Grato sabor a buen teatro

Imposible detenerse en todo lo que ha traído la temporada desde el pasado día 11 y justamente hasta hoy, tanto en salas capitalinas como en algunas del interior, pero lo que comentaremos ilustrará sobre la variedad conceptual y morfológica que, en buena medida, la ha caracterizado

Autor:

Frank Padrón

Escrituras que se (des)construyen en escena (aunque también después), la mujer como parte activa en las relaciones procesos-resultados, así como la región en su más amplia perspectiva, sin olvidar no solo el país anfitrión sino la(s) provincia(s) donde tanto y tan buen teatro se hace, definen el rostro de Mayo Teatral 2018, teatro latinoamericano y caribeño, que auspicia desde hace diez años Casa de las Américas.

Imposible detenerse en todo lo que ha traído la temporada desde el pasado día 11 y justamente hasta hoy, tanto en salas capitalinas como en algunas del interior, pero lo que comentaremos ilustrará sobre la variedad conceptual y morfológica que, en buena medida, la ha caracterizado.

De Puerto Rico —país al que se dedica el evento— llegó Tojunto, el cual trabaja lo mismo el teatro clásico que el contemporáneo desde una mirada inclusiva y multidisciplinaria; así, esta vez nos sorprendieron con una versión sobre Lorca mediante Hij@s de Bernarda.

Con dramaturgia y dirección escénica de Rosa Luisa Márquez, nos enfrentamos a la conocida tragedia de la represión y el autoritarismo mediante la madre tiránica que también se extiende, metafóricamente, a las esferas sociopolíticas de aquella España tenebrosa, a pesar de que bien se sabe que la pieza sigue vigente en no pocos lugares y contextos, incluso sin distinción de géneros (algo a lo que apunta la @ del título).

También basada en la obra creativa de la maestra boricua Gilda Navarra, impresiona gratamente la mixtura que realiza Tojunto del baile (ante todo flamenco), la música —en vivo, y muy bien ejecutada— de diversa procedencia (aunque casi siempre llevada a ese ritmo) y la actuación propiamente dicha, en lo que deviene experimento creativo y riguroso. Solo que la necesaria elipsis que impone tal lenguaje implica saltos demasiado abruptos dentro del relato dramático original, lo cual puede generar cierto extravío en espectadores menos familiarizados con aquel.

De Chile nos llegó Mateluna, nombre que identifica a la pieza y al colectivo dirigido por Guillermo Calderón, autor de Neva, que tanto gustó en anteriores temporadas, y de no pocos guiones que han devenido importantes filmes del más reciente cine de dicha nación.

Se trata de una puesta que genera gran interés por cuanto asistimos al proceso de construcción dramática de la obra (la situación social y judicial en torno al encarcelamiento del exguerrillero Jorge Mateluna, víctima de una falsa prueba que los artistas refutan), algo precedido por el desmontaje de anteriores puestas relacionadas con el polémico líder.

Mateluna implica, entonces, un sólido y cuidado ejercicio autorreferencial, que parte de un guion abierto, dinámico, el cual permite el lucimiento de los actores y su movimiento escénico, la creadora incorporación del audiovisual —práctica bien común en la escena hoy, pero no siempre feliz— en el que el teatro se piensa desde sí mismo e invita a hacerlo al público, en provechoso diálogo.

Ahora, quizá el momento más alto de este Mayo Teatral haya sido el protagonizado por el mexicano Teatro de la Rendija, que trajo nada menos que una versión de El divino Narciso, loa y autosacramental concebidos por Sor Juana Inés de la Cruz en los lejano Siglos de Oro. Lejanías, a propósito, que bien acercan estas jóvenes actrices bajo la dirección de Raquel Araújo, en una lectura contemporánea y contextualizada de la escritura teatral que debemos a una de por sí avanzada y precursora monja-escritora.

Quien defendiera sutilmente los derechos indígenas a sus propias creencias, no muy diferentes en lo esencial de las impuestas por el catolicismo colonizador, también transubstanció el mito griego de quien se enamoró de su imagen con la historia bíblica del crucificado.

Las mexicanas, en un extraordinario diseño de espacio escénico a cargo de Oscar Urrutia, discursan desde el verso prístino del barroco sorjuanino sobre la autoexploración del cuerpo, el derecho a la libre sexualidad, el conocimiento propio y la igualdad de géneros, algo que trasciende la actualidad continental y ostenta una indiscutible universalidad.

El desplazamiento coreográfico de las actrices; la incorporación desde el audiovisual, tanto de pinturas clásicas como de referencias ecológicas y sociopolíticas muy contemporáneas (a veces reflejadas hasta en las ropas) en una escenografía tan sencilla como imponente); la música como otro actante imprescindible y el trabajo excepcional de Nara Pech, Liliana Hesant, Nicté Valdés, Gina Martínez, Sásil Sánchez y Fátima Medina —en un larguísimo texto, versificado de principio a fin al que no se suprime una sola línea— convierten El divino Narciso en todo un lujo que trasciende incluso el evento en que se enmarca, aunque haya que agradecerlo ampliamente a sus organizadores.

Dentro de la amplia representación del patio (la mayoría comentada ya anteriormente desde estas páginas) resultó también un privilegio «degustar» de El banquete infinito, por Teatro de la Luna.

Escrita por el inolvidable Alberto Pedro (Delirio Habanero, Manteca…) se trata de lo que podríamos considerar una «alegoría culinaria» en torno a los regímenes totalitarios, con personajes típicos  que matizan su tipicidad desde el enfoque satírico y caricaturesco, con diálogos en los cuales abundan el sarcasmo y la parodia para este acápite, donde se reflexiona por tanto acerca del poder, sus (ab)usos y el control de las masas.

En su lectura, Raúl Martín refuerza esa plataforma sainetera, deudora del virgiliano teatro del absurdo, mediante códigos habituales de su poética (el reciclaje musical, la cultura pop, el travestismo tanto escritural como histriónico, los procedimientos tropológicos que apuntan a varias capas de significado…) esta vez no solo con una sustanciosa banda sonora que incorpora canciones «gastronómicas», sino mediante la imagen anunciada desde el título, que se hace literal: no solo están presentes los alimentos sino que estos se ingieren, y más allá de la visualidad se perciben también a través del olfato en una verdadera orgía que además reviste connotaciones antropofágicas, en clara metáfora histórica.

Quizá solo susceptible de acortar en el monólogo-prólogo (largo sin necesidad), la puesta es literalmente deliciosa, para lo cual se apoya en un nuevo elenco de histriones muy en sintonía con sus personajes: Yasel Rivero, Freddy Maragoto, Luis Manuel Álvarez, Edel Govea, Roberto Romero, Yessica Borroto, Amalia Gaute…

Mayo Teatral finaliza; nos deja un grato sabor (para seguir con las alusiones culinarias) a buen teatro cubano, latinoamericano y caribeño.

El divino Narciso. Foto: Buby.

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