Moralejas del Mundial de fútbol Sudáfrica 2010

La nación africana aprobó con un sobresaliente el reto que implicaba la organización del segundo espectáculo deportivo más grande del planeta y apuntaló la tesis sobre cuán importante es el trabajo a largo plazo para conseguir buenos resultados

Autor:

Raiko Martín

Aunque los tonos han bajado, y la euforia va dejando su espacio al sosiego, el triunfo español en Sudáfrica sigue ajeno a la indiferencia. Una semana después, y mirando los hechos sin tantas emociones de por medio, esto sería un vistazo a la estela dejada por la primera cita en tierras africanas.

Antes de girar los reflectores hacia el merecido campeón, se impone una mención a la no menos acertada sede del certamen. Después de años de incertidumbres y quebraderos de cabeza en el seno de la FIFA, Sudáfrica aprobó con un sobresaliente el reto que implicaba la organización del segundo espectáculo deportivo más grande del planeta.

De lo que en inicio fue una arriesgada apuesta, salieron airosos todos sus protagonistas. El máximo organismo del fútbol concretó otra rentable inversión, y aunque cumplió con la completa universalización de los mundiales, el certamen fue el mejor recordatorio de su deuda con el uso de las nuevas tecnologías en temas arbitrales.

A su vez, la nación africana no solo mostró su mejor imagen al mundo, pues ha logrado además un salto notable en su desarrollo socioeconómico, y se consolidó como el referente de un continente hasta ahora ignorado para casi todo.

La buena nota alcanzada por los organizadores ha disparado las expectativas sobre la llegada a África de una cita olímpica. Pudiera ser en la próxima década o más adelante, pero es muy probable que suceda antes de un nuevo mundial en tan exóticos parajes.

Ya en términos deportivos, el gran vencedor de la cita fue el fútbol, pues el triunfo de la «Furia» fue un espaldarazo a la belleza de este juego. Entre lo más destacable del equipo de Vicente del Bosque estuvo su convicción en una filosofía —la del ya inmortalizado «tiqui-taca»—, y su fidelidad a esta sin importar momentos ni rivales.

En contraste, las nuevas versiones de Brasil y Holanda, reconvertidas estéticamente en aras de cumplir tan ansiados objetivos, regresaron a casa con las manos vacías y sin el consuelo de ser tan recordadas como sus predecesoras.

Otra de las lecciones dejadas por la tropa de Del Bosque sobre el césped fue la supremacía del grupo sobre cualquier individualidad. Si España fue un coro de 23 voces muy bien afinadas, otros elencos con no menos alcurnia acusaron una inquietante dependencia de sus más encumbradas figuras. Y al final, ni Messi pudo salvar a su albiceleste, ni Cristiano Ronaldo supo rescatar a Portugal.

En lo táctico, les fue mejor a quienes llegaron con sus virtudes y defectos bien definidos, y supieron manejarlos con acierto. En un Uruguay en el que primó el equilibrio, la reubicación de Forlán fue una de las mejores movidas del maestro Oscar Tabárez. En la Inglaterra de Capello, en cambio, Rooney nunca se encontró con su posición más cómoda, y eso —entre otras cosas— pesó en la gris trayectoria de los «Proos».

Más allá de los «doble pivote» y los esquemas de pizarrón, por lo general terminaron imponiéndose las propuestas menos especulativas. Y si con la Argentina de Maradona quedó probado que la comunión en el vestuario no es la única garantía de éxito, la Francia bajo las órdenes de Domenech fue la mejor prueba de las catastróficas consecuencias de llegar a un mundial sin autoridad sobre un grupo de soberbios e inmaduros jugadores.

La primera cita africana apuntaló la tesis sobre cuán importante es el trabajo a largo plazo para conseguir buenos resultados. Si bien Chile no corrió con la mejor de las suertes, nadie dejó de reconocer la labor realizada durante años por Marcelo Bielsa para conjurar un fútbol intenso, efectivo, y vistoso.

Tiempo también necesitó Joachim Löw para perfilar a su Alemania bajo inusuales cánones. La nueva armada teutona, con Müller, Khedira, y Özil asumiendo los roles protagónicos, demostró que no todos los cambios son para mal. Si bien bajó dos escalones en lo físico, subió tres en cuanto a manejo del balón para encantar hasta a sus más acérrimos detractores.

Lamentablemente, la falta de continuidad fue uno de los obstáculos insalvables para el fútbol africano. Algunas contrataciones de técnicos europeos poco antes de iniciarse el torneo dejaron más dudas que beneficios, y mientras los anfitriones se comportaban a la altura de sus limitaciones, solo Ghana era capaz de conservar algo de esa frescura con la que los jugadores africanos impresionaron en citas anteriores.

Esta y otras enseñanzas pueden iluminar el camino hacia la próxima cita, que dentro de cuatro años se vivirá por segunda vez en tierras brasileñas.

Allí sabremos si España será capaz de mantenerse, si equipos como Alemania, Chile y Uruguay siguen creciendo, o si otros como Francia e Italia logran reencontrar el buen camino. Entonces, todo será cuestión de tiempo.

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