De todas formas, la historia no perdona

Hay en la literatura un sacudimiento, fuerzas telúricas que actúan sobre la conciencia de los hombres y despiertan conductas, nociones de verdad, paz y diversidad, aseguraba Eduard Encina, el invitado-delegado a quien echaremos en falta en el 3er. Congreso de la AHS

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Me mira fijo desde Facebook. Con esos ojos profundos, pero limpios, tanto, que allá en el fondo su huella vital todavía palpita. Desde la pantalla me sonríe, como diciéndome: «No te preocupes, socio, conmigo tú siempre quedarás bien». Y sin embargo, le debo un adiós público, tengo que decirle que siempre me inspiró su valentía, su orgullosa guajirez, su sensibilidad infinita, su poesía-hoguera, su «encinidad», superior a la magnitud humana que algún mortal pueda albergar, aunque sé que de veras quiere tranquilizarme. Ciertamente él nunca fue un tipo necesitado de homenajes. Más bien, si estuviera hoy aquí, hubiera preferido que solo unos buenos palos de ron «peleón» interrumpiera nuestras conversaciones a camisa quitá.

A veces creo que Eduard Encina, de sencillez admirable incluso hasta en la muerte, fue quien permitió que llegara hasta él aquella estocada final de un cáncer intenso contra el que luchó hasta el último aliento, la tarde triste del 8 de septiembre de 2017. Pero para él, un hombre de fe, debió haberle bastado partir con la luz de la Patrona de Cuba. De cualquier manera, la noticia fue como un mazazo para ese mundo de gente que lo quería, tan dura de asimilar como la del huracán Irma destrozando media Isla para acaparar la atención absoluta de todos los medios.

Así, sin protagonismos, siempre consecuente con su vida, murió el autor de Ñámpiti, El silencio de los peces, El perdón del agua, Golpes bajos; de Lupus, premio Hermanos Loynaz 2015. Pero hoy,  que no lo encontré en el listado de los invitados imprescindibles del 3er. Congreso de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), es que tomo conciencia, con dolor persistente, que Eduard Encina no está ya más, al menos no físicamente. Será un congreso que no tendrá su voz firme transmitiendo un pensamiento más robusto que una ceiba, su verdad para salvarnos.

La Asociación Hermanos Saíz lo tendrá siempre como guía, como paradigma. Lo será incluso para esas generaciones que no lo conocen, que ni siquiera han nacido. Su AHS no lo dejará jamás en el olvido, porque para esa Cuba que amó con locura, es esencial que su poesía y sus ideas perduren, que se mantengan vivas. Se lo propusieron las editoriales La Luz, de Holguín, y Áncoras, de la Isla de la Juventud. La primera llegará antes de que cierre este 2018 con Estructuras del silencio y la segunda con Manigua.

Yo, por mi parte, solo quiero que sus reflexiones se esparzan por el Pabellón Cuba, el Centro de Convenciones de Cojímar, el Museo Nacional de Bellas Artes, la sala Guevara del ICRT, el Complejo Cultural Bertolt Brecht, los Estudios de Animación del Icaic, el Centro Dulce María Loynaz, el Maxim Rock, el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, el Palacio de Convenciones, el Teatro Nacional... Que su pensamiento ágil y revolucionario nos continúe incitando al debate, a repensarnos constantemente.

De aguda estrofa

Eduard, que primero fue soldado de fila, y luego cabeza, cuerpo y corazón de la AHS en su Contramaestre, fue uno de los impulsores de las células municipales que tanto cambiaron el a veces lamentable panorama cultural de algunos territorios. 

Porque los sabe todavía muy valiosos, me presta sus criterios desde su sitio de Facebook, que sus compinches de Contramaestre, sus amigos, no han dejado perecer. Lo recuerdan a cada instante, como lo hizo Arnoldo Fernández Verdecia, el 27 de enero, cuando el poeta hubiera cumplido 45 años. «Cazando libros nos conocimos —contaba desde el muro de Encina. Tus ojos vivos y brillantes delataron el ángel que tenías, que no paraba de luchar, tus mil batallas, y de la mano te llevó al paraíso donde nunca más podrán culparte de aguda estrofa, de agujas transgresoras, de puntos incorrectos, ni símil denigrante».

En las discusiones de su Asociación tampoco lo mirarán con recelo si se atreve a decir: «Camino mi país y siento claustrofobia. A un lado y al otro todo se repite: las mismas ropas, peinados, gestos y lo que es peor a veces, las  mismas casas. Lo repetitivo nos agrede. Ahora la modalidad es enrejarlo todo, hasta las palabras.

«El viejo oficio de la herrería vuelve a nuestra arquitectura con urgentes deseos de borrarla. No se incorpora como elemento decorativo en verjas o guardavecinos, ni para rematar los límites de cercas, esquivando la pesadez de los muros de concreto, sino creando la sensación de que vivimos en una casa cárcel.

