La felicidad más grande de este mundo

Fue su tía querida quien le recomendó a su mamá que lo pusieran en ballet. Tenía buenas condiciones físicas y el oído musical no estaba mal... 

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Con su tía Karelia Sánchez, exsolista del Ballet Nacional de Cuba (BNC), Adrián Sánchez contrajo una «deuda» que, asegura, es la única que llevará consigo toda la vida sin que le pese. «Por siempre le estaré agradecido por ayudarme desde pequeño a descubrir la felicidad más grande de este mundo. Es una suerte enorme que tan temprano uno pueda encontrar aquello que será tu gran pasión, una motivación constante a seguir adelante, a trazarte metas cada vez más ambiciosas, a creer que siempre podrás alcanzar la cumbre en la profesión que has elegido».

Fue su tía querida quien le recomendó a su mamá que lo pusieran en ballet. «Tenía buenas condiciones físicas y el oído musical no estaba mal (sonríe), así que con cinco años me llevaron a los talleres vocacionales que desarrolla la maestra Rosa Elena Álvarez, donde me aceptaron después de unas pruebas.

«Resultó muy bueno para mí porque con las clases que recibía y las pequeñas funciones que organizaban me fui adentrando en un universo que me conquistó desde el primer momento», cuenta este joven de 20 años, ahora uno de los primeros solistas del Ballet Nacional de Cuba. 

«Al principio me daba pena, pero a medida que ganaba en confianza me iba sintiendo más seguro, interesado, deseoso de aprender. De ese modo, lo que comenzó como un juego me fue gustando más y más, hasta que llegó el momento en que esperaba con ansias la hora de mis clases de ballet».

Luego, ya mejor preparado, se presentó a L y 19, a la afamada Alejo Carpentier, para cursar el nivel elemental. Recuerda que en los inicios la dificultad mayor fue romper el hielo, «porque se trataba de una escuela nueva, rodeado de niños que no conocía.

«Era un poco tímido en los comienzos, mas cuando me inserté bien en el grupo todo se empezó a mover sobre ruedas. En cuanto a las clases, las que más esfuerzo me costaban eran las de bailes populares, sin embargo, disfrutaba enormemente las de repertorio y las de ballet, sobre todo “trabajar” en el centro, donde uno se siente más libre, a diferencia de la barra la cual te “amarra” un poco».

En el nivel elemental, Adrián también descubrió el rigor y la adrenalina que desatan los concursos, «y aunque en estos certámenes fui un eterno “mencionado” —sí, porque en todas las ocasiones el jurado me reconoció con menciones (sonríe)— para mí constituyó un aprendizaje total. Y es que se crea una complicidad con tu maestro, quien en esa labor diferenciada, tan cercana, logra extraer capacidades que hasta uno mismo se sorprende.

«No olvido la primera experiencia de este tipo que viví estando en L y 19, con la maestra Sara Acevedo. Es una preparación intensa que sin dudas te enriquece desde el momento en que te escogen tras una audición. Después me volví a presentar mientras estudiaba en la ENA y, bueno, ya conoces el final», le dice entre sonrisas a Juventud Rebelde.

—¿No te sentiste frustrado?

—En lo absoluto. Mi meta era llegar al Ballet Nacional de Cuba; bailar en esa compañía que es un orgullo para este pueblo, al punto de que ha sido declarada Patrimonio Cultural de la Nación. Hablamos de una institución que ya cuenta 70 años, pero que está llena de juventud, de jóvenes con muchas ganas de hacer a partir de lo que nos han entregado nuestros maestros, de la herencia que nos han legado quienes nos antecedieron.

—¿Resultó difícil integrar las filas del BNC?

—Es inevitable que uno empiece a ponerse un poquito nervioso cuando se acerca ese momento, a pesar de que te has venido preparando a lo largo de los años para alcanzar ese sueño. Siempre impresiona presentarte ante todos los maestros del Ballet Nacional de Cuba, a quienes tanto admiras y respetas. De alguna manera, ellos van siguiendo tu trayectoria de estudiante, te han visto en las funciones que realiza la escuela, en los concursos...

