Sixto Hernández Vega, una sombra en el jardín derecho

A pesar de tener condiciones, nunca pudo integrar el equipo grande de Cuba. Estuvo activo durante 14 temporadas y piensa que se retiró antes de tiempo

Autor:

Juventud Rebelde

Confieso que pensaba conversar con Sixto Hernández Vega durante el más reciente Juego de las Estrellas del béisbol cubano, celebrado este año en Cienfuegos. Como su provincia organizaba la fiesta, se caía de la mata que lo invitaran. Sin embargo, no fue así.

Para verlo tuvimos que viajar entonces hasta el Consejo Popular Horquita, del municipio de Abreus, situado a unos 70 kilómetros de la ciudad de Cienfuegos.

Jardinero derecho natural, Sixto fue uno de esos peloteros que le gustaba mucho a la gente, sin embargo, nunca pudo integrar el equipo Cuba «grande», aunque mil veces rindió para ganarse el puesto.

«Quizá no fui el mejor, porque primero estaban dos grandes como Casanova y Fernando Sánchez y uno debe darse su lugar. Pero tampoco era segundo de nadie», reconoce.

«Todo el mundo decía que Sixto estaba tocando a las puertas del equipo Cuba, pero nunca se abrieron. En 1979 terminé como líder de los bateadores en la Selectiva y también me eliminaron».

—¿Qué explicaciones le daban?

—Pocas. Recuerdo que una vez estábamos en el Latino y mandaron a buscar a Albertico Martínez, porque ese año lo dejaron fuera. Él regresó colorado y me dijo: te llaman.

«Cuando llegué a la oficina, Servio Borges me dijo: Sixto, ya no estás en el equipo y tienes pasaje de regreso para tu provincia a las 12 de la noche.

«Ahí fui yo quien le pidió explicaciones, porque estaba bateando más de 400 en los entrenamientos. Ese año hasta Lourdes Gourriel tenía un brazo fracturado.

«No me dijeron nada concreto. Era su decisión y punto. Aceptar eso es muy duro.

—¿Esas situaciones aceleraron su retiro?

—Sí. Sufrí mucho por eso y me atormenté bastante. Pude haber jugado cuatro o cinco años más, pero decidí que no valía la pena.

En este punto del diálogo nos interrumpe el pequeño Sixto Alejandro, de cuatro años, a quien su abuelo quiere hacer pelotero. «Como ves, hay otras cosas importantes, que te exigen tiempo y dedicación», acuña Sixto.

Se incorpora también Guadalupe, su esposa. El matrimonio tiene tres hijas: Gertrudis (la mayor), Anirelis y Betsy.

Antes de seguir con la entrevista recuerdo una anécdota que me hizo el profesor Osvaldo Rojas Garay, veterano cronista deportivo. El 16 de marzo de 1983, durante un partido entre Las Villas y Pinar del Río, realizado en el estadio Sandino, Sixto Hernández anotó desde segunda base con un fly de sacrificio. Aquello nunca se había visto en la pelota.

Con «Cheíto» Rodríguez en tercera y Sixto en segunda, el receptor villaclareño Albertico Martínez disparó un largo batazo al jardín central que fue atrapado por Luis Crespo. Con la conexión anotaron ambos corredores, pues Sixto dobló por tercera y sorprendió a todo el mundo.

—Mucha gente dice que el jardín derecho se juega fácil. ¿Qué opina de eso?

—Están equivocados. Esa es la posición más difícil en los jardines. Fíjate, por la banda derecha en casi todos los estadios molesta el sol y generalmente por allí los batazos salen extraviados. Además, hay que tener un buen brazo porque los tiros hacia las bases son más largos.

—¿Usted siempre defendió esa posición?

—Sí, al menos desde que empecé a jugar en serio. Yo no fui un atleta de academia. Salí del campo. Llegué a las series nacionales en la campaña 1974-75 con Azucareros y estuve activo durante 14 temporadas.

—¿Aquella pelota de su época era igual que la de ahora?

—¡Qué va! Actualmente muchos atletas juegan solo para sí. No se dan consejos, uno espera a que el otro falle. Antes había mucho compañerismo.

«Si vamos a las cosas técnicas, ahora la pelota es más viva. Esta Mizuno 150 no tiene nada que ver con la Batos.

«El entrenamiento no se parece tampoco. Por ejemplo, antes terminábamos el juego y después había que hacer un montón de “patas de gallina”, o correr desde los jardines hasta home.

«De las condiciones para los atletas es mejor ni hablar, porque no resiste comparación. Nosotros viajábamos por Cuba entera hasta en guaguas escolares. Ojalá esta etapa me hubiera tocado a mí».

—¿Cuáles fueron sus mejores momentos en la pelota?

