Números y matices del deporte cubano en 2006

En medio de las circunstancias actuales el deporte cubano enfrentará dentro de unos meses el difícil reto de conservar su privilegiada posición dentro del continente

Autor:

Raiko Martín

La gimnasia artística tuvo una pálida actuación en Cartagena. Foto: Angelito Baldrich Dice el refrán que no hay sábado sin sol, ni domingo sin amor. Mas, a tenor con los días que recién vivimos, bien pudiera agregarse a esta máxima que tampoco hay diciembre sin recuento, y mucho menos sin las acostumbradas predicciones, anhelos y metas trazadas para que la felicidad inunde los próximos 365 amaneceres.

Pero esta vez la tarea de pasar revista a lo hecho no resulta nada fácil. La intrínseca competitividad del deporte pudiera llevar a la simple valoración cuantitativa entre países para ubicar «mejores y peores», válida solo para aquellos comprometidos solamente con el alto rendimiento, y sin un sistema involucrado en la docencia y la formación integral de sus atletas, el fomento de la actividad física como pleno derecho de todos los ciudadanos y en el mejoramiento de la calidad de vida de la población.

Aún sin cumplir esas premisas, son pocas las naciones —más desarrolladas inclusive— que al finalizar cada año pueden vanagloriarse de haber conquistado 36 medallas en campeonatos y copas de carácter universal, otras 20 en certámenes con categoría de Grand Prix, 82 preseas en torneos continentales y siete títulos en campeonatos mundiales para juveniles.

Pero esta inobjetable realidad, concretada con el enorme impulso que para el deporte cubano significó el triunfo revolucionario, nunca podrá ser motivo de complacencia para un sistema al que, por su carácter excepcional, solo le sirve la autocomparación como herramienta para medir su crecimiento, identificar sus desaciertos, y trazarse ambiciosas metas.

Visto desde este ángulo, acabamos de dejar atrás un año de grandes alegrías, pero también marcado por altibajos.

EL CLÁSICO Y CARTAGENA: DOS LECCIONES DIFERENTES

El tiro con arco, uno de los deportes más afectados por la escasez de implementos modernos, ofrece un sustancioso botín de medallas en citas multideportivas. Foto: Juan Moreno

Dentro de la estrategia del movimiento deportivo cubano, nuestra reaparición en los Juegos Centroamericanos y del Caribe se erigía como el compromiso fundamental en un año que tuvo un inicio radiante con el subtítulo conseguido en el Clásico Mundial de Béisbol.

La hazaña tejida por nuestros peloteros fue una prueba de que el béisbol cubano no había alcanzado su techo de crecimiento en el ámbito del amateurismo, sino posee todas las condiciones para medirse con los mejores del mundo —léase las estrellas de las Grandes Ligas de Estados Unidos—, algo que muchos asumimos con escepticismo tras la retirada de figuras de la talla de Linares, Pacheco y Kindelán, puntales en tantos lauros olímpicos y mundiales.

Todo lo contrario sucedió en nuestro regreso a las citas regionales, pues la participación en la lid multideportiva colombiana fue clave para percatarnos de que nuestro crecimiento competitivo en varios deportes —durante los últimos ocho años— fue inferior al de nuestros vecinos, lo que provocó tropiezos inesperados y una oportuna señal de alerta de cara a los futuros compromisos.

Esto se tradujo en que, más allá de las particularidades del calendario, alguna que otra lesión o la suspensión de varias pruebas, la reconquista de la hegemonía en el área fue más complicada de lo planificado.

Un vistazo al medallero final arroja que los 31 títulos con que superamos ahora a México es menos de un tercio de la ventaja sacada a los aztecas durante los Juegos escenificados en Maracaibo en 1998.

Si bien en Cartagena de Indias se vivieron extraordinarias faenas en el béisbol, el judo, el taekwondo, las pesas, el atletismo, el kárate y el canotaje —por citar las que nos parecieron más relevantes—, los fracasos del voleibol en ambos sexos, del balonmano masculino, así como las sequías ganadoras en gimnasia artística y natación, la pérdida de dos cetros en la lucha grecorromana —algo inédito desde su llegada a estas lides— cobraron también protagonismo durantes las intensas jornadas competitivas.

JUNTOS Y REVUELTOS

Los últimos 12 meses también han servido para atestiguar memorables actuaciones de deportistas cubanos, dignas de los mejores elogios.

Con agrado la afición del país conoció de la ascendente carrera del jovencito Dayron Robles, quien sin mayoría de edad se codea con lo más sobresaliente del mundo en los 110 metros con vallas, y agradeció cada demostración de la entregada Zulia Calatayud, cuyas veloces vueltas al óvalo le valieron para ser seleccionada la mejor atleta femenina de Latinoamérica.

Portadas y titulares fueron dedicadas además a la judoca Yanet Bermoy, invencible sobre los tatamis del planeta; el levantador Sergio Álvarez, cuyo cetro impulsó a los pesistas cubanos hacia un meritorio cuarto lugar en el Campeonato Mundial; y nuestros boxeadores, quienes en la categoría juvenil cosecharon cinco fajas mundiales de seis posibles, y entre mayores —aunque con una mínima diferencia— lograron derrotar a sus archirrivales rusos y reconquistar el máximo torneo mundial por equipos.

A lo largo del período los clavadistas se consolidaron entre lo que más vale y brilla de la especialidad y con los últimos días llegaron los encomiables logros del ciclismo de pista encabezados por la velocista Lisandra Guerra, pero lamentablemente no fueron tan agradables las noticias generadas por los deportes colectivos, muy alejados del protagonismo de otras veces.

A saber, para el voleibol fue esta una de sus campañas más oscuras con las derrotas en ambos sexos a nivel regional, la exclusión de la final en la Liga Mundial masculina, y el séptimo puesto femenino y el decimoquinto entre los hombres en los campeonatos del orbe.

Algo parecido le sucedió al baloncesto, otra vez fuera de la élite entre las damas, al tiempo que el balonmano masculino cedía inesperadamente en el ámbito centrocaribeño y solo el hockey sobre césped, con resultados a ese nivel, escapó de las pálidas actuaciones, lo que le sirvió para compartir con el béisbol la candidatura al mejor deporte colectivo del año en Cuba.

PENSAR EN EL FUTURO

A menos de un año de los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro, resulta inevitable imaginarnos en la ardua tarea de conservar el segundo lugar del medallero, ubicación solo mejorada cuando albergamos la cita en 1991.

Muchos fueron los factores que influyeron sobre los últimos resultados deportivos, desde la imposibilidad de concretar más roce competitivo al máximo nivel, hasta el exceso de confianza.

Nunca antes se había encarado una participación en juegos múltiples con tantos atletas juveniles —signo de la amplia renovación asumida en el presente ciclo—, quienes han soportado a lo largo de sus cortas carreras el negativo impacto del bloqueo en el deporte, traducido en insuficientes oportunidades de fogueo internacional, escasez de implementos y cuanto escollo representa para nuestro pueblo esa hostil política del gobierno de Estados Unidos.

Muchos de ellos tendrán la responsabilidad de impulsar nuevos logros en medio de un panorama marcado por la creciente comercialización, el fenómeno de las «nacionalizaciones» de deportistas, y por ello se impone la creatividad en el diseño de la estrategia a seguir.

No cabe dudas de que ya nuestras victorias no serán tan fáciles y, como en otras tantas oportunidades, los deportistas cubanos se enfrentarán a un difícil examen que será un augurio de sus posibilidades en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.

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