Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Teatro por aire, tierra o mar

La escena cubana de hoy cuenta con la puesta nuevamente de la obra teatral Cabaiguán-La Habana-Madrid, después de 16 años 

Autor:

Frank Padrón

Desde un municipio espirituano a la capital española, Habana mediante, cruzando mares de sargazos hacia nuevas orillas, con Matanzas incluida… por ahí se mueve la escena cubana más reciente.

Cabaiguán-La Habana-Madrid, de Julio Cid (Premio de Dramaturgia Tirso de Molina, en España), es un restreno, que a 16 años de su montaje a cargo de la actriz María Elena Soteras, «Chiquitina», vuelve al escenario del Hubert de Blanck por ese grupo que ella integra.

Vernácula, costumbrista, de enredos, esta comedia de presuntos hermanos venidos a menos y quizá herederos de un padre español (aunque a derechas ninguno sepa exactamente de qué provincia) pone el dedo en la llaga de situaciones típicas en los momentos en que fue escrita —principios del siglo XXI—, sobre todo en aquella furia por hacerse de una nacionalidad que algunos, con el sentido del humor que nos caracteriza, denominaron «fábrica de españoles».

Pero otros muchos aspectos conflictivos siguen vigentes: problemas de vivienda, huellas del Periodo Especial, relaciones con esos peninsulares que trajeron en más de un caso estafas y más sufrimientos… y en términos ya generales, intrigas, envidias, soledad y celos dentro de una bien urdida trama que entretiene e inquieta hasta el final.

Ello no quita que Soteras debiera haber aplicado un poco de cortes al texto, que se torna reiterativo y alargado en exceso, con situaciones superfluas y cacofónicas; incluso, resultan hoy casi increíbles esos discursos seudopolíticos e hipócritas que los protagonistas se autoaplican o lanzan al rostro del visitante foráneo: es algo que ha pasado, afortunadamente, a mejor vida.

De cualquier manera se aprecia un trabajo de puesta satisfactorio apoyado en una racional disposición del espacio, un diseño de escenografía y vestuario que van muy bien con historia y personajes, acertadas luces y una banda sonora que constituye una excelente apoyatura dramática al texto.

Respecto a los actores, la misma Chiquitina, quien estrenó el personaje de Silvia, dobla con una chispeante y muy convincente Elizabeta Domínguez; sin embargo, Marisela Herrera extrema un tanto la nota de sofisticación de su Gorda, por lo que se aconseja moderar un poco la proyección general del personaje; esto llega al extremo en el caso de Enrique Barroso, demasiado enfático sobre todo en su gestualidad; Alejandro González se mueve cómodo en su Benedicto.

Tierra de perros

A Matanzas nos fuimos a apreciar par de obras, entre ellas Tierra de nadie, partiendo de la pieza Epílogo con arcángeles y perros, del chileno Jorge Díaz, premio nacional de las Artes y representación audiovisual en su país.

Teatro D’Sur (Unión de Reyes), bajo la égida de Pedro Vera, tuvo a su cargo esta obra que se mueve entre el «teatro de la crueldad», el del absurdo y la comedia amarga, cuando dos actores que pueden ser prisioneros, recluidos en un hospital siquiátrico, o simples marginales, discuten y discursan en torno al arte de la representación, vivencias y falencias, sueños y pesadillas, en un perenne intercambio de amor/odio y enfermizas dependencias.

Texto sólido, bien estructurado, lleno de sutilezas, de enveses lingüísticos y sicológicos, como son habituales en ese autor, descansa fundamentalmente en el trabajo de los actuantes, quienes aquí interaccionan en un verdadero combate en el cual entran en juego sus disímiles, aunque complementarias personalidades, algo bien entendido por Vera en la dirección, que también asumió en anteriores puestas el personaje de Seve.