—En 1978, cuando ganamos la Selectiva con Eduardo Martín. El último juego de aquel play off contra Pinar del Río en el Latino fue espectacular. Yo le di jonrón a Rogelio y detrás de mí Olivera pegó otro.

«Después ellos empataron, pero en el octavo Cheíto dijo: recojan, que esto se acabó, y botó la pelota. Ganamos 3-2.

«Recuerdo otro día en Matanzas, cuando Juan Luis Baró dio tremendo batazo entre right y center field y Víctor Mesa se mandó conmigo a buscar la pelota.

«Yo salté sobre la cerca y metí la bola para adentro. Víctor la cogió en el aire y el árbitro no sabía qué hacer».

—¿Se acuerda de algún mal momento?

—Un día, jugando contra Santiago en Cienfuegos. Me dieron un batazo para el jardín derecho y me caí casi cuando tenía la bola. Perdimos el partido y yo quería que la tierra me tragara.

—¿Algún lanzador le resultó muy incómodo?

—Para mí todos eran difíciles. Si uno me ponchaba dos veces, en el otro juego yo le daba tres líneas. Sin embargo, siempre temblábamos frente a Changa Mederos. Había que hacerle carreras en las dos primeras entradas o podías olvidarte de ganar el juego. Después pasó algo similar con Jorge Luis Valdés.

—¿Funciona la teoría del zurdo contra el zurdo?

—Eso es un mito, porque los derechos siempre batean contra derechos. Yo regalaba la primera vez al bate y estudiaba al lanzador. Después ya sabía cómo entrarle.

—Sixto Hernández recibió pocos pelotazos. ¿No se los tiraban?

—Claro, como a todo el mundo, pero sabía quitármelos de encima. Ahora tenemos a un «Pito» Abreu que los mira y se queda parado. Hay que ser más vivo en home.

—Usted era muy explosivo. ¿Lo expulsaron alguna vez del terreno?

—En una sola ocasión. Fue en Matanzas. Belén Pacheco me cantó un strike muy afuera y se lo señalé con el bate. Entonces me botó.

«A los pocos días en Cienfuegos conecté un roletazo entre tercera y short y me sacaron por un paso. Sin embargo, él decretó quieto. Entonces me dijo bajito: ya te pagué, pero si me miras atravesado te boto de nuevo. Tuve que echarme a reír».

—¿Le parece que ha bajado el nivel de la pelota cubana?

—Un poquito, pero aún es buena. Retomar las Selectivas sería un paso muy efectivo. Imagínate un equipo con jugadores de Cienfuegos, Sancti Spíritus y Villa Clara. Nadie querría quedarse afuera y ahí subiría la calidad.

«Esa es la mejor pelota que hay. Antes solo seis cienfuegueros más o menos llegábamos a las Selectivas».

—¿Qué hace Sixto en la actualidad?

—Enseño a los niños y juveniles aquí en Horquita, pero ya presenté mi jubilación. Tengo 61 años. Nací el 16 de febrero de 1950.

—¿Ha dirigido algún equipo?

—Solo a los juveniles en el municipio de Abreus. Llegamos a coger un segundo lugar. Hace cuatro años me mandaron a buscar para trabajar con el segundo equipo de Cienfuegos en la Liga de Desarrollo, pero tuve muchos problemas porque vivo aquí en Horquita y me quedé «botado» varias veces.

—¿Qué consejo le daría a los peloteros jóvenes?

—El que quiera ser buen atleta debe sacrificarse y «entrar por la canalita». La «gozadera» no liga con el deporte.

—¿Es muy difícil adaptarse a la fama?

—Aquí en Cuba la pelota abre muchas puertas. La fama se te mete adentro, pero hay que saber acomodarla.

«Te voy a contar algo muy personal: una vez me empaté con una muchacha en Cienfuegos y fuimos para el hotel Unión. Allí había una caja de cervezas y bastante ron en la habitación. Pero al llegar me encontré con que los árbitros estaban allí. “Embarajé” y los invité a unos tragos, hasta que se fueron.

«Muchacho, al otro día era domingo de doble juego y me desperté como a las 11 de la mañana. Entonces me vestí a la carrera y salí corriendo para el estadio, mareado todavía. Cuando llegué ya iban a entregar la alineación y me pusieron a última hora. Las gotas de sudor me corrían por todo el cuerpo.

«Por suerte, en el doble juego no me batearon ni un fly por el right field. Al bate cogí tres bases por bolas. Los árbitros me decían: de verdad que tú eres bravo.

«Estoy seguro que si me daban un fly me caía en la cabeza. Ese día dije que más nunca hacía una locura como esa y cumplí hasta el sol de hoy».

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