A mi orquesta no la cambio por nada

Un carácter jocoso completa la personalidad de este intranquilo joven de 33 años que durante casi una década ha guiado con virtuosismo la batuta de la Orquesta Sinfónica del Instituto Superior de Arte (ISA), adjunta al Lyceum Mozartiano de La Habana

Autor:

Alejandro A. Madorrán Durán

José Antonio Méndez Padrón —o Pepe, como lo conocen sus amigos— es un furibundo defensor del equipo de béisbol de Matanzas y dice ser el primero en «armar» una rueda de casino. Un carácter jocoso completa la personalidad de este intranquilo joven de 33 años que durante casi una década ha guiado con virtuosismo la batuta de la Orquesta Sinfónica del Instituto Superior de Arte (ISA), adjunta al Lyceum Mozartiano de La Habana.

Como con su orquesta no cree haber interpretado siquiera un cinco por ciento de todo el repertorio de los grandes compositores, este apasionado de la música clásica cubana y universal afirma que, «por ende, hay mucho camino por andar… La necesidad y el deseo de descubrir hasta dónde podemos llegar es una de las aspiraciones que me impulsan a seguir con la música, comenta orgulloso del trabajo sostenido con los estudiantes y graduados de la Universidad de las Artes que integran el conjunto.

Su formación universitaria también ocurrió en esa casa de altos estudios donde cursó dos carreras: Dirección coral y Dirección de orquesta; y con su sed insaciable de superación aprovechó la oportunidad de estar en importantes centros como la Fundación Mozarteum, de Salzburgo, en Austria; la Carnegie Mellon School of Music, y la Jacobs School of Music, ambas en Estados Unidos.

No resulta extraño que en Pepe habite esa pasión, cuando el arte le corre por las venas desde que fuera concebido, y luego creció bajo el influjo de su padre, José Antonio Méndez, director del Coro de Cámara de Matanzas, y de su madre, Liliam Padrón, fundadora, bailarina y coreógrafa de la compañía Danza Espiral.

—Además de la dirección coral y de orquesta, ¿te interesaste por algún instrumento?

—Tocaba mucho piano porque tuve una profesora, la maestra María de los Ángeles Horta, que por suerte para mí me exigía tanto como a sus alumnos de piano básico. Lo que más me interesaba era el clavicémbalo, su antecesor, y la música antigua en general. Durante tres años tuve la oportunidad de interpretarla con el conjunto Ars Longa y aprendí muchísimo.

—¿Cómo surgió la Orquesta Sinfónica del ISA y cómo te enrolas en su dirección?

—Fue algo coyuntural como muchas cosas en la vida: la suerte de estar en el momento y en el lugar indicados. La orquesta se fundó en 2009 cuando el maestro Ulises Hernández conoció al presidente de la Fundación Mozarteum de Salzburgo. Entonces surgió la idea de crear el Lyceum Mozartiano de La Habana y también su propia orquesta, la cual sería como una escuela que enseñaría a los músicos a tocar en este tipo de formato. Sucede que en Cuba existe muy buena preparación en cuanto a la interpretación musical, pero la carrera se centra en formar sobre todo a solistas. Cuando te gradúas te percatas de que es muy difícil asumir ese rol. Así surgió la orquesta del ISA con estudiantes de la escuela, que partió de un núcleo más pequeño que en ese entonces yo dirigía.

—Eras muy joven, solo 23 años... ¿Cuál fue tu primera experiencia en este rol?

—Tuve la suerte de ser alumno del maestro Enrique Pérez Mesa, actualmente director titular de la Sinfónica Nacional, pero en ese momento era profesor de la Escuela Profesional de Música de Matanzas y director de la Orquesta Sinfónica de esa provincia, así como de la que tenía la escuela. Fue él quien me dio la oportunidad de dirigir esta última. Tenía 17 años.

—Como público lo que podemos apreciar del trabajo de un director de orquesta son los indescifrables movimientos con la batuta o de sus manos, pero seguro hay mucho más…

—El director es como un pastor de ovejas. Cada músico tiene su interpretación, su propia idea, y uno debe encauzarlas todas y hacerlas converger con la suya; lograr que los instrumentos vayan en conjunto y que suenen de forma armoniosa y empastada. Porque puedes estar rodeado de muchas estrellas, de verdaderos virtuosos, pero si cada cual va por su lado el resultado suena fatal. Para conseguir que funcione, además de poseer conocimientos musicales, no te debe faltar un poco de sicología y tener el don del liderazgo del grupo.

«Realmente lo más complicado de un director de orquesta es saber tratar con las personas y ganarte su confianza. Solemos estar siete u ocho días ensayando para una hora de concierto, y como director, aunque preparo mucho la música, siempre dejo abierta la posibilidad a lo que pueda surgir de manera imprevista en la actuación. Porque tocar frente al público conlleva un grado de adrenalina, de tensión, de nerviosismo. No todos reaccionamos igual, pero eso es lo interesante de la música en vivo.

