Hay muchos celos todavía - Deporte

Hay muchos celos todavía

Diálogo con el guantanamero Wilfredo Hernández Rojas, uno de los mejores defensores de la segunda base que ha pasado por el béisbol cubano

Autor:

Juventud Rebelde

Lo vi jugar muy pocas veces. Sin embargo, memoricé su nombre de tanto escucharlo en las discusiones del barrio, cuando se hablaba de los mejores defensores de la segunda base que han pasado por Cuba.

Wilfredo Hernández Rojas era un pelotero de todos los días, pícaro y de sangre caliente. Pero nunca fue suficientemente valorado.

Salvando las distancias, su caso se parece al de Enrique Díaz, Sergio Quesada, Miguel Rojas o Alexander Ramos. ¿Cuál será el misterio de tantos fantasmas en segunda base?

Este hombre habla suelto, sin protocolos. Sus 57 años —nació el 5 de octubre de 1953— le dan licencia para ello.

—¿Cuál es la mejor combinación de doble play que usted ha visto en la pelota cubana?

—Agustín Arias y Wilfredo Hernández. Estuvimos en 12 Selectivas.

«Arias me enseñó mucho. Cuando yo empecé, él ya estaba en el equipo Cuba y era un atleta hecho, de gran experiencia. Además, tenía mucho coraje y era muy inteligente a la hora de definir las cosas. Sin ser licenciado o intelectual, en el terreno Agustín Arias era un profesional».

—Wilfredo es el segundo de todos los tiempos en average defensivo en su posición. ¿Se preocupaba más por fildear que por batear?

—Siempre fui buen fildeador, pero me gustaba batear. Roberto Ledo me decía: cuando tú no batees, por lo menos tienes que quitarle el hit al contrario. Entonces yo me fui preocupando por eso, y al final fui más defensivo que ofensivo.

«En los juveniles y en los escolares yo siempre bateaba por encima de 300, pero después crucé de categoría y bajé el bateo. Pero en la defensa me mantenía.

«Cuando estábamos entrenando, Ledo me decía: tienes 20 rolling. Yo cogía los 20 y pedía 20 más, luego 40 y así. Pero no quería que me anunciaran para dónde iban, si hacia la derecha o hacia la izquierda. Por eso yo mejoré tanto a la defensa».

—¿Cómo se aprende a colocarse bien dentro del terreno?

—Lo primero es saber quién es el bateador, cómo tiene el swing o para dónde conecta habitualmente. Después juegas con el lanzador que tú tengas en el montículo, o sea, si es rápido, lento, lanzador de curvas, si pitchea por dentro, o para afuera. También hay que seguir los movimientos del receptor.

—¿Cuándo Wilfredo Hernández maduró como pelotero?

—Bueno, yo llegué a la serie nacional en la temporada de 1966-1967. Antes se hizo una serie de 57 juegos con las cinco provincias orientales y quedé como líder de los bateadores. Por eso integré el equipo Serranos para la serie nacional, que fue dirigido por Roberto Ledo.

«Fue una gran escuela, porque el difunto Ledo nos enseñó muchas cosas. Siempre fui segunda base, aunque jugaba tercera también cuando lo necesitaba el equipo. Desde que debuté, yo fui muy impulsivo, pero sabía que en el equipo Cuba había atletas con mucho oficio y no podía pasar por encima de ellos. Sin embargo, un día me di cuenta de que sí podía y creo que ahí ya estaba maduro como pelotero».

—Dice la gente que cometieron muchas injusticias con usted, cerrándole la puerta del equipo Cuba. ¿Qué opina de eso?

—Realmente, muchas veces yo rendía y no me llevaban al equipo Cuba. Allí había grandes peloteros que no variaban, como Urquiola, Puente, Pedro José, Muñoz, Marquetti, etc. En esa época no se hacía el equipo por rendimiento, porque había una plantilla casi fija.

—¿Usted no se desmotivaba por eso?

—Claro, eso hace que el atleta pierda un poco de interés. Recuerdo que en el año 1981, cuando Serranos discutió el título en la Selectiva frente a Las Villas, quedamos campeones y fuimos para Nicaragua. Allí jugamos con la selección nacional de ese país y yo le bateé muy bien al zurdo Adolfo Guzmán. Entonces el difunto Salamanca decía por radio: Wilfredo Hernández está tocando la puerta del equipo Cuba.

«Después me llamaron a la preselección para la Copa de Edmonton y rendí, pero no hice equipo. Por fin, al año siguiente integré el equipo Cuba y estuve en los Juegos Centroamericanos de La Habana.

—Y perdimos aquel torneo…

—Así mismo. El mayor anhelo de mi vida fue lograr integrar el equipo Cuba, y lo más malo fue haber perdido aquellos Centroamericanos. Ese mismo año había Mundial en Seúl, pero no pudimos participar. Nunca más estuve en el equipo Cuba.

