesgar

Su nombre es asociado de inmediato con el diseño de libros, la Casa de las Américas y la cartelística cubana, pues en todos esos ámbitos deja a diario su huella de incansable soñador

Autor:

Aracelys Bedevia

Cuando son bien merecidos, la entrega de premios se convierte en un jubileo. Eso ha sucedido con José Alberto Menéndez Sigarroa. Pepe, como cariñosamente le dicen todos, es uno de los diseñadores más conocidos y talentosos de la Cuba de hoy.

Su nombre es asociado de inmediato con el diseño de libros, la Casa de las Américas y la cartelística cubana, pues en todos esos ámbitos deja a diario su huella de incansable soñador. Graduado de Diseño Gráfico en el Instituto Superior de Diseño (ISDi, La Habana), Pepe ha organizado numerosas exposiciones y recibido, entre otros premios, el Nacional de Curaduría, Espacio (ACCS), Arte del Libro (ICL), Caja Alta (Uneac), Coral (al mejor cartel, Festival del Nuevo Cine Latinoamericano), y, más recientemente, el Premio Nacional de Diseño del Libro 2017, por su fecunda trayectoria editorial.

«Satisfacción, desde luego. Eso es lo que siento en este momento», dijo a Juventud Rebelde al recibir el galardón durante la 27ma. Feria Internacional del Libro de La Habana. «Creo que los premios tienen la utilidad de marcar referentes, establecer jerarquías y eso es muy importante. En lo que no creo es en que se diseñe para ganar reconocimientos.

«El diseño es una profesión que combina el arte y la técnica. Una herramienta responsable de la sociedad moderna para ordenar, optimizar y crear belleza útil. Una estrategia en la que la creatividad y la planificación se complementan. Una función mediadora entre necesidades y posibilidades. Un oficio maravilloso que se ejerce en soledad, pero sumamente acompañado», expresó.

—¿Cómo asumes el proceso creativo?

—Disfrutándolo. Diseñar es inventar, alumbrar, proponer, imaginar, pero también conciliar, convencer, arriesgar, asumir o rectificar. A veces es el binomio prueba-error, pero con más frecuencia es pensar, prever y anticipar.

«Tengo unos pocos momentos en que parece que uso una bola mágica. En el diario lo que predomina es la labor insustituible de organizar y entender información, procesar textos e imágenes, ajustar cronogramas y dialogar con otros profesionales. El instante creativo es breve y no siempre se lleva los mayores aplausos. El diseñador no es un genio, yo menos que menos. Frotar la lámpara es una oportunidad infrecuente, pero muy disfrutable».

—¿Qué te llevó a decidirte por el diseño gráfico?

—Supe que existía la carrera de diseño cuando cursaba onceno grado. En aquel entonces la opción era estudiarla en una universidad de Alemania Oriental, cosa que me gustó porque yo hablaba ese idioma. Al año siguiente abrió la convocatoria para el curso inicial del Instituto Superior de Diseño Industrial —que así se llamó al fundarse— y me apunté a los exámenes de ingreso. Creo que fuimos más de 500 aspirantes para 50 plazas, y yo logré una de ellas.

«La verdad es que tenía nociones bastante básicas acerca del diseño, pero mi infancia y adolescencia me permitieron tener una cultura visual útil para empezar esta profesión. El diseñador necesita “saber ver” y el estudiante lo aprende, pero si ha crecido rodeado de estímulos visuales positivos es mejor aún. Ese fue mi caso. Así que con antecedentes aprovechables y mucha curiosidad entré a formar parte de los primeros estudiantes universitarios cubanos de Diseño en el año 1984».

—¿Qué diseñadores influyeron más en tu formación?

—En el ISDi, los tres puntales de la carrera de diseño gráfico: Antonio Cuan Chang (arquitecto y primer decano), Hugo Rivera (artista y maestro mayor) y Esteban Ayala (diseñador gráfico, figura central en el trazado e implementación de los perfiles académicos de la carrera).

«Luego llegaron los primeros deslumbramientos “de afuera”. El japonés Shigeo Fukuda con sus carteles de magia visual, el estadounidense Herb Lubalin con ingeniosas familias tipográficas y logotipos, o el suizo Josef Müller-Brockman, sistematizador de pautas para el diseño editorial.

«También, más cerca y de carne y hueso, aprendí mucho en un taller con el inglés Bob Williamson. También con Ñiko, el gran cartelista del Icaic. Absurdamente tarde vino el descubrimiento de la gráfica cubana que nos antecedió. Admiré ya para siempre a muchos de aquellos maestros y encuentro a menudo inspiración en su poderosa obra».

—¿Qué es lo que más te apasiona de tu trabajo?

—La diversidad de tareas a las que me enfrento. Mi trabajo es cualquier cosa menos rutinario. Incluso cuando un proyecto se extiende en el tiempo, como suele ser el caso del diseño de revistas, las circunstancias varían y llegan estímulos antiagotamiento por diversas vías. Cada día hay algo diferente que atender, una persona o un tema nuevo, una complejidad otra, un reto que enfrentar. Hago diseño profesionalmente desde hace 29 años y todavía no me aburro.

—¿Cómo llegas al diseño de libros?

