Ecos del Memorial Capablanca de ajedrez

Muchos amantes del juego ciencia no quedaron satisfechos, aunque las actuaciones de Leinier Domínguez, Neuris Delgado y Yuri González fueron muy bien recibidas

Autor:

Juventud Rebelde

Para que los aficionados disfruten a plenitud del Capablanca es preciso mejorar algunas condiciones. Además, los jugadores cubanos deben ser más combativos. Foto: Juan Moreno

Hace dos días concluyó en La Habana el Memorial Capablanca de ajedrez y todavía bullen los comentarios sobre la calidad del mismo. Sucede que muchos amantes del juego ciencia no quedaron satisfechos, aunque las actuaciones de los Grandes Maestros (GM) Leinier Domínguez (2721), Neuris Delgado (2572) y Yuri González (2501), campeones en los grupos Élite, Premier y Abierto, respectivamente, fueron muy bien recibidas.

No pretendo ahora referirme al desempeño individual de cada uno, porque ya lo comentamos en nuestros reportes diarios del evento. Solo reitero que ellos salvaron el torneo, junto a una legión de jóvenes figuras como Carlitos Hevia (2332), Yusnel Bacallao (2469), Isam Ortiz (2493), Héctor Delgado (2385), Pedro Jiménez (2383), Yunier Leyva (2392) y Zenia Corrales (2143), entre otros, quienes pusieron picante el grupo Abierto.

Esta vez los extranjeros no mostraron mucho y quedaron por debajo de las expectativas, sobre todo los GM rusos Artyom Timofeev (2667) y Boris Savchenko (2655), cuya aspiración es ingresar dentro de poco al selecto club de los 2700 puntos Elo. Realmente, es necesario «conquistar» a otros jugadores de la élite para rescatar el prestigio de un torneo que atrajo antes a casi todos los mejores ajedrecistas del mundo.

En su momento vinieron Mijail Tal, Boris Spasski, Víctor Korchnoi, Effim Gueller, Lajos Portisch, Bent Larsen y Svetozar Gligoric. Además, Bobby Fischer llegó a jugar por teléfono cuando el Departamento de Estado norteamericano le negó el permiso para viajar a Cuba. Entonces es una herejía dejar caer el Capablanca, uno de los tres eventos más importantes que se organizan anualmente en Cuba, junto a las Copas del Mundo de esgrima. El tercero es el Cardín de boxeo, igualmente afectado en su imagen y calidad, aunque por motivos diferentes.

Sabemos que muchos ajedrecistas compiten donde les pagan más y ese nunca será el caso del Capablanca, pero hay que ponerse como meta traer de nuevo a los mejores. Claro, no puede ser una gestión solamente de la Comisión Nacional de Ajedrez, sino una prioridad de nuestro movimiento deportivo. Todavía quedan románticos como el ucraniano Vassily Ivanchuk, quien vino tres veces recientemente y siempre cautivó a los aficionados.

El ajedrez no es un simple deporte, sino una filosofía, y por ello hemos introducido su estudio en nuestras escuelas. Ahora caminamos las calles y vemos jugar a la gente en las esquinas con tanta pasión como al dominó. Es un milagro que el Che no pudo ver, y conservarlo vale la pena.

Señales de humo

Además de batallar por atraer a grandes jugadores, los organizadores del Capablanca tienen otros retos. Uno de ellos es evitar a toda costa las tablas «cantadas», algo que ha proliferado en los últimos años.

Existen medidas para ello, como adoptar la llamada «regla Sofía» u otras similares, que prohíban a los contendientes acordar tablas entre sí. Esta línea se aplica en algunos torneos de Grand Slam, así que bien pudiera adaptarse a nuestro entorno.

Lo mismo puede decirse sobre los horarios y ciertas «libertades» que vimos en esta ocasión. Recuerdo, por ejemplo, cómo se jugó a deshora la partida entre los GM Fidel Corrales (2574) y Holden Hernández (2573), después de la quinta ronda, por un acuerdo entre los contendientes. El «cubaneo» afecta la imagen del evento y es contraproducente. Sin embargo, la rectitud nos protege de todos los vicios.

Otro aspecto sobre el que urge meditar es la concepción del espectáculo, aspecto válido para todos los torneos que organizamos en nuestro país. En este caso específico, se impone crear condiciones para los aficionados. Como los salones son pequeños, el público tiene que apiñarse para ver las partidas, y en muchos casos ni siquiera lo consigue.

Ya tenemos tableros electrónicos «inteligentes», así que deben transmitirse en directo las partidas. Una opción es poner pantallas fuera del salón con algunos comentaristas, algo que no es una quimera, ni mucho menos. Así acercamos más el torneo a la gente y a los estándares internacionales.

Por cierto, este año vimos menos público, quizá por la lejanía del Hotel Panamericano. La nueva sede, en cambio, ofreció más facilidades, según escuché decir a directivos y ajedrecistas.

No obstante, sería ideal encontrar un hotel más céntrico, como el Habana Libre, el Riviera o el Nacional. Soñar no cuesta nada. Son tiempos de crisis y ajustes de presupuesto, pero no necesariamente de insensibilidad. Aquí me viene a la mente un estribillo contagioso, que escucho en casi todas las guaguas de la ciudad: «Gerente, abre las puertas de par en par...».

En fin, pongo estas líneas en mi botella al mar, como hizo con sus versos el gran Mario Benedetti. Ojalá de aquí también se extraigan socorros, alertas y caracoles.

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