Misión cumplida, pero...

Hay análisis específicos que hacer, pues los Juegos Panamericanos del próximo año serán muy exigentes

Autor:

Raiko Martín

El voleibol se quedó con las ganas en unos y otros. Foto: AP CARTAGENA DE INDIAS, Colombia.— Apenas un juego de baloncesto marca hoy el límite entre el presente y la historia de la vigésima edición de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, que comenzó en esta ciudad hace dos semanas, y ahora cierra sus cortinas con un agradecimiento eterno a todos los que la hicieron posible.

Atrás quedaron 16 jornadas de rivalidad deportiva, pero también de amistad, respeto, hermandad y confraternidad entre los 32 países concursantes en una nueva versión de los juegos deportivos regionales más longevos de la historia.

A esta hora, la del regreso, se impone para todos el recuento de lo hecho, la mirada retrospectiva a cuanto se hizo o se pudo hacer.

Pocos dudaban de la capacidad de la Isla para ratificarse como la mayor potencia deportiva de la región, aunque fueran crecientes las expectativas por comprobar si el dominio cubano, iniciado en Panamá hace 26 años, sería tan marcado como en ediciones precedentes.

Finalmente —y como se esperaba— nuestros deportistas volvieron a confirmarse en la cima del medallero, algo que de manera inusual fue un privilegio de los mexicanos durante casi todo el certamen.

Pero ya las distancias no fueron las mismas, y si ayer eran los representantes aztecas los adversarios de más cuidado, hoy la correlación de fuerzas se encuentra mejor repartida entre otras naciones que esta vez han sido protagonistas en los Juegos.

¿Motivos? No son pocos, y van desde la suspensión de pruebas en las que concursaríamos como amplios favoritos hasta el indiscutible crecimiento competitivo experimentado por varios países del área, sin pasar por alto los tropiezos propios que en algunas disciplinas deben disparar la alerta, de cara a los importantes compromisos que median en el camino a los Juegos Olímpicos de Beijing.

¿Dónde jugamos?

La realidad demostró en las dos últimas semanas cuánta diferencia existe en el entorno deportivo actual, con respecto a los Juegos de hace ocho años en Maracaibo, nuestra última referencia en estas lides.

No era ni remotamente esperada la tenaz resistencia mexicana, y mucho menos se manejaba la posibilidad de que Colombia, a pesar del extra que significa competir como anfitriona, tuviera la capacidad de superar la barrera de los 70 títulos en el medallero, media centena más de lo que consiguiera en la justa de 1998.

Sin temor a equivocaciones, se puede afirmar que si bien algunos gobiernos de la región han destinado más recursos de los habituales para la preparación de sus atletas, ha sido la cooperación de nuestro movimiento deportivo con los países vecinos, uno de los factores esenciales del reordenamiento competitivo en los Juegos a punto de concluir.

Todo el derecho nos asiste para sentir que muchas medallas de oro que escaparon a nuestra cosecha llevan sabor cubano.

A su vez, se ha hecho más común en el entorno regional la contratación de entrenadores europeos y asiáticos para formar y asistir a atletas y equipos, y hasta se ha puesto de manifiesto la «importación» de deportistas foráneos.

Con estos factores también hemos competido y frente a ellos hemos sabido imponernos. Pero más allá de evocar posibles atenuantes, también es pertinente —y saludable— hacernos una radiografía lo suficientemente nítida, para ser capaces de identificar las debilidades.

Suben y bajan

En muy pocas disciplinas hemos podido ratificar con facilidad nuestro reinado, y en otras, lo sucedido en los escenarios de competencia ha distado mucho de lo que se esperaba.

Quizá con más resistencia que de costumbre —sobre todo en el choque de muerte súbita— el béisbol aseguró su decimocuarta corona en estos Juegos, y notorios han sido los desempeños del canotaje (9 títulos), el kárate (6), el remo, el atletismo, el levantamiento de pesas y la lucha libre, única especialidad en la que fuimos capaces de barrer con todos los títulos (7) puestos en disputa.

También hicieron un considerable aporte de medallas nuestros judocas y representantes del taekwondo, los ciclistas le «robaron» varios premios a los anfitriones, y los boxeadores, a pesar de las inexplicables derrotas de dos de sus campeones olímpicos, aseguraron con ocho cetros un puesto en el pelotón de vanguardia.

Agradables sorpresas llegaron del bádminton, se esfumaron algunas dudas sobre la capacidad ganadora del tenis de mesa, y dentro de los parámetros esperados se comportaron otras disciplinas de complicados pronósticos como el clavados, donde el estelar José Antonio Guerra consiguió dos meritorias —y merecidas— medallas doradas.

Todo lo contrario sucedió en la gimnasia artística, donde por primera vez en la historia nos despedimos de unos Juegos Centroamericanos y del Caribe sin conquistar al menos un título, un resultado más que discreto para figuras, que a pesar de su juventud, pudieron dar más sobre los aparatos.

En los deportes colectivos también hubo de todo, desde las inesperadas derrotas de nuestros equipos de voleibol y los balonmanistas, hasta las soberbias demostraciones de nuestros baloncestistas, quienes bien pueden ser considerados los más luchadores de la justa.

Acorde a lo pronosticado estuvieron los muchachos y muchachas de polo acuático, softbol y hockey sobre césped.

Pero también hay análisis específicos que hacer en cada caso, pues los Juegos Panamericanos del próximo año serán muy exigentes. Téngase en cuenta que los brasileños han dicho ya que, como anfitriones, esperan barrer en los deportes de conjunto.

Guerra avisada, dice un añejo refrán, no mata soldado. Esperemos que se siga cumpliendo la sentencia.

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