La danza me ha salvado

El destacado coreógrafo invoca sus recuerdos, provocado por Juventud Rebelde

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

«Definitivamente el entorno familiar marca nuestro destino». De eso está convencido el destacado coreógrafo José «Pepe» Hevia, quien al invocar sus recuerdos, provocado por Juventud Rebelde, se descubre bailando desde los cinco años.  «Lo tuve muy claro desde ese momento: bailar era la oportunidad de sentirme un niño pleno.

«En medio de la ruptura de mis padres, quienes quizá no supieron gestionarla de la mejor manera; de la necesidad de mis dos hermanas mayores, que eran mi vida pero que les tocó becarse; de querer tener a mi madre todo el tiempo a mi lado, una guerrera que trabajaba, estudiaba y hacía de todo para sostenernos, crecer y para echar adelante la familia... el niño medio desorientado que fui encontró ese refugio maravilloso en la danza para poder aliviar esa sensación de soledad que sentía».

—¿Cómo finalmente se logró canalizar esa pasión?

—Así mismo como te planteé lo anterior sobre mi familia, debo decir también que mi madre, mis hermanas, e incluso mi padre, apostaron siempre porque el niño bailara. Nunca sentí un «no», ni un prejuicio. Empecé a bailar con mi hermana Danay, quien era un año menor, nacida de otro matrimonio de mi padre, pero con la cual nos hemos amado desde pequeños.

«Reconozco que fue muy doloroso cuando para entrar a la escuela de arte mi madre me dijo: “Pepito, ¿quieres seguir haciendo televisión, teatro y festivales o ser un profesional?”. Me sentí mal porque hasta ese momento aquel era el mundo del cual estaba enamorado, de Virginia Wong y Luciano Mesa, quienes me dirigían cada semana en Escenario escolar y Que siempre brille el sol, mis otros padres a partir de que ganara la primera anual de este último espacio. Y siempre mi familia me sostuvo, a pesar de las dificultades. Sin dudas, gran parte de mi carrera se la debo a mi madre y a mis hermanas.

«Recuerdo que me llevaron a la Paulita Concepción, justo el año en que esa escuela abrió. Me aprobaron al instante y fue para mí traumático. Sin embargo, el día que di mi primera clase de ballet, de danza, se me olvidó la televisión. Entendí de golpe que sí, que sería bailarín, pero otro tipo de bailarín. Entonces me convertí en un estudioso, en un apasionado del ballet, de la danza, del folclor, de la composición».

—¿Cómo así que se te olvidó la televisión?

—Mira, ya venía enamorado del Conjunto Nacional de Danza Moderna (luego Danza Contemporánea de Cuba). Reconozco que cuando vi por vez primera Súlkary en la televisión, la mejor obra que se ha creado jamás, no entendí nada, mas quedé fascinado. Cuando entré en la escuela comprendí que era así como yo bailaría, ocurrió «al toque». No hubo transición, la más fuerte fue empezar a usar el cuerpo de otra manera; el rigor era mayor, pero ya lo conocía de una compañía como Soy cubano, por ejemplo, con la que viajábamos a Europa o con la cual bailábamos en el Palacio de las Convenciones, con la presencia de Fidel.

«Es decir, que enseguida supe lo que dejaba detrás, pero me entregué porque tenía la imagen de Súlkary. Para mí resultó mágico cambiar el chachachá, el mambo, los bailes campesinos..., por una clase cada día de ballet, otra de composición, de folclor y de danza moderna (por tal razón la escuela cubana es tan potente). Fue espectacular empezar a ver con la escuela los ensayos del Conjunto Nacional de Danza en el Teatro Nacional, con aquellas figuras que admiraba desde niño, porque me mostraban en qué me iba a convertir.

«Y mira lo que es la vida, cuando terminé mi nivel medio, que ya era un coreógrafo reconocido muy joven, Miguel Iglesias me dijo: “Quiero esa obra para Danza”. Era Carrusel, la pieza que estrené con 18 años en mi graduación. La monté con quienes habían sido mis ídolos: Regla Salvén, Dulce María Vale, Armando Martén, Isabel Blanco... Fue un regalo impresionante trabajar con un elenco de esa categoría, que se entregó a un niño prácticamente. Algo brutal».

—¿Cuándo nació el Pepito coreógrafo?

—Con siete años, gracias a Eloísa Echenique, mi primera gran maestra: una mujer con un talento impresionante, la que me enseñó los bailes populares y nos llevó a Europa. Ella me explicó: en un papel pones cuántos niños y niñas tienes (a ellos los representas con cuadritos y a ellas con circulitos), cuántas parejas, piensa qué estructuras puedes hacer..., y “mañana quiero ver qué me traes”, me dijo. Al otro día estaba yo con mi primera coreografía.

«Luego me marcaron otras dos grandes maestras: Lourdes Ulacia y Marianela Boán. Ulacia me enseñó la técnica de la danza moderna, a moverme lindo, sin excesos, pulcro, ni muy dramático ni muy frío; con una danza de líneas llevadas más al clásico dentro de la ondulación y la contracción propias de este estilo. Boán apareció en mi vida con la locura de la llegada de la danza contemporánea a Cuba a finales de los 80. Marianela potenció mi parte más creativa, buscando un equilibrio con la parte más física que me estaba trabajando Lourdes.

«Después de hacer una carrera brillante en la Isla y fuera de nuestras fronteras, Marianela regresó colmada de la información que había acumulado en su periplo por Europa y Estados Unidos. Yo cursaba todavía nivel medio cuando ella me cambió y me “traumatizó”: “Déjate el pelo largo, olvídate de las mallas, ya no tienes que ser un niño lindo, sino valiente”, y eso me encantó. 

