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El papá de la «cebolla»

Conozca la historia de Osnel González García, un padre que sacrificó sus inquietudes profesionales para apoyar el talento de una de sus hijas, hoy integrante de la emblemática compañía Lizt Alfonso Dance Cuba

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Nunca habíamos llegado tarde a la Sociedad Española Artística Gallega. Salimos a las cinco de la mañana, como de costumbre, sin embargo, ese día estaban todas las papeletas para que sucediera. Íbamos tan justos de tiempo en aquel P-11 que no había manera de que avanzara, que cuando andábamos por la zona del Naval le dije a mi hija mayor: «vírate que te voy a peinar». Y ya sabes: un show. No hubo un par de ojos que dejara de ponerse en mí, pero no me importaron ni las miradas masculinas de verdadero reproche. Cogí la laca, el pomo de agua, un montón de ganchos y me atreví a repetir lo que tantas veces había visto hacer. Por primera vez peiné a mi hija.

Con el tiempo, me he convertido en un experto. Lo mismo haciendo «cebollas», «cerebros», el «gallo» o cualquier moño que exija la coreografía, que un delineador de ojos o un peinado de pestañas... Llegó un momento en que en la plazoleta del Convento de Belén, donde se halla la sede de Lizt Alfonso Dance Cuba (LADC), en La Habana Vieja, ya nadie me conocía por Osnel González García, sino que era «el papá que peinaba». No había un día en que no se me acercara uno de los integrantes de los «equipos familiares de apoyo» para intentar librarse del problema en que los había metido. «Oye, compadre, no sigas en eso, que mi hija ya no quiere peinarse con su madre, sino que lo haga yo».

Por eso no le permito a nadie que venga a decirme que padre puede ser cualquiera y madre es una sola, no me gusta en lo absoluto, porque después de que Helen Lucía y Lissy Sofía, tres años menor, me miraron y sonrieron para hacerme el hombre más dichoso y orgulloso que existe sobre la faz de la Tierra, me he dedicado a colmarlas de felicidad, a vivir para ellas; nada posee más peso para mí, ni siquiera mi desarrollo profesional como graduado de la Universidad de Ciencias Agropecuarias de La Habana.

Me habían dicho que era muy efectiva, que la danza enseguida las desinhibía, así que por una cuestión de buscar el modo de que Helen venciera su extrema timidez, la vinculé durante un año con la casa de cultura de Santa Cruz del Norte, donde tenía como maestra a una bailarina de Habana Compás Dance, quien también vive en el pueblo. Cuando cumplió los cinco, entonces la matriculé en un curso de verano en dicha compañía, e inmediatamente después en sus talleres vocacionales, al no conseguir inscribirla en los de LADC, de cuya convocatoria me enteré 15 días tarde. 

Volví a intentarlo en Lizt Alfonso cuando Habana Compás Dance se quedó sin local para impartir sus clases y se vio obligada a trasladarse para Marianao. Entró con nueve años y hasta el sol de hoy, que ya cumplió 16 y puede valerse por sí sola, aunque, como ella dice, continúo siendo su peluquero y maquillista preferido, su entrenador personal, su maestro de baile, su más exigente crítico de arte y, sobre todo, su héroe…

Me sacan las lágrimas constantemente, me tienen «cogida la baja», porque la chiquita, a quien la danza solo le interesaba como espectadora y para aplaudir a su hermana hasta que las manos se le enrojecen, se me abraza del cuello para confesarme: «eres el mejor papá y amigo del mundo. Contar con tu apoyo y amor incondicional es de las cosas que más agradezco en mi vida…». Ha sido un largo camino y reconozco que sentía cierto temor de despertar celos entre ellas. Y luego, el sacrificio enorme de Helen…, pero hay que aprender desde niño a luchar por los sueños…

¿Te imaginas recorrer todos los días, con una niña, 60 kilómetros de ida y 60 kilómetros de vuelta a base de «botella» o cogiendo lo que apareciera? Al principio me las arreglaba mejor, porque comenzó en los talleres de LADC con dos frecuencias semanales, pero al año, debido a sus evidentes avances, la promovieron para el grupo especial Tulipanes, y con ello se duplicaron los viajes a La Habana, porque ahora las clases eran ¡cuatro veces!, a partir de las cinco de la tarde y hasta las siete.

