Guardia de honor - Deporte

Guardia de honor

Con su partida física, Francisco Mastrascusa, gran periodista deportivo cubano, despierta en quienes lo conocieron innumerables lecciones de vida

Autor:

Luis Sexto

La llamada tercera edad impone deberes y dolores. Que ningún periodista de cuantos se hallen lejos del irreversible progreso de los años, alienten la esperanza de que podremos descansar cuando la jubilación nos acoja. Con frecuencia, nos tocará un turno de redacción, ese turno en que te pedirán escribir sobre el compañero, el amigo, el colega que ahora mismo muere.

Hoy vuelvo a humedecer los cristales de la computadora ante la muerte. Esta vez ante el deceso de Francisco Mastrascusa.

No hace mucho, cuando falleció Julito García, me dije: a partir de ahora no escribiré más sobre el sepulcro de mis amigos. Lo haré en vida, cuando mis dedos vibren de amistad y optimismo y ellos sepan conscientemente cuánto los quiero. Sin embargo, todo lo que pienso de Francisco Mastrascusa está escrito en unas cuartillas donde he reunido los 40 años de mi quehacer periodístico. En esas páginas él tiene su espacio. Nunca se las leí y por tanto no se enteró de mi gratitud.

Alguna vez, entre las chanzas de la redacción, dije que si yo alguna vez dirigiera un periódico, querría a Mastrascusa a mi lado. ¿Por qué? —me preguntaron. Ah, porque es capaz de escribir 40 líneas en diez minutos sin equivocar un dato o una cita. Si lo sabrá este periodista que cuando ingresó en el Semanario Deportivo LPV, su primer medio de prensa, se topó con el Gordo como director. Y le debo mucho. Y para hablar sobre la amistad, las consideraciones, la confianza que Mastrascusa me inspiró, tengo necesariamente que hablar de mis años junto a él.

No debo, por exigencias de la gratitud, silenciar aquel quinquenio en el desaparecido semanario, entre 1972 y 1976. En sus páginas aprendí a adecuar y a corregir mi vocación y a conocer los primeros secretos profesionales. Mastrascusa me concedió otra de mis primeras lecciones de estilo. En uno de los textos iniciales, yo había escrito la palabra aserto. Y él, haciéndose el ignorante, me preguntó qué quería decir. Y añadió: si yo te pregunto, cuántos lectores te lo querrán preguntar. Le di la razón, al menos no era una palabra apropiada para el lenguaje deportivo. Desde luego, me alegro que la crítica haya sido por conocer palabras, no por desconocerlas.

Le debo otra lección. Estábamos en una recepción. Y yo, con un niño pequeño y entonces sin muchas oportunidades para regalarle un bocadito, saqué mi jaba y guardé algunos cuando la fiesta se terminaba. Me apartó y me regañó: Los periodistas debemos ganarnos el respeto. Llévate esas cosas hoy; lo comprendo, pero nunca más. Oh, no, al hombre que te advierte de esa manera, no lo puedes juzgar mal. Cierto que era un jodedor, a veces ríspido, porque se ponía a la defensiva ante cierta gente. Le gustaba reír. Y cuando me veía sufrir tecleando con dos dedos la Olimpya, se sentaba, y mirándome con una sonrisa, empezaba a escribir sin mirar el teclado como si fuese un Fangio conduciendo un Ferrari. Así, así tendrás que hacerlo.

Le debo también mi primer viaje al extranjero a los tres meses de estar allí. Le correspondía a él asistir al Campeonato Centroamericano de Baloncesto en 1973, porque ese era el deporte que más hondamente conocía, incluso lo arbitraba en partidos especiales donde cada jugador en las madrugadas mostraba estrellas y soles históricos en cada hombro. Y cuando le dijeron que se preparara para acompañar a la selección nacional, declinó, y me recomendó. Es joven y necesita ganar experiencia. Eso dijo. Y cómo, pues, no he de agradecerle a Francisco Mastrascusa esos gestos que él olvidó y yo nunca he olvidado.

Las preferencias y las inclinaciones temáticas nos llevaron a medios diversos. Él siguió en el deporte. Y casi finalizando nuestra carrera coincidimos en Juventud Rebelde. Dos viejos en Juventud. Y en JR nos jubilamos. Y hoy lo evoco, sorprendido por su muerte, preguntándome desconcertado que si tendré que realizar por mucho tiempo estas guardias de redacción ante los nombres queridos que se van. Se van sin decirme adiós. Sin apenas dejarme pensar que uno es uno y quienes lo quisieron.

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