—Tengo entendido que una lesión lo forzó a retirarse unos años después. ¿Es así?

—Seguí jugando hasta 1988, pero ya no era el Wilfredo de 20 años. En 1985 estuve en la preselección nacional y me eliminaron. Después fui a México con el Cuba B y ahí nos cogió el terremoto. En medio de la desesperación, resbalé en una escalera y me di un golpe tremendo en la columna. El resultado fue una fisura en la quinta vértebra. De ahí en adelante tuve que limitarme a la hora de hacer ejercicios.

«En la temporada de 1988-1989 decidí retirarme, porque una vez en Santiago me dieron dos o tres roletazos que no pude coger. El público santiaguero me chifló y aquello me dolió mucho, porque hasta ese día siempre me habían aplaudido allí. Además, Pacheco venía hacia arriba y tenían que abrirle un espacio».

—¿Qué pasó después con Wilfredo?

—Dirigí cuatro años al equipo de Guantánamo y luego seguí como entrenador en la academia. Actualmente trabajo como metodólogo en el municipio y atiendo el béisbol social en la provincia, tanto masculino como femenino. Lo fundamental es trabajar en la base y buscar los talentos por cada rincón.

«Yo nací en Guantánamo, pero me formé como atleta en Santiago de Cuba. Cuando llegué a la EIDE tenía 11 años y Edildo Hernández fue mi profesor. Desde entonces ha sido como un padre y le agradezco mucho. Para todos los muchachos es muy importante tener un buen entrenador en la base».

—¿Cómo ve usted al béisbol femenino en Cuba?

—Al menos tenemos la tradición, porque el béisbol es nuestro deporte nacional. Ahora hay más mujeres en los estadios que antes, pues los tiempos cambian. Hemos tenido algunos problemas para captar a las muchachas, pero en estos momentos Guantánamo tiene un gran equipo.

«Claro, el apoyo de la familia es muy importante. Te lo digo por experiencia. Mi señora y yo llevamos 40 años juntos, en las buenas y en las malas. Ella me ayudó a ser mejor atleta. También tengo dos hijas que son lo máximo. La pequeña se hizo médica y ahora anda en la especialidad de MGI. La mayor es licenciada en rehabilitación».

—¿Es más difícil jugar o dirigir?

—Dirigir, por supuesto. Yo jugaba a mi aire, pero como manager tenía mayor responsabilidad. Si las cosas te salen mal, la gente no se acuerda de lo que hiciste antes, siempre la cogen con el director. Mira, si vas al agro y pides cinco libras de yuca, nunca sabrás si te saldrá blandita o dura. Tienes que arriesgarte. En el béisbol pasa igual. Por eso dirigir es lo más ingrato y lo más difícil que hay en la vida.

—¿Para dirigir es necesario haber jugado pelota?

—No es necesario, pero haber jugado te aporta una gran experiencia. Hoy existen muchos celos y hay conflictos entre los teóricos y nosotros, que somos «prácticos». Se tienen que combinar las dos cosas.

—¿Aquella pelota de ustedes era diferente a la de hoy?

—En la pelota que nosotros jugábamos había mucha más táctica. Ahora todo es el toque de bola. Parecemos asiáticos. Y Japón no es mejor que nosotros porque nos ganó en el Clásico Mundial. ¡Qué va! El mejor béisbol del mundo está aquí en América.

—¿A usted le parece que ha bajado el nivel de la pelota cubana?

—Un poco, pero se resuelve con una Selectiva. Un torneo élite te da tamaño de bola para ver quién sí y quién no. Lo más grande que hemos tenido en Cuba han sido las series selectivas. Allí se reunía lo mejor de cada provincia.

—El año pasado parecía que Guantánamo ganaría el campeonato, pero no pudo. ¿Cuándo será?

—Todavía necesitamos seguir trabajando, porque cuando tenemos buena ofensiva, carecemos de pitcheo. Otras veces hay problemas a la defensa. Para ganar un campeonato deben engranarse todos los factores.

—¿Cuál fue su mayor alegría en un terreno de béisbol?

—Haber sido dirigido por el Comandante en Jefe Fidel Castro, frente a Venezuela, en aquel famoso juego de veteranos donde el presidente Hugo Chávez fue el pitcher contrario. Yo jugué tercera base.

Terminamos el diálogo a la carrera, porque caía la noche y los mosquitos atacaban en el lobby del hotel Pasacaballo. Wilfredo estaba contento después de juntarse con sus compañeros de antaño en un partido de veteranos, celebrado en Cienfuegos antes del Juego de las Estrellas.

Durante el viaje de regreso atravesamos una ciudad más animada que de costumbre. Al menos, eso nos dijo una muchacha que consiguió «botella» con nosotros.

La dejamos en el malecón cienfueguero, donde un mar de jóvenes se reunía para pasar el rato. Yo dormí en el auto y soñé que paseaba por allí con mis hijas, pero el impacto de un bache en la carretera me devolvió a la realidad.

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