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Del sueño a la poesía

Veinticinco años después de fundada la Camerata Romeu, su directora, Zenaida Romeu, reconoce que existe una obra sólida realizada, «pero el reto seguirá siendo andar hacia adelante y conquistar nuevos espacios»

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

«¿Con que dándole clases de piano a todo el mundo y a su hija no?». Con esa pregunta la pequeña habanera con chispa de genio e ilustre linaje musical se aseguró, a la edad de cinco años, comenzar a adentrarse con firmeza en un universo que le tocaba por herencia. Su mamá, la gran Zenaida Romeu, había previsto iniciar su formación artística a los siete, pero ante aquel reclamo no le quedó más remedio que echarse a reír y complacer a quien muy pronto estará celebrando los 25 años de crear uno de los proyectos más espectaculares que existe dentro del panorama cultural cubano de todos los tiempos: la Camerata Romeu.

El sueño comenzó a hacerse realidad en 1993, en pleno período especial. Zenaidita Romeu recuerda que a la convocatoria respondieron muchachas de toda la Isla. Las elegidas luego se citaron para un encuentro que ocurrió un día en que pareció que el mundo se iba a caer.

«Cayó un aguacero torrencial, pero nadie faltó. Llegaron completamente empapadas a la cita, mas ahí estaban. Fue cuando Rolando Montes de Oca, productor y mánager de prestigiosos artistas  del país, quien me dio la noticia de la apertura de la Fundación Pablo Milanés, y de que había la posibilidad de presentar mi proyecto (él lo hizo a mi nombre, pues me hallaba en Galicia), me dijo: “¡Ahora sí que la Camerata va!”».

—¿Hablamos de qué fecha?

—Febrero de 1993. La convocatoria se realizó en enero. Luego empezamos a ensayar y me encontré con que las muchachas estaban muy alejadas de la música cubana, que no sabían tocar la clave del guaguancó: «pa-pa-pau-papá», cuando íbamos a montar una pieza como Camerata en guaguancó, de Guido López Gavilán.

«Era un momento en que existían dos mundos: el de la música clásica y el de la popular, que no se tocaban, pero yo los había heredado de mi familia; mi abuelo, director de banda y también de una orquesta de danzones, era pianista y enseñaba todos los instrumentos. Él tuvo muchos hijos, todos resultaron extraordinarios músicos; la mayor era mi mamá, pianista y pedagoga, quien interpretaba música de cámara y llegó a tocar el concierto de Mendelssohn con la Filarmónica dirigida por Gonzalo Roig.

«Mi madre fue muy buena repertorista, directora musical de muchos shows en La Habana... La musicóloga Victoria Eli asegura que ella se convirtió en la primera directora de orquesta de Cuba. Era muy capaz y traía consigo toda la tradición de los danzones que había escuchado en su vida.

«Por otro lado, el hermano de mi abuelo, Antonio María Romeu, se ubica como el primero en hacer solos de piano en la música cubana, lo cual ha quedado como modelo; mientras mi tío Armando, según Leonardo Acosta, fue pionero del jazz... El tío Rubén, que gustaba de escribir radionovelas que se transmitían a las tres de la tarde, tocaba violín en las noches, en Tropicana, como parte de la orquesta de su hermano Armandito, pero cuando este andaba de gira lo suplía en la dirección...

«Yo recibí esa rica información de mi mamá, y con esa preciosa “carga” encima quise armar una orquesta que uniera ese conocimiento acumulado, que fuera diferente. En el panorama musical cubano había de todo, excepto un conjunto femenino de cuerdas.

«En España había escuchado algo muy peyorativo sobre las cubanas y yo me había hecho un compromiso interior: fundar un proyecto que nos dignificara, nos enalteciera; que se reconociera a la mujer cubana, sin dudas muy bonita y sensual, pero también llena de valores, que busca sus sueños y se sacrifica por ellos, que se arriesga y es buena trabajadora. Ese era el presupuesto escondido de la Camerata, el otro era el cultural que había heredado».

—Desde el principio la Camerata apareció como un proyecto muy novedoso...

—Debo agradecerle una vez más a Montes de Oca, quien me propuso que elimináramos aquello que se «interponía» entre el productor y el consumidor. «Vamos a quitar los atriles, que toquen de memoria, y a subir las sayas; cambiemos la imagen de la Camerata», me dijo. Así empezamos, buscamos a los mejores diseñadores de Cuba. Rafael de León fue el primero, un creador que había sido ovacionado con sus colecciones en Londres. Él me había prestado el traje que usé para el concierto de Michel Legrand en 1989. Rafael me diseñó el traje inicial de la Camerata de satín negro, con una blusa con una lazada y saya corta. Estábamos muy sexys, la verdad...

