Hijos de Adán en bosques incendiados

Teatro del Silencio rindió homenaje al maestro Vicente Revuelta y al actor Miguel Fonseca, con Huellas de Caín 

Autor:

Frank Padrón

Con Huellas de Caín, Teatro del Silencio rindió homenaje al maestro Vicente Revuelta y al actor Miguel Fonseca —en este caso por sus dos primeras décadas en la profesión—; llevando a escena un texto revisitado por Rubén Sicilia, director del grupo, el joven performer demuestra su indudable clase.

Pero vayamos por partes: la escritura de Sicilia propone una legitimación del maltratado padre de los homicidas e intenta humanizarlo, al menos hacernos entender (sin)razones y motivos de su siempre condenado actuar; no le falta vuelo y calado filosófico al texto, y queda muy claro su cosmopolitismo, sus conexiones con el hic et nunc, con el aquí y ahora; por tanto uno se pregunta qué sentido tiene esa coda contemporánea en la cual, como si el público no captara la idea, el actor explica minuciosamente tales vínculos, algo que de manera implícita se nos ha estado enunciando durante todo el discurso. Pienso que este epílogo es no solo absolutamente superfluo sino que afecta la notable marcha del trayecto.

Aunque más conocido por sus presentaciones televisuales, Fonseca es todo un hombre de teatro como muy bien demuestra aquí, asumiendo al maldito hijo de Adán y otros tantos personajes relacionados con la historia bíblica. Sin embargo, cuando se desdobla en ciertas féminas su labor roza la caricatura, y en el mismo tono del espectáculo, que hasta entonces es esencialmente trágico, ocurre una indudable colisión; dicho sea y no de paso: sobran también las cancioncitas que parodian arias operísticas.

De cualquier manera, Huellas de Caín es un estimable momento de Teatro del Silencio y una hermosa manera de celebrar los 20 años de vida artística de Miguel Fonseca, histrión en plena forma, según confirma en esta ocasión.

Otro(a)s descendientes del primer hombre se dieron cita en Bosques, tercera pieza en la tetralogía La sangre de las promesas, del libanés Wadji Mouaward, a cargo de Ludi Teatro, cuyo director, Miguel Abreu, acaba de llevar a escena tras su positiva experiencia con la primera de la saga, Incendios (también convertida en filme).

Como en aquella, en Bosques asistimos al drama de hermanos que buscan su origen y que, como Abel y Caín en el relato del Génesis, están separados por hechos de sangre; solo que aquí la urdimbre es mucho más compleja por cuanto se trata de ocho mujeres las cuales, a través de otras tantas generaciones, están concatenadas por homicidios, incestos, traiciones, ilusiones perdidas, descubrimientos, viajes a la semilla y un largo etcétera.

Más que en la experiencia anterior, esta obra representaba un inmenso reto para Abreu y su compañía, en realidad para toda la que se atreviera con un texto larguísimo y verbalista, más apropiado para ser leído que representado y con unas dificultades de montaje nada fáciles. Sin embargo, se lanzaron a la empresa y tras varios meses de ensayo pudo apreciarse en su pequeña sala.

Bosques, en esta versión cubana, no extravía un ápice de su cosmopolitismo, al contrario: se proyecta en toda su fuerza dialógica, desde esa condición de «puesta en abismo» que expone sutilmente las interrelaciones de sus historias, realmente una con infinidad de capas y subtramas.

Es admirable la agilidad del montaje, algo en lo que ya Ludi ha ofrecido varias pruebas convincentes pero que aquí se antoja más logrado ante la aludida complejidad (también) escénica; rubros como el vestuario (Celia Ledón) y el maquillaje (Pavel Marrero) que contribuyen a la caracterización sicológica; la escenografía con sus colores blanco y negro resaltando la fuerza pasional del relato (Omar Batista), se suman a la consecución del discurso, no menos que la siempre eficaz banda sonora, esta vez a cargo de Juan Carlos Delgado y Rommy Sánchez, o el diseño lumínico del mismo director, eficaz en el tratamiento de las enrarecidas atmósferas.

Pero, sin lugar a dudas, el peso mayor lo lleva el amplio elenco que encara, en disímiles casos, más de un personaje, todos no solo de un largo y complicado peso textual sino de una intensidad y una angustia que implica un verdadero desafío para cualquier actor, más cuando la gran mayoría son jóvenes sin demasiada experiencia actoral. Aunque en algunos se requiere de mayor trabajo aún en la dicción y el pulimento general, apreciamos un nivel más que decoroso, como demostraron, entre otros, los desempeños de Alina Castillo, Giselle González, Aimée Despaigne, Cheryl Zaldívar, Grisell de las Nieves, Claudia Alonso, Yoelvis Lobaina, Francisco López, Rone Luis Reinoso, Homero Saker y Evelio Ferrer.

Bosques, sin duda, es un claro, una luz en la tupida vegetación de la cartelera teatral. Felicidades a Ludi por culminar con esta puesta un período de cuatro provechosos años de trabajo: auténtico broche dorado.

Las pericas fueron de gira

Tras una breve temporada capitalina (sin la promoción requerida), Las pericas, ese temprano clásico que instaló a un muy joven Nicolás Dorr en el panorama escénico insular de los años 60 del pasado siglo, marchó a varias provincias en la versión de Teatro del Cuerpo Fusión.

Coliseos de Holguín, Camagüey y Ciego de Ávila recibieron hace poco a la compañía que dirige Maritza Acosta proponiendo a los espectadores de esos lugares una lectura en la cual las técnicas del mimo y la danza se encargan de sustituir las muchas (e ingeniosas) palabras que volcó el autor en su texto.

Confieso que fui escéptico al nuevo encuentro con las viejas y diabólicas hermanas, al mundo de cabezudos y gigantes que zaherían la mezquindad y el egoísmo desde la afilada pluma de Dorr (quien se encargó también del guion en esta puesta), sin embargo, resulta admirable la manera en que a nivel de gestualidad, movimiento e imaginación escénica se resuelve el peculiar universo plasmado en la tragicomedia.

Tanto la dinámica espacial (por ejemplo, los eficaces diálogos con la audiovisualidad) como el acertado vestuario y los atrezos (Carlos Marchante) o las luces matizadas de Marvin Yaquis, ayudan extraordinariamente en tal empeño, sin olvidar, por supuesto, la imaginativa coreografía de la misma Maritza, quien supo trasladar y sustituir la letra por una elocuente representación, donde la(o)s actuantes, en su totalidad, cumplen sus roles a la perfección.

En lo particular, hubiera eliminado la alternativa optimista del desenlace (suerte de posible happy end que no va con la esencia del original) pero aun así estas pericas bien casadas con otros lenguajes escénicos, demuestran una vez más la posibilidad de tales provechosos maridajes.

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