«El trabajo del director debe dejar el espacio para la improvisación, pero al mismo tiempo tenerlo todo bien organizado porque si uno de esos músicos no está consciente de lo que debe hacer, seguramente acabará con el esfuerzo del resto. Mientras más seguros estén, más preparados y atentos estarán para enfrentar un cambio».

—Recientemente te presentaste con la Orquesta de Cámara del Lyceum Mozartiano (una de formato más pequeño con graduados del ISA) en el Centro Kennedy, en Washington. ¿Cómo fue esa experiencia?

—Es un sueño para cualquier músico presentarse en teatros de prestigio mundial, y el Centro Kennedy es uno de ellos. Haber disfrutado de esa oportunidad es ya un sueño hecho realidad, una meta cumplida, y si además le sumas el éxito que obtuvimos… Estamos supercontentos.

«Siempre uno siente un poco de temor por no saber cómo reaccionará el público que no te conoce y está acostumbrado a escuchar tan buenas orquestas —aunque ya habíamos estado el año pasado en otros escenarios de Washington y la respuesta había sido favorable. Sin embargo, no nos confiamos. Para esta ocasión ensayamos mucho y ahí está la clave: la repetición es lo que lleva al éxito.

«A la orquesta le tocó cerrar el espectáculo inaugural y reconozco que estuvimos preguntándonos qué íbamos a hacer después de la actuación de artistas increíbles como Omara Portuondo, Aymée Nuviola, Aldo López Gavilán, Jorge Luis Pacheco, la Orquesta Failde… todos estrellas de la música popular, pero nuestra música clásica, defendida con profesionalismo, corazón, sentimiento, fue acogida de una manera excelente; el público estuvo aplaudiendo largo tiempo.

—¿Y hubo improvisación en el Kennedy Center?

—Ciertamente para estos conciertos no dejamos mucho a la improvisación. De todos modos, hubo un momento en que tocamos junto al resto de los intérpretes, quienes suelen improvisar. Pero, bueno, el director sabe que en esos casos debe permanecer bien atento a lo que pueda suceder en el concierto.

—¿Consideras que la música clásica es solo privilegio de aquellos que tienen el conocimiento para apreciarla?

—No se necesita ir a la escuela, ni tener muchos conocimientos teóricos para apreciar la música clásica. Hay un porciento que responde a tu predisposición como ser humano hacia determinados gustos, pero fuera de esto lo que más influye es la difusión y la repetición. Todo depende de cuán popular sea la música clásica, en el sentido de en qué medida está más o menos presente en los medios de comunicación. Si queremos que el público la disfrute y sienta pasión por ella, entonces debe haber mucha más promoción.

—En ese sentido, ¿de qué manera el Lyceum ha contribuido a que la música clásica llegue a la comunidad, a la gente?

—Desde el 2012 desarrollamos un proyecto llamado La música clásica europea en el entorno social de La Habana Vieja, y como parte de esa iniciativa las puertas del Lyceum se mantienen abiertas para que el público pueda asistir de manera gratuita a los conciertos de la orquesta y a los talleres con renombrados músicos extranjeros. También trabajamos con niños durante los veranos, a quienes introducimos en el extraordinario universo de la música clásica, porque ellos son los espectadores del futuro, nuestro público de mañana. De más está decir que no estamos adoctrinando a nadie. La idea es que junto con la música clásica disfruten y aprecien la salsa, la timba o el son, esos géneros que forman parte de nuestra cultura.

—¿Cómo evaluarías esta primera década de la Orquesta Sinfónica del ISA?

—Diez años puede parecer mucho tiempo y en verdad no lo es. No obstante, con orgullo digo que desde que comenzó la orquesta siempre ha ido in crescendo. También hemos crecido cuantitativamente: empezamos con alrededor de 20 músicos y en el último concierto que realizamos en el Festival Mozart-Habana sumábamos ya 96. Otro avance se percibe en el hecho de que antes necesitábamos un mes para preparar un concierto, y ahora en una semana o dos lo podemos tener listo.

—Considero que con tan buenas «vibraciones» son muchos los horizontes que te quedan por alcanzar junto con la orquesta…

—Es un verdadero privilegio para un director poder contar con su propia orquesta, con músicos de confianza con los que se puede probar y cambiar la música, y más cuando las composiciones que asumimos datan, en la mayoría de los casos, de 400 años y se han interpretado de muchas maneras. Uno se pregunta constantemente qué nuevo se puede hacer. Y eso depende del tiempo que se tenga para probar, para experimentar, para poner en práctica ideas diferentes y, por supuesto, de que te acompañe un equipo estable, que sea tu cómplice. Por eso a mi orquesta no la cambio por nada.

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