¡Oye, Cuba, consígueme una entrada!

Autor:

Juventud Rebelde

Hay cadenas interminables de aficionados en los exteriores de los recintos de los Juegos. Foto: Juan Moreno. enviado especial

CARTAGENA DE INDIAS, Colombia.— Hemos perdido el patronímico que nos acompañó desde el primer día de la vida para llamarnos todos iguales; de pronto ya no somos Luis, Raiko, Juan u Osviel.

Porque una oración pública nos persigue para designarnos cada vez que ingresamos (a) o salimos de los escenarios competitivos: «¡Oye, Cuba, consígueme una entrada».

Se trata de la gestión social de los cartageneros, quienes, creyéndonos con acceso a los organizadores de la justa, nos piden una boleta para pasar sin colas a los escenarios competitivos de los XX Juegos Centroamericanos y del Caribe.

«No tenemos», les decimos con el mejor tono. Y la frustración les sube a los ojos. Y allá van, olvidando rápido el chasco, a reincorporarse al largo tren humano que, vagón tras vagón, entrará a la terminal (la instalación deportiva) para colmarla de calor y aplausos.

El acceso a los certámenes aquí es, inéditamente, gratuito. Y ese privilegio, desacostumbrado en estos lares, ha originado cadenas interminables de aficionados en los exteriores de los recintos de los Juegos.

Bien temprano en la mañana —a las seis incluso, como pasó para el juego nocturno de fútbol entre Panamá y Colombia— comienza la lava popular: la cola para obtener la «boletería», como le llaman aquí al papelito que da vía libre a los graderíos. Pero puede que, llegado el turno en el ventanillo, el público escuche desde dentro: «Se acabaron».

Entonces la decepción sí se enseñorea en el aire de Cartagena.

«Repartieron boletas antes de los Juegos a algunos líderes comunitarios para que las repartieran, por eso muchos cupos (capacidades) estaban ocupados, pero no sabemos qué se hicieron esos papeles», dice Edwin Villa, estudiante de Licenciatura en Cultura Física, quien anhela ver a los «campeones cubanos».

Quizá se hayan distribuido y no se notan ahora porque los locales de los duelos son demasiado estrechos para el ardor de las personas.

El más espacioso de los escenarios es el estadio Pedro de Heredia, con capacidad para 20 000 personas, y se desborda siempre con la pasión balompédica propia de este país.

«Ya hay entusiasmo, lo que faltan son boletas», reza un titular del periódico de la urbe, El Universal, en su página 3A, refiriéndose a las olas de individuos que chocan contra las instalaciones.

«Los cartageneros están haciendo malabares para acceder a una boleta para entrar a los escenarios», dice el pie de foto del reporte.

Con esos rayos el alcalde Nicolás Curi ha manejado una idea: abrir las puertas sin «pases mágicos».

Si ya hay ríos de gentes con boletas podrían adivinarse entonces océanos tremendos en el futuro…

Así se terminaría el «¡Oye, Cuba, consígueme una boleta!». Que no nos molesta porque nos iguala a todos y es símbolo de cariño poderoso.

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