Cartografía del alma humana

El próximo 7 de noviembre se estrena un nuevo filme cubano, Club de jazz, del realizador Esteban Insausti

Autor:

Alejandro A. Madorrán Durán

Cuando JR entrevistó al realizador Esteban Insausti ya había terminado Club de jazz y volcaba todas sus energías en lo que sin lugar a dudas es la mayor y mejor obra de su vida. «Mi hijita Vienna, de apenas 20 días de nacida, este era el principal anhelo entre todos mis desvelos», le confesó entonces a este diario.

Ya la pequeña Vienna cumplió su primer añito. «Nuestro lucero llegó a este mundo para con su propia luz colmarlo de alegría. Y es que, en verdad, no conozco felicidad más plena que el sonreír de mi niña cada mañana, ella es mi motor y toda la motivación que necesito para poder seguir», publicaba Insausti en las redes sociales el pasado 3 de agosto, tres meses antes de que Club de jazz por fin se estrene en la sala Charles Chaplin.

Hacía tres lustros que el guion se había escrito «a partir de una experiencia que surgió (sobre todo) como tributo o deuda con alguna de la literatura que me acompañó en mi más temprana juventud. El perseguidor, de Julio Cortázar, por ejemplo, es un cuento tremendo que me marcó durante casi toda la adolescencia, una narrativa que sondea la condición humana como pocas. Lo mismo debo decir de Doctor Faustus, de Thomas Mann, en una corriente más existencialista, y de La búsqueda, de Jaime Sarusky, una novela poco conocida pero muy robusta. Todas me colmaron de buenas imágenes, lo cual se sumó a mi cercanía con un mundo como el de la música, que me es muy familiar. Así nació Club de jazz», cuenta quien no ha dejado de soñar con proyectos como Pincel con sangre y Erección.

—¿Por qué tomó tanto tiempo llevar esta propuesta a la pantalla?

—La demora para hacer realidad este sueño es, en verdad, inexplicable, teniendo en cuenta que fue un proyecto que ganó el fondo Ibermedia en 2013; sin embargo, por diversas razones se vio pospuesto una y otra vez. Siendo justo y realista, no están dadas las condiciones para asumir de manera independiente esta clase de producciones, de modo que no quedó de otra que aunar toda la paciencia que ni sabía que poseía en lo que fue un ejercicio estoico de espera. Si algo me une a la mayoría de los cineastas de mi país, más allá de comulgar con ciertas éticas y estéticas, o no, es esa colosal pasión para hacer lo que hacemos…

—La envidia aparece como tema principal en las tres historias (Saxo tenor, Contrabajo con arco y Piano solo) que nos presenta Club de jazz...

—La tesis que sustenta cada relato es que la envidia, la más oculta e inconfesable de las emociones humanas, nunca es sana. O, siendo más absolutos, la envidia sana no existe. Se dice a menudo, y no sin razón, que constituye esa especie de monumento que la mediocridad le erige al talento.

—El crítico de cine Juan Antonio García Borrego dijo: «No recuerdo en toda la historia del cine cubano una película más pesimista que Larga distancia». En tu nuevo filme vuelves a abordar derrotas del ser humano. ¿Es esa una característica en tu obra?

—Un verdadero elogio que viene de un gran crítico y ensayista a quien respeto (dado que su aguda observación revela que no busco coquetear con la realidad). Mi obsesión sigue siendo la misma: el inequívoco deseo de intentar cartografiar el alma humana, diseccionarla, entenderla y, dentro de la contradicción que significa esa condición, al compartir mis propias dudas y miedos queriendo comprender y compartir mi experiencia, lograr que crezca el espectador y, al mismo tiempo, crezco yo.   

«La zona de dicho conflicto que más me interesa explorar es aquella relacionada con la enfermiza confrontación que con frecuencia se establece entre la gloria ajena y la personal, aquella que definitivamente no solo afecta a quien la padece sino también a quien es su objeto y blanco».

—¿Por qué decidiste convocar a dos directores de fotografía?

—A Alejandro Pérez me unen lazos sentimentales y humanos que van más allá de lo profesional, nos conocemos desde que lo convoqué para la realización de mi cuento (Luz roja) en Tres veces dos (su primera película cubana como director de fotografía). Entonces era prácticamente un desconocido en el cine, incluso para mí, pero la química fue inmediata, y a partir de ese momento formamos parte de una familia con sintonías humanas, éticas y estéticas entrañables.

«Esta era una película que soñamos durante años. Alejandro sin vacilaciones frenó más de un proyecto personal, y en más de una ocasión, para acometer Club de jazz, cada vez que nos daban una fecha que luego no se cumplía. Cuando por fin logramos comenzar a preparar la película ya él tenía comprometido más de un proyecto que coincidía con las mismas fechas. Felizmente se le ocurrió llamar a quien fuera su maestro, el gran Ángel Alderete, y sin tapujos ni egos ambos acometieron el proyecto en total armonía. Hoy Alderete también figura entre los grandes hallazgos de mi vida, y solo tengo palabras de gratitud para ambos». 