«Algunos creen que la gente enreja sus hogares por temor a la creciente inseguridad, “los ladrones están dando la hora”, otros dicen que es para aumentar el precio de las casas, “media Cuba se está vendiendo y todo el mundo quiere viajar”. Un antropólogo me dijo el otro día que un poetín como yo no podía percibir que estaba ante una expresión de poder económico: “quien pone rejas, tiene dinero”.

«Poner rejas a diestra y siniestra. Es sintomático “la maldita circunstancia de las rejas por todas partes”. El patrimonio se destruye y a nadie le interesa, los barrios se vuelven grandes masas de hierro que limitan poco a poco cualquier posibilidad de diálogo entre los que están dentro y los que están fuera. Autoencerrarse es también una lectura del individuo que pierde la fe en la circunstancia colectiva.

«Camino mi país y siento claustrofobia. Abro una puerta y aparece una reja».

Cimarronzuelo oriental

Antes de partir, el poeta decidió que su blog Cimarronzuelo Oriental, en el que constantemente publicaba su sentir, siguiera navegando. Lo mismo que su Facebook, donde nos mantuvo al tanto de su viaje a Colombia, cuando ganó el premio La Gaceta de Cuba. Corría entonces el mes de julio de 2017:

«¡¡GOOOOOLLLL!! Al clausurar el 27 Festival de Poesía de Medellín, con el Parque de los Deseos repleto de los paisas amantes como nadie en ningún rincón del mundo, de la poesía y la paz. Un pueblo que ha pasado por oscuras circunstancias durante más de 50 años, alista los corazones de sus hijos para construir el país soñado. ¡¡GOOOOOLLLL!! de Colombia, y mañana regreso a Cubita la bella, a la Cubita de mis hijos y de mis abuelos, a la Cubita del futuro. Añoranza, amistad, solidaridad, amor verdadero desde la poesía sentí anoche en medio de la lectura y el concierto de clausura donde Polito Ibáñez se echó en el corazón a Medellín. ¡¡GOOOOOLLLL!! del pensamiento y el amor».

Y en cuanto aterrizó: «¡Pie a tierra! Vuelvo respirar mi aire, el silencio de la gente atravesando el parque, el vocear de los camioneros que salen para Bayamo, El Tití, La Pimienta. Vuelvo al ritmo del día a día con los amigos del café y los proyectos que alimentan el sueño. ¡Pie a tierra! El abrazo de mis hijos, el beso de mi esposa, toda esa temperatura que es llegar y subir de nuevo al caballo en mi Baire de toda la vida. ¡Pie a tierra! Las palmas me reciben, el fuego me recibe y me prueba. Ya estoy con los míos, es decir, en la profundidad de la Isla».

Se nos fue Encina con la alegría de que abrazó hasta el cansancio a su prole. «Hace unos días mi amigo Arnoldo Fernández me hizo esta foto con mis hijos. Uno no se da cuenta de que dejaron de empinar chiringas y ahora quieren participar de internet, y ahorran y hacen maravillas para comprarse un tablet y estar a tono con estos días muy tecnológicos pero faltos de contacto humano. Creo que nada me hace más feliz que asar un puerquito juntos y darle gracias a Dios por ellos».

Esas eran sus felicidades, y esas y muchas otras sus batallas: «Hace algunos años un grupo de jóvenes nos dispusimos a cambiar el entorno físico y espiritual de Contramaestre. Al principio cundió la incertidumbre, muchos despistados vaticinaban que la ciudad se estaba demoliendo; algunos funcionarios (hoy añorados) se ganaron apelativos como el de “mandarrita”, porque golpeaban bien abajo, en la raíz podrida, para plantar la belleza y “no solo con repello, lechada y colorete”, sino desde sus cimientos. Muchas fueron las murmuraciones entonces. Pero la historia puso las cosas en su lugar, el pueblo asumió los cambios y hasta convirtió en símbolos aquellos que más se le parecían. Hoy se hacen intentos de favorecer la visualidad de Contramaestre, se está trabajando, pero los cambios no solo se hacen con amor, sino con talento, ingenio y creatividad.

«Hace muy poco Arnoldo Fernández, coordinador del blog Caracol de Agua, preocupado, ha vuelto sobre el asunto, seguramente lo tildarán, como a nosotros entonces, de hipercrítico. De todas formas, la historia no perdona».

Eduard estaba convencido de que «la poesía crea estados de bienestar que luego se convierten en prácticas humanas: mantener energizada la creación poética es una de las formas más eficientes para contrarrestar cualquier gesto totalizador. Todo pueblo necesita voces que concentren sus aspiraciones y se vuelvan reacción ante la apariencia de normalidad en que a veces intentan sumirlo. Hay en la literatura un sacudimiento, fuerzas telúricas que actúan sobre la conciencia de los hombres y despiertan conductas, nociones de verdad, paz y diversidad». ¡Amén!

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