Abuchear a los peloteros es una mala costumbre de la afición

Autor:

Juventud Rebelde

De niño recuerdo un bello título con el cual se hacía nombrar Santiago de Cuba: «Rebelde ayer, hospitalaria hoy, heroica siempre». La verdad es que impresionaba gratamente tan sentenciosa consigna.

Pero lo sucedido el pasado domingo en la ceremonia inaugural de la Serie Nacional de Béisbol deja muy mal parado el segundo argumento del contundente título. Quizá alguien piense que es un detalle, o lo justifique amparándolo bajo el espíritu de la euforia, la fanaticada, o que «es propio del deporte». Me resisto a consentir tan desagradable práctica que viene «cogiendo alitas» —como decimos en buen cubano— en las gradas de nuestros estadios. ¿Qué es eso de abuchear a los deportistas del equipo contrario como si se tratara de víctimas plantadas en la arena del circo romano? ¿Acaso merecen ese trato los hombres que dejan «la piel en el terreno» para brindar a nuestro pueblo un espectáculo de infinita diversión?

Está bien que no les ofrezcamos loas ni hurra; está bien que reservemos estas para los que defienden los colores de nuestra provincia; pero basta un aplauso deportivo para salvar la decencia, la elegancia, la amabilidad, la caballerosidad y la hospitalidad; valores por los que hemos luchado tanto y constituyen pasaporte insoslayable hacia la cultura general a que aspiramos. No me cabe la menor duda de que es una influencia de los vicios de otras suciedades... ¡perdón!, quise decir sociedades.

Empecé por Santiago, y ofrezco disculpas, pero la primera vez que quedé electrizado por esta nueva moda fue en el Latinoamericano. Allí no solo escuché mofas, sino también palabrotas: «¡Fulano, h.p.!», «¡Árbitro tal cosa!». Mi pena fue mayor, porque disfrutar de la pelota en Cuba es cuestión de familia y en el graderío siempre encuentras niños y mujeres. Les propongo hacer un ejercicio mental: pensemos por un momento cómo la pasaríamos nosotros si fuésemos blanco de tales improperios a pantalla ancha por la televisión cubana, e incluso vista más allá de nuestras fronteras.

Es detestable esa actitud; por mucha pasión que exista tenemos que evitarla y no digo que convirtamos los parques deportivos en un aula escolar bien disciplinada. Saquémosle lasca al gracejo criollo, a la jarana, «que ruja la leona», «que piquen las avispas», pero no más ofensas que bien sabemos pueden desembocar, y ya ha sucedido, en incidentes graves.

Un argumento más: es verdad que Mayeta, Yadel y Tabares no son del Chago... pero son de Cuba y han vestido la camiseta nacional. Anglada ha sido director del Cuba y Pacheco, igual que el primero, es una gloria deportiva. Son nuestros héroes y merecen respeto.

Jamás Armandito el Tintorero condujo a las archiconocidas comisiones de embullo a gritar improperios. Los hombres son buenos, pero si se les conduce bien, son mejores. Creo que los líderes de estas multitudes deben también asumir una responsabilidad ante esta situación.

Tómense humildemente estas líneas como un llamado a la rectificación. Una cosa es un individuo y otra cosa es el colectivo. Una cosa son Pedro, María y José, por separado; y otra es el pueblo de Cuba, su prestigio, sus años de lucha contra el regionalismo, la discriminación y la incultura.

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