«Después, la hermana del músico y productor Emilio Vega, diseñadora de Contex, también muy premiada, fue la que continuó esa línea confeccionando las chaquetas estilo Chanel que completan ese traje que llevamos tipo ejecutivo, que resulta tan elegante.

«Al principio el proyecto no fue muy comprendido. Me decían: “todo está bien pero esas sayas cortas en escena...”, y es que nunca se había hecho algo así. Nosotros desacralizamos el concierto, había que hacerlo porque se había perdido el público para la música clásica. Cada año se veían menos cabezas canosas y ninguna otra. Estábamos obligados a atrapar a la juventud, que se sintiera conectada con lo que sucedía en el escenario, que se identificara con esas muchachas de pelos bonitos y “grandes”, lo mismo rubias que pelirrojas, pelinegras... Para esa fecha ya me había pelado corto a raíz del concierto de Legrand... Era algo muy novedoso, rompedor desde el punto de vista de la imagen, y además haciendo música cubana».

Un viaje en el tiempo

Ahora mismo Zenaida no puede asegurar si antes de su primer lustro de existencia ella era de esos niños que no podían controlar sus manos en presencia de las contrastantes teclas blancas y negras de un piano. De lo que sí está segura es de que estuvo estudiando piano toda su vida, con su mamá como única mentora.

«Pero en la adolescencia me volví un poquito rebelde, quería ir a la playa, ver las películas de Fellini, y hubo un impasse, por lo menos durante el bachillerato, en que me alejé del piano, me rebelé.

«A la par del piano mi mamá me introdujo en ballet, que hasta los 15 años también llevé junto a clases de pintura e inglés; ella me preparó muy bien, pero el tiempo no me sobraba, ni un segundo, y hubo un momento en que dije: “¡no quiero más!”. Llegué a pensar que estudiaría Sicología...».

—¿Cuándo te llamaste a capítulo?

—Justo en ese momento en que me dije: «¡Basta ya de la crisis del adolescente!» y toma de nuevo tu camino (sonríe). Mi mamá se sintió muy satisfecha. Entonces me presenté a una prueba de suficiencia, pues a los 15 ya me había graduado de solfeo, teoría y armonía, en el Conservatorio Internacional de Música (ahora Escuela Elemental de Música Manuel Saumell), gracias a una beca que me había otorgado María Jones de Castro, de modo que cuando regresé ya lo hice dentro del Sistema Nacional de Enseñanza Artística.

«Ocurrió que la jefa de cátedra nacional, Aida Teseiro, me captó enseguida para que llevara las dos carreras, porque requerían de profesores de música también. Me pusieron como alumna ayudante desde que entré a estudiar en el Amadeo Roldán, pues necesitaban que impartiera clases en la Caturla, lo cual me coincidía con mi horario en el conservatorio. La decisión fue trasladarme para la ENA, donde podía llevar ambas responsabilidades.

«La ENA también fue fundamental en mi carrera. Allí me encontré con un coro fabuloso que reunía a estudiantes de música, bajo la cátedra de la húngara Agnes Kralovszky, profesora de profesores, la formadora de los principales directores de coro de Cuba. El rigor que traía de la Academia de Música Ferenc Liszt, de Hungría, lo puso en nosotros. De verdad que le agradezco mucho por sus enseñanzas».

—Al Instituto Superior de Arte llegaste para romper con los moldes...

—Fue la misma Agnes Kralovszky, quien me anunció que abrirían el ISA. «Ya no tengo nada más que enseñarte, debes ingresar en dirección de orquesta», me insistió. Pensé que estaba mal de la cabeza, pero me dijo: «voy a matricular contigo para que te decidas». Ella estudió con Guido y yo en la clase de Gonzalo Romeu, mi primo, el cual había acabado de llegar del conservatorio Tchaikovsky, de Moscú.

«Así matriculé en dirección de orquesta. Me preparé con un gran pedagogo, Manuel Duchesne Cuzán, director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional, un analista del ser humano y, al mismo tiempo, un ser muy consecuente con el trabajo. También con mi primo Gonzalo, quien siempre fue hosco, difícil, complicado, bastante distante, lo cual me ayudó sobremanera, porque jamás se comportó complaciente, no está en su constitución, en su ADN, al igual que Duchesne. A ellos solo les interesaba la búsqueda de la perfección, la exigencia en el trabajo y los resultados. 