«En aquella época, Pepito Hevia, que de pronto pasó a ser Pepe Hevia, empezó a llenar el Teatro Mella con sus obras como parte de la compañía DanzAbierta (integré su primer elenco, con una pieza tan atrevida como Sin permiso). En su segundo espectáculo, ya Marianela estaba depositando su total confianza. No olvido que en el camerino me anunció: “Mañana comenzamos con otra puesta”. “¡Genial!”, me alegré. “El montaje es tuyo”, me informó sin darme tiempo ni a reaccionar. Solo atiné a pedirle: “Bueno, si es así solo quisiera trabajar con una bailarina de Danza Contemporánea que me gusta mucho, Lídice Núñez”. Así surgió una pieza como Dios te salve, con el elenco de la compañía en la cual Marianela era mi otra bailarina, y donde también se hallaba Alexey Tarán, quien provenía del Ballet Nacional de Cuba. Todo eso estaba sucediendo cuando aún no me había graduado de la Escuela Nacional de Arte (ENA). 

«Por esas muchas vivencias es que puedo disfrutar tanto crear una obra como Ciudad de luz, estrenada durante el 26to. Festival Internacional de Ballet. Lo que hoy se observa en mi trabajo es resultado de lo que sembraron mis maestros en mí...   

«Esto que he vivido de vuelta a mi ciudad, me parece que me lo he inventado, que no ha sucedido. Ahora que hablo contigo me percato de las conexiones que se dan en la vida, como si lo que hacemos desde que nacemos estuviera escrito. Tal vez se deba a que nunca abandoné mi profesión, a que he sido muy laborioso.

«Te cuento que en 1992 me fui a Barcelona, porque me contrató una compañía catalana, pero estando allí no me sentí cómodo, sino más bien muy desprotegido porque apenas había cumplido 20 años, y en un momento en que debí haber regresado, decidí sobreponerme y fundar mi propia agrupación (1993), impulsado por aquello de no sentirme perdedor. No quería ser de esos artistas que salen del país y por alguna extraña razón, al chocar con la cotidianeidad,  dejan a un lado lo que les daba sentido a sus existencias. El miedo al fracaso me llevó a trabajar, trabajar, trabajar, lo cual me hizo más fuerte. Nunca abandoné la danza, tampoco dejé de crear ni de formar como docente. La danza me ha salvado y me ha sostenido».

—¿Cómo te asientas en Perú?

—En el 2011 hubo una crisis terrible en Barcelona, lo que significó cero presupuesto para la danza y la desaparición de casi todas las compañías, incluida la mía cuando estaba en su mejor momento. Afortunadamente me invitaron a coreografiar a Ecuador y funcionó al punto de que me llamaron a Costa Rica donde me otorgaron por Cuerpo trans-lúcido, que presentó la Compañía Nacional de Danza, el Premio Nacional de Danza a la mejor obra coreográfica. De allí me moví a México y luego a República Dominicana, con mi maestra Marianela Boán. Regresé a Ecuador, fui a Perú, otra vez a Costa Rica y a Dominicana, y nuevamente a Perú, al Ballet Nacional en 2013. Aquí la labor fue tan exitosa que me convocaron al año siguiente y en el 2015.

«De repente me percaté de que pasaba mucho tiempo en Perú, trabajando además con un equipo estable de bailarines. Fue tras el cierre del 9no. Festival Fusiones contemporáneas, que presenté Melancolía/ huella digital de sombra, una obra sobre Virginia Woolf, que resultó un escándalo. Tanto que los periódicos publicaron que por fin existía una compañía peruana de danza contemporánea. Al día siguiente asumí algo que habían dicho otros y en lo cual ni había pensado: el surgimiento de Hevia Dance Company». 

—Por mucho tiempo, conquistaste a los cubanos con los videoclips que realizaste con tu hermana Liuba María Hevia.

—Bendito sea ese momento en que Liuba María me invitó a hacer Como un duende. En el 2000 vine a ver mi madre y mi hermana que había acabado de publicar Del verso a la mar, me preguntó: «¿Te atreves a hacerme un videoclip?». A mí me fascina el cine, de hecho la información que poseo proviene más de ese universo que de la misma danza. Ese primer video fue una locura en la cual me atreví a dirigir a un equipo gigante, entre quienes se hallaba el valiosísimo Manolito Iglesias. Como un duende ganó no sé cuántos Lucas y a partir de ahí hicimos Lo feo, Algo, Ángel y habanera, Los mareados, Con los hilos de la luna... Por mi hermana Liuba, mi danza se sostuvo de alguna manera en la Isla, se lo agradeceré eternamente.

—Ciudad de luz ha constituido tu retorno a lo grande...

—Hace unos meses vine a La Habana a trabajar con Liuba el documental sobre Teresita Fernández, otro regalo que me ha dado la vida. Cuando terminé fui al Ballet Nacional por petición de la primera bailarina Grettel Morejón, quien me  solicitó que le ayudara a montar una pequeña variación para un programa de televisión. De pronto me encontré con la posibilidad de crear para ella y para Ariam León, otro increíble bailarín, integrante de Hevia Dance Company, cuyo estreno tendría lugar en el Festival.

«Ciudad de luz representa el regreso a mi ciudad, a mi familia, a la tierra donde descansa la gente más importante de vida; donde viví mi infancia, donde están mis maestros. A mi casa. Es una obra dedicada a mi ciudad y a mi madre. Es un homenaje también a Alicia Alonso y al público cubano, único en el mundo».

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