—¿Qué premisas estéticas guiaron la fotografía durante la filmación? ¿En qué sentido se conjugan con la historia?

—El privilegio del arte no es demostrar nada, ni probar nada y, al mismo tiempo, introducir en el espíritu algo irrefutable..., decía el poeta Guyau. La envidia es un enfermo sentimiento tan atemporal, misterioso y eterno como el blanco y el negro. Club de jazz está concebida más allá de la utilidad de los valores puros, por eso la tonalidad predominante es el gris. Comenta Morawski que arte es aquella forma de expresión humana cuya supremacía está en la función estética. Y esa resulta otra de mis obsesiones: que forma y contenido continúen de la mano como almas gemelas, que se favorezcan una a la otra aprovechando las herramientas que ofrece el arte, para en ese riesgo constante, que es la creación, intentar crecer como persona y artista.

—¿Cómo fue el proceso de producción?

—Rafael Rey se responsabilizó con la dirección de producción y desde su magisterio y veteranía asumió cada día ese riesgo junto a mí. Su aporte fue decisivo. En el diseño de producción me acompañó Frank Cabrera, otro experimentado quien también contribuyó mucho desde su disciplina y profundo conocimiento. La colaboración a última hora de Onelio Larralde en el diseño escenográfico ayudó a aliviar muchas de las inclemencias a las que nos sometimos a diario, a pesar de que, por dicha, la mayor parte del equipo estuvo a la altura de las exigencias del proyecto: gente muy profesional y apasionada con las que pienso seguir contando.

«No obstante, la principal dificultad que se enfrenta en cualquier producción está en la desidia, la pérdida de los oficios, la autosuficiencia injustificada, además del voluntarismo que cuando se une a la ineficiencia y al desconocimiento, hacen una combinación letal para el rigor.

«La producción nacional requiere de una nueva renovación de carácter urgente, exige una sana relación dialéctica y necesaria entre la experiencia acumulada, y la frescura y el arrojo de quienes quieren comenzar, tienen algo que decir y saben cómo hacerlo. De lo contrario terminará por perderse en la nada todo ese caudal de experiencia creativa acumulada que cada vez se va más lejos».

—Trabajaste junto a actores como Luis Alberto García, Mario Guerra, Samuel Claxton, Héctor Noas...

—Es un goce tremendo para mí mezclar generaciones de actores consagrados y novísimos; en ese proceso de hacer crecer un personaje ellos me descubren nuevas aristas de la historia que escribí y que nunca imaginé. No creo en los manuales de dirección de actores, ni me afilio con saña a alguna escuela específica, pues cada actor es un ser humano con experiencias y modos de trabajar diferentes. Lograr esa armonía tonal y única en cuanto a la actuación a lo largo de la película fue un reto delicioso; hacer de la austeridad un concepto, una experiencia reconfortante.

—Se dice que muchos de los actores tuvieron que asistir a clases de música. ¿Influyó esa decisión en la elección de los protagonistas? ¿Cómo se desarrolló ese proceso?

—Fueron muchos los grandes actores que con su talento enorme y su humildad nos regalaron su sabiduría en este proyecto. La dirección de casting (real) de la película corrió a cargo de Yasmani Guerrero, quien también desempeñó un papel importante como actor en la tercera historia. Una de las exigencias para poder asumir el rol protagónico de cada cuento era poseer buen oído musical para un género como el jazz, de modo que esto le añadía una nota más de complejidad y riesgo al proyecto. También quisiera destacar la labor meritoria realizada por Yailene Sierra con niños músicos que no eran actores.

«En alguna ocasión escuché que la actuación era un trabajo para buenas personas, y es cierto. Jamás lo había hecho con tanta gente en las cuales confluyeran a un mismo nivel el talento y la calidad humana, fue un verdadero regalo. Mi eterna gratitud a artistas como Samuel Claxton, Héctor Noas, la misma Yailene Sierra, Mario Guerra, Raúl Capote, Yasel Rivero y Luis Alberto García..., mientras que otros, gigantes de la escena cubana, se prestaron a participar en una sola escena, como Pancho García, Patricio Wood, Aramís Delgado... Lo reitero: nunca había disfrutado de tanto talento y humildad al unísono».

—La música es una constante en tu obra y con este largometraje pareces rendir homenaje a los jazzistas cubanos… 

—No diría que se trata de un homenaje confeso a los jazzistas cubanos, sino más bien al «malditismo» nacional: esa inexplicable tendencia o el azar dañino que parece rodear a algunos artistas, tal vez demasiado grandes para su momento, que impide que al final no sean reconocidos.

«Club de jazz es una película de ficción que no está inspirada precisamente en elementos biográficos o históricos concretos, sino que se trata de una historia universal. En cambio, sí existe un referente evidente en los tres relatos: la música que como homenaje tributa a tres figuras revolucionarias del género: Charlie Parker, Jaco Pastorius y Emiliano Salvador: tres “malditos” en el mejor sentido del concepto».

Meritoria fue la labor de Yailene Sierra (en la foto en una escena de la película) con niños músicos que no eran actores, destacó el director.

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