Por tanto, debía salir corriendo de mi trabajo, en la Fábrica de levadura seca, ahí mismo en Santa Cruz, recoger a Helen y partir a las dos para poder estar en tiempo. A la casa regresábamos por la noche, momento en que me dedicaba por completo a Lissy: era el tiempo de cargarla, conversar acerca de cómo le había ido en el día, de hacer las tareas, de dormirla... Luego volvía a mi centro de trabajo para acabar con mi jornada laboral como jefe de Laboratorio, es decir, terminar lo que me había quedado pendiente de Microbiología y Control de la calidad.

En mi centro laboral fueron muy comprensivos, esa es la pura verdad. Me daban la oportunidad de recuperar en las noches las horas en que me ausentaba o de comenzar en la madrugada, de modo que me sumaran las ocho horas, mas la historia no demoró en complicarse en cuanto Helen fue seleccionada para formar parte del Ballet Infantil.

Significó que hubo que matricularla en una primaria cercana a la sede, con la cual la compañía mantiene un convenio, y dejarla en la puerta para que iniciara su día: primero con la escolaridad, para, luego, dirigirse a la sede para recibir sus clases de ballet, flamenco, preparación física, fusión, castañuelas, coreografía... Casi me volví loco, porque para conseguirlo había que arrancar con «la fresca», a más tardar a las cinco de la mañana, y yo retornar corriendo a Santa Cruz, aunque difícilmente lograba estar antes de las nueve para incorporarme a trabajar hasta las dos, debido a que la niña culminaba a la cinco…

«Hubo que tomar una decisión, pues por mucho que me esforzaba no conseguía cumplir con mi compromiso en la fábrica. Hubo que convocar una junta familiar entre los cuatro: empezando por Daylín, la mamá, las niñas y yo. Lissy levantó con entusiasmo sus manos para apoyar a Helen. Sería mi esposa quien continuaría en el trabajo para que yo me dedicara en cuerpo y alma, en nombre de todos, a la carrera de la «artista de la casa».

Por supuesto que la decisión que estábamos dispuestos a tomar exigiría recortes, que tendríamos que apretarnos un poquito más, pero la felicidad de nuestras hijas se hallaba por encima de todo… Ha sido duro, difícil, un sacrificio de toda la familia sin excepción, sin embargo, no hay arrepentimiento: ya Helen cursa el segundo año de la Unidad Artístico-Docente, por lo tanto, se encuentra a un paso de hacer realidad su mayor anhelo: convertirse en bailarina profesional de danza fusión, en una de las orgullosas integrantes de Lizt Alfonso Dance Cuba, entre las compañías más emblemáticas del país.

Uno en la vida debe saber cuáles son sus prioridades, y como padre estoy convencido de que la principal es el desarrollo de mis hijas. Mis inquietudes profesionales han pasado a un segundo plano, mas tengo fe de que llegará el momento en que pueda retomarlas.

Te preguntarás: ¿Y cómo viven? Es complicado. La familia: tíos, abuelos, primos, parientes lejanos…, ayudan, ayudan mucho. Y yo hago lo que aparezca: lo mismo pinto una casa, que abro un hueco, que le meto a la jardinería o soy chofer… El alivio mayor es que ya contamos con un «cacharrito» que se mueve, porque Helen no tiene hora fija para terminar con sus responsabilidades, que incluyen impartirles clases, como parte de su preparación integral, a los niños de los talleres, a lo cual se añaden las presentaciones, galas, en las que participa…

Y ese día de las funciones, en cuanto a cúmulo de felicidad, es solo comparable con aquellos en que Helen y Lissy nacieron. Busco a Helen en la escena, desde la primera fila, siempre con Lissy a mi lado, apretándome las manos como si fuera ella a quien le toca taconear o realizar la vuelta quebrada. Entonces miro a una y a la otra, y me maravilla comprobar cuánto han crecido. Sus ojos alcanzan un brillo que opaca todas las luces del teatro, y respiro profundo, tranquilo, ha valido la pena.

 

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