Los jonrones perdidos que el viento se llevó

Lino Betancourt Torriente, el hombre que causó sensación por sus nueve jonrones y 45 carreras impulsadas durante la quinta Serie Nacional, algo insólito para la época, recuerda con nostalgia sus años en la pelota cubana

Autor:

Juventud Rebelde

Aunque nuestro chofer presume de conocer Cuba entera, cuando llegamos a Matanzas dimos muchas vueltas para encontrar la calle San Juan de la Cruz. Pero todavía la gente recuerda a Lino Betancourt y por fin hallamos su casa.

Nos recibió la vecina que lo cuida, pues generalmente Lino está solo por el día, como muchos ancianos. Quizá esa palabra desentone para nombrar al hombre que causó sensación con sus nueve jonrones y 45 carreras impulsadas durante la quinta Serie Nacional, pero los últimos años han sido duros con él.

Primero sufrió una isquemia cerebral y luego «explotó» una vieja lesión que arrastraba desde sus tiempos de pelotero. En 1974 aquel espolón lo mandó nueve veces para el salón de operaciones y estuvo ocho meses en el hospital Frank País. Así, hace dos años se le presentó una gangrena y fue necesario amputarle el pie izquierdo.

Ahora prefiere recordar la otra parte de su vida y no pone reparos para hablar un poco de pelota. «Yo me inicié en el deporte siendo muy muchacho, con diez años más o menos. Entonces era pitcher. Después me incorporé a un equipo juvenil que se hizo aquí en Matanzas», explica con voz grave.

«En lo adelante pasé por la liga de Pedro Betancourt y alterné con el torneo de la Unión Atlética Amateur, en La Habana. Luego me incorporé a las series nacionales», rememora.

«Debuté con Occidentales, aunque no jugué mucho. Tuve solo 21 veces al bate, si la memoria no me falla (es correcto). En aquel tiempo eran pocos juegos y había demasiadas estrellas. Al terminar la primera Serie estuve en la preselección nacional con vistas a los Juegos Centroamericanos de Jamaica, en 1962. Sin embargo, al final no hice el equipo Cuba.

«La segunda Serie fue por el estilo y no participé en la tercera. En la cuarta me llamaron como refuerzo de Industriales y tuve la posibilidad de estar con Ramón Carneado, uno de los mejores directores que ha tenido Cuba.

«Carneado me puso de emergente, respondí, y me quedé como regular. Ese año fui líder en dobles, con seis».

—Entonces vino la famosa quinta Serie, donde usted se consagró con aquellos nueve jonrones. Cuénteme cómo fue aquello.

—Bueno, ahí estuve con Henequeneros, que debutaba. Ya eran seis equipos y fui regular casi todo el tiempo. De los 65 juegos me perdí tres o cuatro al inicio del campeonato, por una lesión. Estaba en el jardín izquierdo y Urbano González sacó una línea pegada a la raya. Logré atraparla, pero choqué con el muro y me tuvieron que llevar para el hospital. Imagínate, ya defendía a mi provincia y el compromiso era mayor.

—Ahí llegó por fin el equipo Cuba…

—Así mismo. Me pidieron que jugara primera base y acepté con tal de quedar entre los 18 atletas del equipo para los Centroamericanos de Puerto Rico. Fueron los días históricos del Cerro Pelado. Llegamos en el barco y solo una parte de la delegación pudo ir a la ceremonia de inauguración. Aquello fue un fenómeno. Pasamos por la aduana y nos hicieron un registro a todo meter. Pero de ahí montamos en unas guaguas y fuimos al estadio.

«El campeonato fue duro. Nos tocó el primer juego contra Puerto Rico y desde las gradas la contrarrevolución nos gritaba de todo. Pensé que íbamos a tener que repartir dos o tres “viandazos”. Yo fui el cuarto bate y ganamos. Después comenzaron con las ofertas para que la gente desertara. Aquello fue de madre.

«El último juego también fue contra Puerto Rico. Salimos delante y el Curro Pérez metió tremendo relevo. Al final trajimos la victoria para Cuba».

—Después usted jugó solamente dos o tres series más. ¿Qué pasó?

—Estuve con Centrales, Matanzas y terminé de nuevo con Henequeneros en la octava Serie. Después me retiré, o mejor dicho, me retiraron…

—¿Cómo es eso?

—Ese año (1969) fuimos 23 peloteros a Corea. Allí entrenamos y efectuamos algunos partidos de exhibición. Cuando regresamos, en octubre, ya estaba conformado el equipo. Entonces me llamaron y me dijeron que habían puesto a un muchacho en mi lugar, pero si yo jugaba tenían que quitarlo. Dije que no, por supuesto, y entré como asistente del mentor Miguel Ángel Domínguez. Al final Henequeneros salió campeón.

«Luego me seleccionaron para ser comisionado de béisbol en Matanzas, y me quitaron porque yo tenía mis criterios. Por ejemplo, entendía que los manager debían ser de nuestra provincia y a nivel nacional pensaban que no. De ahí fui a parar a la administración regional del INDER, como subdirector de Economía. Después atendí también la esfera de cuadros».

—¿Le hicieron un retiro oficial?

—No, ahí se quedó todo. Si me lo hubieran propuesto seguro iba a decir que no, pero nadie lo hizo.

—¿Cómo ve la pelota cubana en la actualidad?

—Son momentos diferentes, pero desentona la calidad del pitcheo. En las primeras series eran menos equipos y entonces tú te enfrentabas a cada rato con lanzadores buenos. Ahora hay más técnica, más desarrollo, pero de todas formas 16 equipos son demasiados para esta pelota.

«Además, antes teníamos más amor por la camiseta. Ahora se pierde un partido y muchos peloteros siguen de rumba. Juegan para sí, lo que quieren es llegar al equipo Cuba».

—¿Por qué ha bajado la calidad del béisbol en Matanzas?

—Hay una cosa real y a lo mejor mucha gente no se da cuenta. Nosotros tenemos a Varadero y muchos muchachos se van a trabajar para los hoteles. Ya te hablaba del amor por la camiseta. Casi todo depende del interés que ponga cada pelotero.

«También faltan implementos. Mi hijo empezó a jugar pelota y no pude resolverle ni un guante».

—¿Hace mucho tiempo que no va al estadio?

—Estuve sin ir cerca de 20 años, pero el martes pasado me llevaron a la inauguración de la serie aquí en Matanzas.

—¿Entonces lo tienen presente?

—Mira, no quisiera hablar de eso. A lo mejor ahora cambió algo, pero yo soy uno de los olvidados. Hace ya diez años que estoy enfermo y pocos me visitan. Yo no quiero regalos ni nada, solo conversar. Muchos de mis compañeros ni se acuerdan.

«Vivo con mi señora, mi hija y mi nieto. No quiero que me tengan lástima, sino que me apoyen en esta situación».

Así dejamos a este hombre de béisbol, nostálgico a sus 74 años (nació el 23 de septiembre de 1936). ¿A los jonrones también se los lleva el viento?

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