Cuba frente al espejo

El realizador de Los dioses rotos decidió unir hechos que no habían estado en verdad relacionados: que Serguéi Krikaliov quedara orbitando con la estación MIR en el espacio mientras la antigua Unión Soviética había desaparecido; y que un grupo de radioaficionados de San Antonio de los Baños, con sus aparatos casi en desuso, hubiera logrado contactar con una nave espacial

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

A las ocho de la noche ya el legendario cine Casablanca, de Camagüey, estaba que no le cabía un alma, mientras muchos aguardaban afuera con la esperanza de que le nacieran más butacas a la sala; algo no muy descabellado para una calle donde se reverencia el séptimo arte, tan cercana a un callejón milagroso, y que tiene como principal promotor a un ser que no cree en imposibles: Juan Antonio García Borrero.

En 2014 en que su premiada Conducta trajo de vuelta al coloso que había estado cerrado por más de una década, Ernesto Daranas le prometió a los cinéfilos agramontinos que sería justo en ese emblemático lugar donde estrenaría su próximo filme, que resultó ser Sergio & Serguéi, el mismo al cual el público quiso entregar su Premio Coral en la 39 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Así, este largometraje de ficción, coproducción de Mediapro, RTV Comercial e Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), que se inspiró en dos sucesos ocurridos en la vida real, tuvo su premier nacional en el Casablanca, para que su cumpleaños 70 siga acumulando buenos regalos.

Como su vez anterior en la antigua Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, donde sabía que le aguardaba un caluroso encuentro con la prensa y un público que, al igual que sucedió con Conducta, lo aplaudió emocionado, Daranas se hizo acompañar por una parte de su equipo: Héctor Noas, el camaleónico actor que se transforma en Serguéi; Alejandro Menéndez, director de fotografía; Jorge Miguel Quevedo, encargado del montaje; Pedro Suárez, supervisor de posproducción; y Laura Daranas, asistente de dirección, así como Joel Ortega, director general de RTV Comercial; y Omar Olazábal, productor delegado por la empresa Mediapro, de Barcelona, España.   

Para comenzar a fabular, el realizador de Los dioses rotos decidió unir hechos que no habían estado en verdad relacionados: que Serguéi Krikaliov quedara orbitando con la estación MIR en el espacio mientras la antigua Unión Soviética había desaparecido; y que un grupo de radioaficionados de San Antonio de los Baños, con sus aparatos casi en desuso, hubiera logrado contactar con una nave espacial; ambos tan surrealistas, que parecía un buen argumento para una película, que finalmente decidió escribir junto a su hermana Marta.

«Me resultaba muy interesante que esta historia se desarrollara en el momento en que ambas naciones, Cuba y Rusia, se enfrentaban a profundos cambios, aunque nunca vi a Sergio & Serguéi como una película del espacio, empezando porque era un impedimento no poder filmar en gravedad cero. Quería hacer una película universal, donde nosotros siguiéramos siendo el centro, reflejar qué peso tuvo lo “bolo” en nuestras vidas: los radios que teníamos eran iguales, los televisores, las lavadoras...; veíamos los mismos muñequitos... O sea, lo ruso invadió y colonizó para bien y para mal una parte importante de nuestra cotidianeidad», reconoció Ernesto al referirse al largo que por estos días se exhibe en las salas de estreno del país.

«Me obsesionaba saber cómo éramos los cubanos hace 30 años, cómo pensábamos; la inocencia, la limpieza que nos acompañaba, a pesar de nuestras virtudes y defectos, por eso me interesaba que la narración fuera desde la hija de Sergio (Tomás Cao), porque los niños siempre recuerdan la infancia con nostalgia aunque haya sido terrible. Y es que la pequeña Mariana (Ailín de la Caridad Rodríguez) vivió entre el cariño de su familia que no le permitió ver la crisis.

«En realidad creo que en mis películas siempre hablo de lo mismo: mi obsesión es la autoestima; mi obsesión somos nosotros: la manera como nos reflejamos, la manera en que tenemos conciencia de lo que realmente somos y no en lo que creemos que nos hemos convertido. Estoy convencido de que la esencia, la matriz cultural y espiritual de lo que somos, no se destruye tan fácilmente. Entonces siempre intento colocarnos frente a esa matriz, que es mucho mejor de lo que somos en la actualidad».

Una historia sobre todo humana

Reconoce el también director de Los últimos gaiteros de La Habana, que se atrevió a soñar el guion de Sergio & Serguéi confiado en que podía convocar un equipo muy especial, y lo logró. «Estamos conscientes de que no contamos con los recursos, las condiciones, ni las posibilidades que poseen otras cinematografías para llevar adelante un proyecto de esta envergadura, pero sabemos del enorme talento y la creatividad infinita de nuestros profesionales».

