De la muerte, el amor y otros demonios

El panorama teatral capitalino ofrece varias obras para disfrute del público

Autor:

Frank Padrón

Eros y Tanatos caminando siempre juntos, desde plurales miradas, alimentan el panorama teatral capitalino. Ojeemos:

La muerte y la doncella es una pieza del célebre escritor chileno Ariel Dorfman, exitosamente llevada a la pantalla en 1994 por Roman Polanski con un trío protagónico de lujo (Sigourney Weaver, Ben Kingsley y Stuart Wilson); muy representada a nivel internacional en su medio natural, las tablas, su autor cedió gentilmente los derechos a la compañía La Bernarda, que dirige Tony Arroyo, para su puesta en Cuba, y así ocurrió recientemente en la sala Rita Montaner.

El omnipresente asunto de las torturas durante la dictadura pinochetista se enfoca aquí en una clave más íntima: la relación entre una mujer que sufrió los rigores y desmanes de un médico verdugo, quien presuntamente es el mismo que llega a su casa de manera accidental, ante un encuentro con el marido de aquella.

El cambio de roles entre el antiguo torturador y su exvíctima genera un intenso y visceral contrapunto que invita a reflexionar no solo en torno a una situación puntual, aunque lamentablemente histórica, sino mucho más amplia: la complejidad de las relaciones humanas y sus paradójicos comportamientos en circunstancias límites.

Dorfman juega de modo magistral con los silencios, las pausas, la progresión creciente del suspense que el relato va desandando con admirable gradación; en su lectura, Arroyo logra con bastante acierto ese clima de angustia y tensión que se respira desde los primeros minutos, si bien por momentos extrema el recurso dilatando demasiado esos espacios en blanco entre palabras, gestos y movimientos.

Le faltó a la puesta un poco más del espíritu dorfmaniano, inquietante y alucinante de principio a fin, para lo cual se apoya en unos desempeños en los cuales se descubre el esfuerzo de los actores (comenzando por el protagónico de Lianet Alarcón) encarando personajes que, sin embargo, no fueron trabajados con toda la garra y la dualidad del original, un tanto simplificadas, ausentes del rejuego y la manipulación que encierra la letra.

DUDO, LUEGO EXISTO

Monólogos y unipersonales no faltan por estos días en la escena habanera, y uno de los que mayor resonancia han tenido es Dudo, como generalmente ocurre con las puestas de Teatro El Público. En versión de su director, Carlos Díaz, se basa en un texto de la conocida dramaturga francesa Marie Fourquet: Pourl´instante, je doute, que aborda la insatisfacción matrimonial desde la perspectiva masculina, incluyendo las consabidas fantasías eróticas, tan complejas como impredecibles.

Aunque se descubre en el texto un disfrutable equilibrio entre lo humorístico y lo serio, desde una postura saludablemente cínica, quizá la traducción no haya logrado atrapar toda la carga semántica del original, por lo cual a veces se percibe algo confuso e inconexo.

Sin embargo, la actuación del joven Denys Ramos consigue sortear tales escollos con un trabajo que interioriza y expone, con verdadera exquisitez, matices y enveses del discurso, en lo cual se descubre por supuesto la mano directriz de Díaz: su desnudo casi omnipresente y resuelto con el desenfado requerido, es simbólico, teniendo en cuenta las claves que la letra sugiere.

Una reserva: pese a constituir toda una marca autoral, esta vez se siente superflua la presencia tanto del canto lírico como del travestismo, o cuanto menos, sin la suficiente integración dramática, lo cual no resta valor a un trabajo tanto actoral como escénico en verdad notable.

ECLIPSE CON RITO

Dos actrices asumen sendos textos de no poca enjundia y reveladoras incursiones en el universo femenino: Eclíptica, de Eugenio Hernández Espinosa por su compañía Teatro Caribeño de Cuba, y Ritual con Obba, escrito por Tomás González en versión de Feérico Teatro.

En el primero, asistimos a una de esas mujeres típicas en el teatro de su autor, galería integrada, sobre todo en ese género, por la irreverencia, la transgresión y la salida de órdenes establecidos. Esta dama, que pudiera resultarnos delirante y fuera de rosca, dice muchas verdades, calla otras, sugiere no poco, mediante lo cual, como estampa el también dramaturgo Gerardo Fulleda León en sus notas al programa, «nos permite… con su elipsis en la expresión, intuir o intentar confirmar…el resto». Estrella Borbón logra comunicar ese universo con el humor propio del personaje, mediante transiciones orgánicas y sólidas, algo entendido y conseguido desde la dirección por Nelson González y el competente equipo con el cual trabajó.