«Recuerdo que hacía el primer gesto de una sinfonía y me decía que no. Volvía nuevamente, pero él seguía pensando que ese no era el correcto. Lo intentaba por tercera vez y si no lo convencía me señalaba la puerta y me despedía hasta la próxima semana o hasta que su rostro reflejaba que había acertado, entonces me daba la clase… Esos profesores ya no existen aquí. Nos obligaba a rompernos la cabeza, porque en la vida profesional una se enfrenta sola a una partitura en la cual, a partir de una grafía, debes desentrañar el mundo interior que le dio origen».

En busca del camino

Zenaida ingresó en el ISA dispuesta a cambiar las leyes, al atreverse a estudiar dos carreras, porque quería también obtener su título de licenciada en Dirección coral cuando todavía el Ministerio de Educación Superior no se había enfrentado a un caso similar, y lo consiguió. «Cuando concluí mis estudios la verdad es que éramos no pocos directores, comenzando por nuestros profesores, de manera que la posibilidad real de dirigir era dos veces al año; pero yo estaba consciente de que esa oreja mía había que trabajarla a diario, por eso creé el coro Cohesión.

«Reuní a un grupo de estudiantes del ISA. Luego cada uno de sus integrantes pudo desarrollar una carrera brillante: Gema Corredera, Cary Diez, Élsida González Portales, Oriente López, Emilio Vega, José Manuel García, Alina Orraca... El coro es algo inestimable, porque en él se aprende a oír finamente, a oír los armónicos, que son como los colores de la luz, del arcoíris».

—Durante cinco años el coro Cohesión hizo historia...

—En Cohesión viajamos por la música universal, desde el Renacimiento hasta la cubana. Yo quería mostrar la belleza de esas creaciones, pero no cantándolas todo el mundo tieso: «Habanera, no te canses...». ¡No, no, eso no somos nosotros! Por eso incorporamos, por primera vez en Cuba, la expresión corporal, los movimientos escénicos, lo cual impactó a la gente...

—¿Qué sucedió entonces?

—Que nos cogió la rueda de la historia, pasaron esos cinco años y nunca nos profesionalizaron. Pero Cohesión actuó hasta en el Teatro Bolshoi de Moscú. 

«Después, en 1989, se fundó el coro de la compañía Estudio Lírico, de Alina Sánchez, y pasé a ser directora de orquesta asistente de Gonzalo Romeu. Era una agrupación que se dedicaba al rescate de la música lírica, con la cual actuamos en Cuba y en el extranjero, incluida España, donde más tarde me iría a impartir clases magistrales (entre 1990 y 1992), especialmente en Vigo».

Hora de fiesta

El nacimiento de la Camerata fue como ir del sueño a la poesía. Al año, el ilustre Doctor Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, le entregaba, en el mismo corazón del Centro Histórico, una sede envidiable: la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís. «Cuando se determinó que en aquel espacio se haría una sala de conciertos, Eusebio, que es un visionario, de inmediato me llamó. “¿Y no te molestará que la gente camine por aquí?”, me preguntó, pero yo no entendía nada. Creía que me estaba invitando a realizar alguna presentación, ¡y me estaba dando en propiedad la Basílica!

«Nuestro debut iba a ser en julio, pero la que fue mi primera representante y yo sufrimos un accidente fatal en una moto. Entonces decidimos que si ella había fallecido cuando andábamos buscando ese ideal de la Camerata, no podíamos seguir demorándonos. Nos dimos a conocer el 4 de septiembre de 1993 en la sala Covarrubias, y en octubre Eusebio me entregó la sede. Frank Fernández ofreció el concierto oficial un miércoles y el sábado estábamos actuando nosotros en la Basílica recién abierta».

—Veinticinco años siendo embajadora de la cultura cubana...

—Lo que sucede es que se ha producido una suerte de maravilla, que se expresa en un vínculo muy fuerte entre cultura y sociedad. Cada vez que viajamos nos presentan como embajadoras, y por supuesto que es así. Nuestro empaque es de lujo con esas jóvenes tan bellas y virtuosas.