A Laura, por ejemplo, le tocó una tarea ardua: llevar adelante la indagación que exigía un filme como este, que tuvo dos directores de arte: el cubano Maykel Martínez, encargado de «armar» todo aquello que transcurre en La Habana y supuestamente en Nueva York; y la catalana Laia Colet, quien se responsabilizó con diseñar la MIR en un estudio de cine en Barcelona.

«De un inicio pensamos que todo lo realizaríamos en Cuba, incluida la MIR, aunque fuera de cartón, y ello requirió que empezáramos por enterarnos cómo era esa nave espacial por dentro, cómo podíamos construirla; estábamos en total oscuridad. Entonces me dediqué a estudiar muchos documentales para tratar de traducir lo que veía del modo más eficiente posible y determinar qué era lo imprescindible, lo que no podía faltar en la película para contar la historia de estos personajes, que era lo principal. Sin dudas, desarrollamos un trabajo de mesa muy serio al punto de que diseccionamos la película plano por plano, de forma que cuando se dio la oportunidad de filmar, casi sucedió tal cual nosotros lo habíamos planificado».

Lo anterior resultó esencial para Alejandro Menéndez, joven fotógrafo que Daranas ya conocía de Conducta, quien confiesa que el haber vivido protegido por los suyos durante el período especial, como el personaje de Mariana, lo ayudó a encontrar el tono visual de esta entrega de 2017. «Cuando Ernesto me trajo a pensar la fotografía, me dijo que no quería que los 90 se miraran de una manera dramática, con el cuchillo en las venas, sino como nosotros, unos chamas entonces, los recordábamos: con esa nostalgia hacia la familia, hacia ese entorno protector, amoroso. Debía ser casi una postal nacida de la fantasía de la niña, manchada a veces por esas miserias humanas y materiales que no faltaron. El reto era hacer una película “linda”, que formalmente entrara por los ojos desde lo hermoso, sin poner la crudeza de esos años como algo obvio», explica quien se  graduara hace cuatro años en la Facultad de las Artes de los Medios de Comunicación Audiovisual (Famca).

«Es genial trabajar con un realizador que sabe muy bien la narración, la estructura que llevará su obra y además tiene la gentileza de terminar el guion, después de concluir la investigación con sus especialistas. Él está listo para cambiarlo en función de lo que las especialidades van demandando a nivel narrativo. No olvido que una y otra vez nos insistía: “Yo no estoy buscando un lugar, sino una historia que contar, ayúdame con tu especialidad a construirla”, eso es muy enriquecedor, porque sientes que aportas, que creas verdaderamente. Como director de fotografía lo que más me interesa es que, al estar en cámara, la puesta en escena se redimensione, es decir, que se convierta en otro narrador».

Como Menéndez, Quevedo culminó sus estudios en la Famca, incluso en el mismo curso, pero en su caso, cuando se incorporó al equipo (fue el último, de hecho), ya el trabajo de investigación estaba muy adelantado. «Admito que cuando Ernesto me habló del proyecto cogí un poco de temor, sin embargo, luego comprendí que se trataba, sobre todo, de una historia humana. Fue complejo de cualquier manera no solo hallar el ritmo, sino también editar emociones trabajando con pedazos de diálogos en español, en inglés y en ruso. Eso me obligó a aprenderme el guion de memoria, a saberme al dedillo los diálogos, pues no domino todos esos idiomas. Por suerte, los sentimientos son universales, por tal razón es que en la película se logra esa transparencia, esa humanidad».

Héctor Noas también se vio en «aprietos» a la hora de decidir si aceptaba el papel que le estaban proponiendo. «Al principio pensé que en mi elección tal vez había influido aquel polaco que interpreté en la telenovela De tu sueño a mi sueño, pero nada que ver con esto, pues no se trata de un personaje que habla en español con acento. Cuando me pasaron el guion me percaté de que en toda la película hablo en ruso, ¡pero ruso ruso!, a lo cual se sumaba la complejidad de que se debía lograr la ingravidez.

«Y esto último me hizo dudar aún más, por mis serios problemas de columna, me veía en una silla de ruedas después de rodar colgado físicamente (sonríe). Por mi alto sentido de la responsabilidad resolví que no asumiría el personaje, porque no podía hacer quedar mal a Daranas, sin embargo, me desperté por la madrugada con el pensamiento de que si él había confiado, cómo yo iba a desconfiar de mí mismo. Y me dije: lo que tienes que hacer es ponerte las pilas y creerte un estudiante con 19 años que comienza y debe demostrar que cuenta con todas las capacidades para conseguirlo».

Así Héctor Noas se dedicó a preparar esta película para la que realizó un esfuerzo descomunal, que incluyó casi no dejar vivir a la profesora Xiomara, camagüeyana por más señas, porque del ruso no conocía más que da y niet, pero valió totalmente la pena. Lo dicen las ovaciones que cierran cada exhibición de esta Sergio & Serguéi protagonizada por «un ruso, un cubano y un americano», como esos chistes del patio que nos matan de la risa.

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