Camino a Caracas

Autor:

Juventud Rebelde

VARGAS, Venezuela.— Aunque otros lo hayan dicho muchas veces, ahora me tocó a mí: la geografía de Venezuela es impresionante.

Andamos por el litoral de La Guaira. Una ambulancia derrite sus sirenas y nadie se mueve en una carretera compacta de autos.

En el hotel Las quince letras, encontramos un cartel que prohíbe la entrada de mamíferos a esa instalación: en la calle, los residentes de esa zona se sientan al oscurecer a coger fresco en las aceras, como en Cuba. Los 30 grados Celsius lo piden.

Los cerros a lo lejos se confunden con una mancha rojiza. La ingeniosa arquitectura popular usa el ladrillo. Esas viviendas en su mayoría no se pintan y eso les da un toque particular. Unas encima de otras, muchas de ellas de mampostería con techo de concreto, pero las demás, ya se imaginan, con techos de zinc o de lo que pueda la gente.

Las lomas parecen arañadas por las uñas de las lluvias. Sus suelos rojizos en algunas partes se parecen a las tierras de Jovellanos (ferralíticas rojas, según los expertos).

Los totíes de La Guaira nos recuerdan a los que viven en el parque Vidal de Santa Clara o a los del Parque de La Libertad, en Matanzas.

En nuestro avance lento hacia Caracas, numerosas personas, digámosles merolicos, se la juegan entre los autos vendiendo de todo, desde un moderno equipo de sonido hasta un refresco frío.

La vía hacia la capital está abarrotada. Sin embargo, a la inversa apenas transitan autos. Son tres vías para cada destino. A la 1:36 de la tarde comenzó la agonía de un tranque, o como dicen los venezolanos, de una cola.

Hay muchos mercados agropecuarios, de manera improvisada en la calle, lo que nos recuerda a los nuestros, aunque no en los precios. Aquí el importe de los productos del campo es más económico y si regateas hasta te puedes ganar una rebaja. Ah, y a nuestra fruta bomba aquí le dicen lechoza, según nos explica un «pana», que quiere decir amigo, y no un pan grande, como pudiera pensarse.

En el estado de Vargas, en 1999, ocurrió un deslave por las intensas lluvias que arrasaron literalmente con aquella región. Ahora vemos a cada paso constructores en plena faena de obras hidráulicas y viviendas. «La revolución abriga con techo propio», reza un cartel. Mucho se ha hecho allí, frente al mar.

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