«Por supuesto que nuestros maestros son esenciales para poder conseguir el pase hacia la compañía, y los míos fueron geniales. Especialmente Yuneisi Rodríguez, quien me marcó mucho. Ella fue un puntal, una persona clave, la que me puso en la «recta» de verdad. Que confiara en mí de la forma en que lo hizo fue un impulso, un soplo de energía que todavía me dura».

—¿Era el Ballet Nacional de Cuba como te lo imaginabas?

—Siempre me quedó claro que no es lo mismo la vida de un estudiante que la de un profesional, y más en el BNC, la compañía insignia de la danza en la Isla. Este es un país donde los bailarines y los músicos se dan silvestres (sonríe). Los cubanos venimos con la danza y la música en los genes. Ello significa que uno no se puede dormir en los laureles, que debe intentar superarse cada día y no esperar a que ocurra un milagro. El milagro nos lo debemos labrar nosotros mismos, hacer que se note nuestra presencia, llamar la atención a partir de la entrega, del esfuerzo, del trabajo que seamos capaces de realizar.

«Han transcurrido casi tres años desde mi entrada al BNC, y me he sentido bien. Los maestros han creído que puedo asumir retos cada vez mayores y yo he hecho todo lo posible por no defraudarlos. He transitado por el cuerpo de baile y lo he aprovechado como un completamiento necesario, también he interpretado papeles de solista. Sinceramente no me ha ido nada mal. En el tiempo en que he formado parte de la compañía siento que he aprendido todo el tiempo y que soy hoy un bailarín más profesional, más capaz.

«Agradezco tremendamente el hecho de que me hayan permitido interpretar al Don José de Carmen, uno de los papeles principales de ese ballet de Alberto Alonso, que sigue siendo una joya. Fue una oportunidad que no podía desperdiciar, por eso me puse muy feliz cuando las personas se me acercaron para decirme que había realizado una buena labor, que había sido un buen estreno. Influyó además que la protagonista haya sido la primera bailarina Sadaise Arencibia.

«Hubo muy buena química y fue un aprendizaje total. Estaba nervioso, pero con su experiencia y amabilidad, Sadaise consiguió que me hallara más cómodo y menos presionado en una obra que es como un ícono de la compañía. “No te preocupes, que todo saldrá bien. Déjame que yo te guíe”, me tranquilizaba. A ello también contribuyó el trabajo desempeñado por la maître Linet González, quien se encargó de pulir, en la semana que tuve para prepararme, las exigencias técnicas y artísticas de este personaje tan bonito.

«De cierto modo, creo que lo logrado con Carmen me permitió  luego poder enfrentarme al segundo acto de El lago de los cisnes, junto a Ginett Moncho; un clásico tan gustado en Cuba. El príncipe Sigfrido es de esos roles que todos los bailarines quisieran interpretar alguna vez. Es un personaje de alto calibre, que ya disfrutaba cuando iba al teatro de niño, así que te puedes imaginar la felicidad que me propiciaron.

«Con Ginett Moncho, bailarina principal, también bailé La flauta mágica, con la maestra Consuelo Domínguez como ensayadora. Igual me dio no poca satisfacción bailar la versión de Pedro Consuegra de La Cenicienta, una coreografía que te pone a gozar, como se dice en buen cubano (sonríe)».

—En tres años has asumido roles en verdad importantes, a los que a otros les ha tomado mucho tiempo llegar. ¿No se habrán apurado contigo?

—¿Apurado? No lo creo, he estado trabajando duro con esa finalidad, me he esforzado para poder llegar a estos roles que van marcando la carrera de un bailarín. Agradezco que me hayan dado esas grandes oportunidades, pero también las he tomado con responsabilidad y les he puesto mi corazón.

—¿Tu rol favorito?

El lago de los cines. Ya vencí una parte de ese clásico, pero me encantaría hacerlo completo. Ese es el que quisiera bailar ahora mismo, pero también me atrae tremendamente el Basilio de Don Quijote, un ballet lleno de personajes atractivos.

Si JR te pidiera que te atrevieras a soñar...

—Pues quisiera ser primer bailarín del Ballet Nacional de Cuba. Esa es la principal aspiración de todo aquel que desde muy temprano elige entregarse a la danza como si fuera su religión. Me encantaría interpretar papeles que me hicieran un artista versátil, más completo; y actuar por el mundo en representación de mi compañía, de la escuela cubana de ballet, que es grandiosa, y de mi país.

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