—Lo primero realmente importante fue el rediseño del perfil gráfico de la Colección Literatura Latinoamericana y Caribeña, que me encargó la Casa de las Américas en 1997. Yo estaba entonces cerca pero no en Casa, diseñando mis primeros libros. Puedo decir que aquel proyecto fue un punto de giro en mi trabajo porque se trata de una colección importantísima de la institución y de Cuba.

«Nacida en 1963 bajo el vanguardista criterio gráfico de Félix Beltrán, esta colección fue conducida brillantemente por Umberto Peña durante largo tiempo. Como suele suceder, al cabo de los años estaba necesitando una renovación y esa responsabilidad tremenda me la dieron a mí. No debo haberlo hecho tan mal porque terminé siendo invitado a asumir más diseños para la Casa de las Américas, no solo editoriales, por casi 20 años ya».

—¿Qué habilidades o capacidades crees que debe desarrollar un diseñador gráfico?

—Ya mencioné la capacidad de saber ver, que se pudiera explicar también como pensamiento visual. En un caso extremo un diseñador podría no tener capacidad auditiva, gustativa, olfativa o táctil, incluso estar privado de la posibilidad de sostener un lápiz en la mano, pero difícilmente podrá prescindir de la vista.

«La combinación de vista-que-piensa con pensamiento-que-anticipa es una formulación básica para diseñar. A partir de eso hay un abanico de posibilidades o modos de ser diseñador: más o menos creativo, con talento para el dibujo o carente de este, habilidoso o no con la tecnología digital, concentrado o disperso, puntual o “barco”, elocuente o de pocas palabras... en fin, múltiples maneras de ser el diseñador o la diseñadora, y calidades que ofrecer como profesional».

—¿Qué representa para ti la Casa de las Américas?

—La Casa de las Américas es la gran oportunidad. No la busqué ni tuve conciencia nítida de ello hasta pasado bastante tiempo. Hoy me queda claro que es un privilegio trabajar en una institución que aúna mucha historia y gran prestigio en el campo en el que yo me desenvuelvo. Hay entidades más veteranas, pero pocas igualan el buen nombre —para decirlo del modo más sencillo posible— de la Casa de las Américas. No necesito enunciar sus galardones ni las ilustres figuras que los impulsaron ayer y continúan conquistando hoy, y no estoy hablando solo del diseño, desde luego. Pero si fuera preciso hablar de los diseñadores, a los dos grandes que mencioné anteriormente basta añadir dos inmortales de la gráfica cubana: Raúl Martínez y Alfredo Rostgaard. Ellos dos estuvieron ligados de diversa manera a la Casa de las Américas, enriqueciendo su pedigrí. Me satisface creer que he aportado algo a ese prestigio, aunque fuera simplemente por constancia y fidelidad.

—¿Qué influencias ejercen el diseño y los diseñadores en la sociedad cubana actual? ¿Crees que la profesión de diseñador debe ser más valorada?

—Nuestra profesión ha dado grandes pasos de avance en las dos últimas décadas, quizá no en total correspondencia con los méritos de lo que se ha diseñado. Creo que se nos reconoce más hoy que hace 40 años y no estoy seguro de que la media de los diseños actuales sea necesariamente de más nivel. Es la sociedad cubana la que se ha transformado y abierto espacios al diseño gráfico como nunca antes.

«Lamentablemente, esto no ha sido así para el diseño industrial, del que la Cuba del siglo XXI necesita muchísimo más. No sé si serán las canas que ya tengo o que somos una sociedad pequeña si se quiere, pero cada vez menos me encuentro en la situación de tener que explicar qué es lo que yo hago y para qué sirve lo que estudié. Veo a mis colegas enfrentando tareas grandes, rediseños de cuanto hay, campañas y proyectos de diverso tipo y escala. Estamos cerca de los decisores, quizá no tanto de las estrategias centrales de nuestro país, pero sí se nos llama cada vez más a tiempo. (Puede ser también que me este volviendo conformista. Los premios tienen efectos colaterales, pueden mellar el filo con el que se lucha por algo.)».

—¿En qué trabajas en este momento y cuáles son tus próximos proyectos?

—Junto a mi esposa, la también diseñadora Laura Llópiz, diseño un libro —tan voluminoso como importante— que recoge las experiencias pedagógicas del artista René Francisco, conocidas como DUPP. Está al salir un libro de carteles cubanos en el que he trabajo con un amigo por más de dos años y al que le seguirán dos títulos más. Pronto acometeré por vez primera la campaña de la Temporada de teatro latinoamericano y caribeño Mayo Teatral, junto a mis colegas de Comunicación e Imagen de la Casa de las Américas.

—De los trabajos que has hecho hasta el momento, ¿cuáles han marcado tu carrera como creativo?

—Ya mencioné la Colección de Literatura Latinoamericana y Caribeña. También de Casa de las Américas, la revista Conjunto que diseño hace casi 20 años (¡con la misma editora!) y el libro por el medio siglo de la institución. Fuera de Casa, la revista literaria La Siempreviva, el cartel para el concierto Paz sin Fronteras (el de Juanes), el libro antológico del pintor Flavio Garciandía, la marca de Laboratorios Dalmer —empresa que comercializaba el PPG. Complicado elegir dejando fuera otras cosas. Si me preguntas mañana seguro te digo algo diferente.

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