Pulsaciones y melodías

Dramas, comedias, documentales, algún animado; obras de ahora mismo junto a clásicos, han conformado el saldo en esta 21 edición del Festival de cine francés, que finalizó oficialmente el día 22

Autor:

Frank Padrón

Dramas, comedias, documentales, algún animado; obras de ahora mismo junto a clásicos, han conformado el saldo en esta 21 edición del Festival de cine francés, que aunque finalizó oficialmente el 22, se extiende en una suerte de coda durante una semana más en la sala 23 y 12, de Cinemateca de Cuba. El resultado ha sido más que positivo: cines llenos en todas sus tandas y un público receptivo, que se enfrentó con entusiasmo a estéticas y poéticas alejadas del canon hollywoodense.   

Ganador del Grand Prix de Cannes y representante por Francia al Oscar no hablado en inglés en su más reciente edición, 120 pulsaciones por minuto dirigido por Robin Campillo, vuelve a poner sobre el tapete un tema que respiró cierto agotamiento dada su recurrencia sobre todo durante la década del 90 del siglo pasado: el VIH, fundamentalmente asociado con la comunidad LGTBI.

Sin embargo, el realizador retoma los inicios de la patología en Francia cuando la lucha allí de la ONG Act-Up (paralela a la homónima de New York) justamente en esos años, los más álgidos de las confrontaciones entre enfermos e instituciones médicas, farmaceúticas y en definitiva estatales y la alterna con la historia de amor desgarradora y trágica entre dos activistas, uno muy carismático y líder, VIH positivo, y otro no portador del virus.

Aun cuando la diferencia de esos latidos se deja sentir en el tempo de ambas zonas del relato, no es en ello donde radican los defectos del filme, pues, todo lo contrario, logra resolver (e integrar) tales segmentos con no poca eficacia, y uno se motiva tanto con las reuniones encendidas del grupo —en realidad un colectivo que desplegó su activismo desde el performance hasta el discurso político, pese a sus no pocas contradicciones internas, según refleja fielmente la cinta— como con las escenas que muestran la evolución de la pareja, enfatizando en su intimidad.

Los problemas se concentran en la excesiva dilatación de su metraje (algo que el propio realizador ha reconocido), en reiteraciones que le restan eficacia comunicativa, en redundantes escenas sexuales que poco o nada aportan, a pesar de lo cual, en sus mejores momentos (que no son pocos) descuella por su audacia y su grito de alerta, aun vigente, contra la indolencia e incluso la criminalidad de instituciones que para lucrar, hacen oídos sordos a la tragedia. Desmedida y desbordada, la obra resultó polémica desde que se estrenó durante el pasado FINCL, algo que se acentuó en esta oportunidad, desatando tantas pulsaciones entre el público como indica su título. Debe resaltarse también el nivel actoral, comenzando por el joven argentino Nahuel Pérez Biscayart en el protagónico.

El actor, que ha realizado una meteórica y exitosa carrera en Francia, es el coprotagonista de otra de las obras vistas en esta edición de la muestra gala: Nos vemos allá arriba, del también actor Albert Dupontel, con quien comparte el elenco.Finalizada la Primera Guerra Mundial, dos compañeros de trincheras sobreviven estafando mediante la fabricación de monumentos a los caídos, el más joven de ellos por tratar de salvar al otro ha perdido parte de su rostro y se oculta bajo las más diversas máscaras.    

Mediante un tono humorístico (difícil de conseguir dado el muy serio tema) el director logra armar un relato puntiagudo y vivaz, que nos mantiene todo el tiempo pegados al asiento; azuza la corrupción, la lesiva falta de entendimiento entre hijos y padres, el irrespeto a los muertos en pro de lucrativos e inmorales negocios…y todo con una agudeza y un doble filo encomiables.Sobresalen la dirección de arte (las máscaras usadas y alternadas por el accidentado metaforizan las que también se ponen actores sociales peores que estos simpáticos estafadores), la música, la edición y el parejo nivel histriónico, incluyendo los colegas de Dupontel y Pérez Biscayart.

En lugar del Sr. Stein propició el rencuentro, también físicamente, con un comediante que fuera muy popular durante los años 80: Pierre Richard. Presente entre nosotros para presentar el filme, fue reconocido y saludado por muchos de sus fans de pasadas décadas.

Dirigida por StepháneRobelin, se trata de una divertida sátira en torno a las ventajas y también inconvenientes de Internet y las redes sociales, cuando el anciano viudo que personifica el actor recibe instrucciones de un joven contratado por su hija para que le aporte las herramientas básicas que le permitan navegar y salir un poco de su encierro.Comedia de equívocos, estos se sortean con muy buen pulso y no solo pasamos un rato muy agradable sino que confirmamos que el ciberespacio es un arma de doble filo donde junto a las posibilidades comunicativas conviven el engaño y la falsedad, aunque a veces estas puedan arrojar nobles resultados.

El viñedo que nos une, de CédricKlapisch, enfrenta a tres hermanos que deben (o no) conservar el negocio familiar: el terreno que su padre dejó al morir de donde provenía el vino con el cual se ganaban la vida; con deudas, con dudas, logran eso sí, afianzar vínculos que se habían debilitado cuando el mayor partió a Borgoña y tuvo allí familia, abandonando la suya.

Sólido estudio de caracteres que maneja la diversidad en personalidades sin embargo complementarias, y trabaja los conflictos de manera inteligente, se logra un equilibrio entre las propuestas conceptuales del guion y la ligereza tonal que nunca llega a la superficialidad ni lo frívolo, y donde los desempeños de los actores son fundamentales.

La melodía, dirigida porRachidHami, pudiera haberse tornado más de lo mismo respecto a una temática conocida: el profesor de música que se enfrenta a los métodos de enseñanza tradicionales del director del colegio y a las conflictivas personalidades de sus alumnos adolescentes. Afortunadamente sortea el hecho de enfoques semejantes que le preceden (El coro, de la propia cinematografía gala, o la excelente cinta brasileña El profesor de violín) para trazar un periplo sensible y reflexivo, pese a que juega con “cartas marcadas” — y bien conocidas— como la decisión del maestro entre su propia carrera y su condición didáctica o la colisión con los padres de sus alumnos.

En este último aspecto el filme no logra la profundidad esperada, como tampoco en los problemas familiares de los educandos, algo que cuelga un tanto sin la hondura requerida, a pesar de lo cual el filme se disfruta.

Como la mayoría, a la verdad, de los que han integrado esta edición del festival de cine francés la cual, como de costumbre, nos enriqueció durante varias semanas con varias propuestas más que notables.

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