Es precisamente José Luis Castillo en ese rol quien se lleva las palmas mediante un trabajo comedido y matizado, en lo cual no lo secunda del todo su colega Wilfredo Mesa como Rado, un notable actor sin duda, aquí, sin embargo, un tanto sobreactuado e hiperbólico, algo que el personaje pide, pero no tanto. Esperemos que en próximas representaciones pueda lograr el necesario equilibrio.

No solo para los más pequeños

Y hablando del «mejor amigo del hombre», aunque cambiando totalmente el registro, Teatro La Proa ha estado presentando su nueva obra ¡¡¡Cuidado hay perros!!!, de Erduyn Meza Morgado, sobre letras de Eliseo Diego, René Fernández, Ivette Vian, el brasileño Vinicius de Moraes y el folclor nuestro.

Lo cierto es que buena parte del imaginario canino vertido en cuentos, leyendas, poemas y canciones se despliega con ingenio y coherencia en este «divertimento para dos titiriteros» que, en realidad, agrada tanto al público infantil, principal destinatario del grupo, como a los mayores: virtud esencial de este tipo de teatro.

El diseño de vestuario, escenografía y muñecos concebido por Arneldy Cejas resulta esencial en la atmósfera festiva y sanamente didáctica (sin panfletos ni «escuelitas») que exuda la puesta también bajo su responsabilidad, a lo que se agrega el riguroso trabajo musical del trovador Ariel Díaz, quien está incursionando con muy buen pie en las tablas.

Fiel a la estética del colectivo de mezclar títeres con actuaciones directas de sus manipuladores, las jóvenes actrices Marybel García y Yilian Fernández se lucen en desempeños simpáticos y chispeantes que el auditorio agradece.

Mares y puertos

Volviendo a la Atenas de Cuba, Teatro Icarón presentó en su sede La otra orilla, de Ulises Cala, a partir del diseño general de Adán Rodríguez y puesta de la directora del grupo, Miriam Muñoz.

El recurrente tema del exilio (como se sabe, latinoamericano, internacional) se pulsa mediante dos hombres y dos mujeres a la espera de un barquero (¿cancerbero?) que quizá nunca llegue: vivencias, recuerdos, sueños y añoranzas se cruzan entre ellos mientras el río abundante en cadáveres se erige como el gran desafío.

A la Muñoz, experimentada actriz y teatrista, debemos una puesta inteligente y reflexiva que saca buen partido del texto sustancioso de Cala, en el cual luces, vestuario y música (banda sonora en general) contribuyen a la ambientación y el buen curso del relato. Como lado débil aparece la irregularidad del elenco, que mezcla trabajos más acabados con algunos que denotan problemas de dicción o insuficiencias en el dramatismo de los roles.

El mismo tema, aunque desde una perspectiva más ontológica y mítica, nos llega a través de El mar de los sargazos, basado en un texto de ese dramaturgo imprescindible de nuestras tablas, tan presente pese a su desaparición física, Alberto Pedro (Manteca, El banquete infinito…), ahora con dirección y puesta de José Enrique Rodríguez.

Un texto intenso, de gran verbosidad con variaciones caracterológicas (Fe, Muerte, Oshún…) que quizá leídas resulten más fáciles de aprehender, pero que a la hora de ser representadas necesitaban una mejor delimitación.

La actriz Miladys Ramos, de sólida energía histriónica (quien propone una versión libre de la obra), tampoco consigue evitar con su desempeño que extraviemos, en tanto público, los matices diferenciadores entre esas entidades, relacionadas, sí, pero con perfiles específicos que se difuminan más de una vez. Ella misma oscila en su alcance tonal: en ocasiones se introduce muy acertadamente en determinado personaje, otras veces intenta resolverlos dramáticamente digamos, con engolamientos innecesarios de la voz, en los cuales quizá venía mejor otro recurso… detalles que sugiero perfeccionar para futuras piezas.

Lo cierto es que, en La Habana o sus contornos, por aire, tierra o mar, el teatro entre nosotros sigue un rumbo siempre motivador.

Teatro La Proa en ¡¡¡Cuidado hay perros!!!, de Erduyn Meza Morgado. Foto: Arneldy Cejas.

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