Ritual…, por su parte, acerca una de esas muestras dentro de la lírica escritura de Tomás González, esta vez plasmada en su Discurso de Obba, en el que aprovecha el mito yoruba para reclamos femeninos que tienen que ver con los conflictos de la pareja y, en general, con la cosmovisión desde la mujer. Mediante una puesta sencilla, con pocos, pero bien aprovechados recursos escénicos, convence la matizada y sutil labor de Maylin Anglada Portuondo bajo la dirección de Susana Marrero.

EL CASADO INFIEL

Semejantes problemáticas pero dentro de una estructura más compleja ofrece Infieles (1988), del prolífico autor chileno Marco Antonio de la Parra, por Teatro Almargen.

Dos parejas que se entrecruzan a partir del adulterio masculino en una de ellas (antiguos amantes que se reencuentran cuando cada uno tiene su vida hecha aunque insatisfecha) dan cuerpo a una pieza que pone el dedo en la llaga en conflictos medulares en el mundo de la convivencia, el erotismo y el concepto de fidelidad.

Salvo algunos términos y situaciones que no fueron adecuadamente contextualizados (como la labor de publicista del protagonista), la versión de Yadira Herrera, quien también se encarga de la puesta, sitúa en el aquí y ahora las coordenadas universales del relato.

Merece encomio, sobre todo, la economía de recursos, el dinamismo escénico logrado sobre la base de los mismos y las soluciones dramáticas y escénicas en las que llevan mucho peso las luces de Marvin Yaquis, la banda sonora de la misma directora, y el diseño escenográfico y de vestuario a cargo de Adrián Rodríguez. Dentro de las actuaciones, descuellan las de Yadira y Orlando Alberto; a la otra pareja le falta sutileza y sobra un tanto de explicitud.

El amor y la muerte, los celos y los anhelos, el pasado y el ahora mismo bullen en estas obras que, alcances aparte, merecen nuestra visita al teatro.            

EN LA DANZA TAMBIÉN

Nos sorprendió gratamente el debut de una compañía de bailarines y cantantes, Habana Espectacular (si bien el nombre pudo serlo un poco menos) con un show homónimo mediante el cual emprenden un recorrido por ritmos y géneros del patrimonio insular con algunas pinceladas internacionales muy bien incorporadas. 

Aunque sobran algunos coqueteos con el pintoresquismo y lo folclorista, la esencia del programa es un equilibrado conjunto de piezas representativas de nuestros bailes y músicas que asume un equipo de artistas muy profesionales, apoyados por notables músicos que en vivo ejecutan arreglos donde se conjugan modernidad y tradición y por coreografías en las que sobresale la creatividad.

Hay que seguir de cerca este nuevo grupo que puede arrojar nuevos y satisfactorios espectáculos dentro del panorama escénico en la capital.

A ella arribó hace poco, a propósito, el Ballet Contemporáneo de Camagüey, para ofrecernos un programa concierto con recientes montajes de su director artístico y coreógrafo Pedro Ruiz, quien hace tiempo labora para la compañía que rige Yailín Ortiz.

Si en la ya conocida Retratos en tus ojos se lamentan ciertas reiteraciones y algunos gestos demasiado explícitos, el estreno mundial de Más allá del mar no decepcionó ante la cohesionada ligazón coreográfico-sonora; la música tradicional sarda en la profunda voz de Elena Ledda se vuelve un correlato ideal para la expresividad de los danzantes, más certeros y precisos aquí.

La otra novedad (aunque esta vez en Cuba) es otro homenaje a nuestra música popular (son, rumba, chachachá, mambo…) en el estilo de Musicora, ensemble muy bien sonante que acompaña en la escena a los bailarines; aunque la selección es rigurosa y representativa, sugiero un mayor despegue dramatúrgico, un poco más de peripecias narrativas en el discurso.

Con un acertado diseño lumínico de Milton Ramos (y Donald Holder en el tercer caso) complementado por el vestuario de Pedro Ruiz, el Ballet Contemporáneo de Camagüey nos deleitó durante tres días que fueron doblemente aplaudibles, teniendo en cuenta el insoportable calor que atormentó a públicos y actuantes en el teatro Mella.

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