Los caprichos de la alfombra roja

Como toda ceremonia del mundo del espectáculo, el premio de Atleta del Año de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) también genera opiniones encontradas

Autor:

Abdul Nasser Thabet

La expectación y la importancia que las sociedades modernas, apoyadas en los grandes medios de comunicación, le han otorgado siempre a la notoriedad y el glamour cobran especial trascendencia en los festivales y reuniones de premiación más renombrados del orbe. Las luces de los paparazzis dejan ciego el ambiente, la música, el lujo y el champán acompañan una escena especialmente preparada para recibir a la fama, o a las personas «inevitablemente» ligadas a ella.

Hoy en día nada escapa al alboroto que provoca tener una firma de prestigio, avalada en millones de dólares que penden del estrellato cinematográfico, musical, empresarial o deportivo.

El mundo del músculo alberga algunas de las más encumbradas citas que reconocen la trayectoria atlética durante el año. Precisamente, una rebosante en trascendencia y resplandor es la tradicional Gala de Montecarlo, Mónaco, que acoge anualmente, entre muchos otros, el premio de Atleta del Año de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF).

Esta vez salieron nominados los velocistas jamaicanos Usain Bolt y Yohan Blake, junto con el mediofondista keniano David Rudisha.

Blake, airoso en su reciente salsa de rey planetario del hectómetro, aprovechó la descalificación del fenómeno Bolt por una salida nula en la cita cumbre del deporte rey, para conquistar así el título en los 100 metros.

De esta forma dejó a su compañero de entrenamientos el consuelo de la medalla de oro en la doble distancia. Ahora ambos marchan «iguales» en el aval de este año, pues ostentan dos coronas universales en 2011, sumando la del relevo corto en el que participaron.

Y aunque el desempate pudiera favorecer a Bolt debido a su historia y por haber ganado la prueba de 200 metros en la Liga de Diamante, el jovencito antillano firmó la segunda mejor marca de todos los tiempos en esa distancia (19:26 segundos, durante la parada de Bruselas).

Por su parte, el tercer pasajero, Rudisha, plusmarquista mundial en los 800 metros, aparece avalado por su título mundial en la doble vuelta al óvalo. En tanto, por las damas sobresalen la balista neozelandesa Valerie Adams, vigente campeona del orbe y olímpica; la keniana Vivian Cheruiyot, titular mundial en 5 000 y 10 000 metros; y la australiana Sally Pearson, monarca planetaria en 100 metros con vallas.

La federación rectora del deporte rey anunciará los nombres de los ganadores en ambas categorías el próximo viernes. La alfombra ya está desplegada y todos aguardan. Claro, siempre surge la duda ante los gastos millonarios y el excelso confort que rodea a estos homenajes en un mundo cada vez más sumido en la miseria y la  desigualdad. Eso sin hablar de los astronómicos cheques que se llevan a casa los vencedores.

No se trata de cuestionar la pertinencia del mérito a quien lo merece, sino de poner en tela de juicio una práctica que le añade peso a una balanza inclinada a favor de los poderosos.

¿Cuánto se debe invertir en una fiesta de premiación? Por supuesto que siempre aparece la justificación en sumas millonarias destinadas a la caridad pública. Pero, ¿está en las donaciones el salvoconducto de una humanidad cada vez más decadente e inhumana? El deporte pudiera hacer la diferencia si se lo proponen sus magnates. Claro que renunciar al lujo en pos del bien ajeno es cualidad de pocos «orates». El altruismo es la propiedad más cara y extraña en este mundo patas arribas. Hoy más que nunca se extrañan esos locos.

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