Brasil, Uruguay y la mente

Luego de un arranque fantástico, nadie esperaba la derrota de Brasil frente a Holanda. Uruguay, en cambio, le demostró a Ghana y al mundo entero que el fútbol no es un deporte de piernas y talento solamente, sino también de mente

Autor:

Raiko Martín

¿Dónde quedó el mejor Brasil del torneo? Supongo que en algún rincón de los vestuarios. ¿Qué llevó a Uruguay de regreso a una semifinal mundialista? Asumo que la fuerza mental, o tal vez la debilidad psicológica de sus rivales.

Muchísimas son las respuestas que caben para ilustrar una de las jornadas más excitantes de este Mundial, que ya no tendrá hexacampeón.

Tal vez la explicación de la derrota brasileña ante la Holanda más pragmática que se haya visto, solo sea posible a través del psicoanálisis. Después de un arranque fantástico, de unos minutos de coqueteo con el jogo bonito, los discípulos de Dunga terminaron penando por la cancha sin comprender qué les estaba sucediendo. Fuera del campo tampoco abundaban las explicaciones.

Hasta la suerte había comenzado del lado verdeamarelho, con la lesión del central holandés Mathijsen durante el calentamiento previo. La falta de engrane entre Ooijer —su sustituto— y Heitinga se hizo notar con la autopista entre ellos que propició el temprano gol brasileño.

Muchos se frotaron las manos en espera de más. Lo justificaban las peligrosas conexiones de Kaká con Luis Fabiano y Robinho, pero sobre todas las cosas, el gris despliegue de un ataque «naranja», donde ni Robben parecía bien parado.

De forma inexplicable, las posturas cambiaron después del descanso. Lo peor no fue el fallo del arquero Julio César o el desafortunado autogol, sino la falta de respuesta. De la estética y eficacia inicial no quedó el más mínimo rastro, y en medio de semejante desorden, apareció el cabezazo letal de Sneijder.

Lo más cercano a una reacción fue el pisotón de Felipe Melo a Robben, que convirtió lo malo en peor. Cargará por mucho tiempo con la culpa colectiva de estos brasileños que estaban preparados para lidiar con las críticas, con los árbitros, con las lesiones, pero no con la posibilidad de despedirse del torneo. Y en sus mentes encontró Holanda al mejor aliado para sus calculados pasos.

Así es el fútbol, un deporte que no es solo de piernas y talento. Lo demostraron los uruguayos ante unos jóvenes ghaneses de impresionante físico, incondicional entrega, pero sin la sangre fría necesaria para encumbrarse.

Eso fue lo que le sobró al «Loco» Abreu cuando, a estadio lleno y con la atenta mirada de millones, puso a los charrúas de regreso a una semifinal mundialista. Su penal a lo «Panenka» fue la imagen más sublime para un retorno sufrido y electrizante.

Ya pensaba el técnico uruguayo en la arenga del mediotiempo, cuando los suyos encajaron el feroz latigazo de Muntari que ilusionó a todo el continente africano. Motivadoras debieron ser sus palabras cuando el equipo respondió en busca del empate, y no dejó de encarar después del disparo tranquilizador de Forlán, un justo premio para la insignia de esta «Celeste».

Al final disfrutó toda Latinoamérica. Más allá de la mística de un equipo, la historia de este trascendental partido llevará los nombres de Luis Suárez y Asamoha Gyan. El primero encontró en fracciones de segundo la única oportunidad para la supervivencia de su «especie». El otro se bloqueó a la hora de decidir cómo inscribir su nombre en la página más gloriosa vivida por el fútbol africano.

Del resto se encargó el guardameta Muslera. Inspirado por el abrazo motivador del «Profe» Tabarez, le demostró al mundo que este juego también es cuestión de mente.

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