Impresiones

Autor:

Raiko Martín

Desde el mismo sobrevuelo del avión, justo antes del aterrizaje, la impresión causada por la silueta de esta imponente ciudad es aplastante. Más aún, cuando uno se adentra en esta inmensa urbe, habitada por una cifra tres veces superior a la que puebla toda nuestra Isla, y con tantos edificios altos que te hacen parecer poco menos que un insecto.

Por fortuna, la madre Naturaleza nos recibió por estos lares con temperaturas mucho más cercanas a nuestra experiencia vital. Porque eso de andar con más de un abrigo, bufanda y gorro, y hasta con guantes, es una de las sensaciones más raras que puede experimentar un nacido a «dos cuartas» del trópico.

También ha sido una suerte la acogida de los citadinos, altamente involucrados en el torneo y con agradables muestras de cariño y respeto para con nosotros, aunque no hayamos podido entender literalmente ninguna de ellas.

Resulta asombrosa la entrega de la afición que se da cita en el majestuoso Tokyo Dome, cuartel general de los Gigantes de Yomiuri y centro de un complejo que, además del estadio, agrupa un centro comercial y recreativo, un hotel —inmenso, por supuesto—, y un parque de diversiones con una montaña rusa a la que muy poca gente, en su sano juicio, consideraría disfrutable.

Lo del apoyo del público parece una máxima por estas tierras, pues el notable número de seguidores del equipo de Taipéi de China que se trasladó hasta aquí, no dejó de gritar ni un instante durante el partido frente a Cuba.

Era como si los suyos estuvieran castigando al pitcheo rival en medio de un duelo en el que estuviera en juego el mayor trofeo del torneo. Simplemente, increíble.

No obstante, el entusiasta grupo de cubanos agrupados detrás del banco de tercera base hizo lo suyo, con conga incluida.

También la prensa cubana disfrutó sonoramente cada batazo, sin importarle en lo más mínimo la mirada de estupor de varios colegas de otras latitudes.

No resulta fácil sobresalir en la inmensidad de un estadio que, a simple vista, parece más propicio para los sluggers. Ahí, para nuestra fortuna, los bateadores cubanos ya han despachado seis de sus diez cuadrangulares en esta cita.

Es cierto que la estadounidense Rawlings —pelota oficial del evento— «camina» mucho más que la Mizuno 200 empleada en la Serie Nacional, pero la bola oficial de las Grandes Ligas es la misma para todos los conjuntos del Clásico, y hasta ahora la voz cantante la lleva Cuba.

Por el momento, el equipo se encuentra a solo uno de igualar la cifra de vuelacercas firmada en la pasada edición, y a cuatro de la marca impuesta por los mexicanos, en la misma versión del certamen.

Cepeda, Abreu, Despaigne, Tomás y compañía, llevan cuatro partidos seguidos conectando dos o más jonrones. Y si se mantiene ese ritmo no paramos hasta San Francisco. No digo más, por aquello del mal de ojo…

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