«Me han llegado a preguntar si las busco en La Maison. ¿Pero a quién se le ocurre cuando una violinista necesita 11 años de enseñanza artística? Es que la mujer cubana es linda. Para la orquesta hacemos convocatoria, las audiciones son públicas, abiertas. Los requisitos son ser graduada de arte y una buena trabajadora, porque aquí hay que trabajar fuerte. No es lo mismo saber tocar una obra a que yo te diga: “mañana me la tienes que traer de memoria”. Eso exige una entrega extra.

«A lo mejor muchos no se dan cuenta de lo duro que es, pero sí lo aprecian. Al público le encanta, porque se produce una especie de complicidad entre la orquesta. Si alguien se equivoca en una nota, aparece una miradita por allá, una sonrisa por acá... A la gente le gusta ver el concierto, el hecho escénico, pues de lo contrario se conformaría con las grabaciones. 

«Y me refería a esa relación entre sociedad y cultura, que es muy efectiva, porque la gente me pregunta: “¿Y dónde estudiaron las muchachas?”. Yo les respondo con total tranquilidad: “¡En Cuba!”. Y abren los ojos: “¿Y en Cuba hay escuelas de arte?”. “Pues sí, y muy buenas”, y les explico sobre el sistema de enseñanza, la inserción de la mujer, sobre el sacrificio de ellas de llevar dos instrucciones: la  general y la de la música desde los siete años; niñas que deciden que no van a jugar porque quieren ser instrumentistas. Mujeres que buscan su sueño.

«En lo musical, hemos sacado de las gavetas mucha literatura cubana que no se tocaba, que nunca se había grabado, esa fue una conquista. Ahora se ve como algo natural, pero ese vínculo entre lo popular y lo clásico, ese camino, lo indicó la Camerata.

«Nos tocó el privilegio de presentarle al gran público la obra de compositores nuestros que apenas se conocían, como Diez Nieto. Recuerdo que Jorge Luis Prats e Iván del Prado, dos grandes músicos, me dijeron después del concierto: “nos acabas de presentar a Diez Nieto”. A mí me da mucha satisfacción haber partido desde los orígenes, porque ellos fueron los primeros que escribieron para orquestas de cuerda: Carlos Borbolla, Harold Gramatges, Alfredo Diez Nieto, Fabio Landa. Cuando estaba preparando el disco le comenté a Jesús Gómez Cairo: “Gómez, no sé cómo titularlo, porque resulta que es muy raigal”, y el director del Museo de la Música me dijo: “Ponle así mismo: Raigal”».

—¿Me mencionas los grandes momentos de la Camerata en este primer cuarto de siglo de existencia?

—Te mencionaría, por ejemplo, el primer concierto. Fue un momento en que la gente había perdido muchas ilusiones, y no sé ni cómo llegó hasta el teatro. La crisis económica estaba teniendo un efecto sicológico profundo, y cuando parecía que todo se estaba desmoronando, surgió algo nuevo: la Camerata. El público lloró de felicidad, porque era como decir: «No todo está perdido». Un momento bello.

«También la entrada a la Basílica marcó un punto de giro. Luego otras instituciones de La Habana Vieja han acogido a proyectos artísticos destacados como Ars Longa, Lizt Alfonso, el Mozarteum y ahora, más recientemente, Irene Rodríguez.

«Hemos sido nominadas al Grammy Latino en dos ocasiones, por Non Divisi, monográfico de Roberto Valera; y Cantos de ida y vuelta, junto a Serranito “Victor Monger”, el primer disco de fusión de música flamenca y cubana, que también ganó el premio Flamenco de Hoy, en España. A ello se suman los Cubadisco que recibieron Raigal, Habanera (el monográfico de Gerardo di Giusto)...».

—En 2019 La Habana arribará a su aniversario 500...

—Nací en La Habana y yo la amo, adoro La Habana, sufro La Habana, lloro  La Habana, ansío La Habana... Esa es mi ciudad, como dice X Alfonso. Esta Basílica es el útero de la Camerata, aquí es donde se gesta, donde se forma lo que luego se aprecia en los conciertos, en los videos, en nuestras giras. La matriz es este espacio en La Habana Vieja, en este mágico lugar que nos dio el gran Eusebio Leal.

—¿Satisfecha entonces?

—La verdad es que uno siempre va hacia adelante. Hacia atrás no vale la pena. Al frente hay muchos más caminos que seguir. Claro, existe una obra, pero el reto seguirá siendo andar hacia adelante y conquistar nuevos espacios. 

«Nuestro empaque es de lujo con esas jóvenes tan bellas y virtuosas», dice con orgullo Zenaida Romeu.

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