Reinado sin vértigo

La novena cubana se creció en Puerto Rico, pero necesita seguir evolucionando, ensanchar los horizontes, mirar sin complejos hacia otro lado y absorber con urgencia conceptos modernos

Autor:

Raiko Martín

SAN JUAN, Puerto Rico.— Al triunfo del béisbol cubano en esta ciudad le caben muchos adjetivos. La euforia está justificada, pues fueron tantos años ajenos al acostumbrado sabor, y nada más regresar, nos dimos cuenta que ya nada era igual, que para ganar había que subir un peldaño.

Asumámoslo con el necesario baño de humildad, reconociendo que nuestra pelota no es tan superior como algún día imaginamos. Debe ser un mandamiento ahora, y en los días por venir, lo cual no quiere decir que nuestros peloteros sean menos, pues entre las tantas cosas demostradas sobre la grama del Hiram Bithorn, estuvo la solidez de la materia prima, aunque necesitada de nuevos moldes.

Aquí, los bateadores cubanos hicieron sonar el madero, unas veces con mayor oportunidad que otras, y lo hicieron frente a lanzadores que no son las grandes estrellas de este deporte, pero de calidad demostrada y cierto historial al máximo nivel. También nuestros lanzadores protagonizaron loables actuaciones, y en el cajón de bateo no se pararon hombres de cuarta categoría, ni mucho menos. Lo hicieron muchas veces sin el respaldo necesario, y eso le da un plus a sus actuaciones.

Pero a la par, nuestros peloteros demostraron, tanto en el plano individual como colectivo, que necesitan seguir evolucionando, ensanchar los horizontes, continuar aspirando a la perfección. También, mirar sin complejos hacia otro lado, absorber con urgencia conceptos modernos, y hacerlo con el rigor que amerita el propósito de tocar la gloria.

Los Vegueros vueltabajeros merecieron ganar el torneo tanto como los Caribes de Anzoátegui, sin duda alguna, la novena de mejor rodaje a lo largo de todo el calendario. O como los mismos Tomateros de Culiacán, quienes combinaron muchos poquitos, lo mezclaron con un excelso pitcheo, y fueron capaces de defender la reciente hegemonía mexicana hasta el último out.

Pero sucede que la estructura del certamen hace caras algunas derrotas y permite recomponer el camino. ¿Es justo? Digamos que sí, partiendo de que las posibilidades son parejas para todos. Pensemos que no, porque nos engañaríamos rotundamente creyéndonos que los chicos de Alfonso Urquiola formaron el mejor equipo del campeonato.

¿Será medidor este éxito del verdadero lugar que en el concierto regional nos pertenece? Rotundamente no. Sin embargo, siempre las comparaciones terminarán siendo más injustas en la medida en que los referentes estén más distantes.

Es un hecho que al torneo asistimos con nuestro calibre más grueso y ganamos, con no poca dificultad, a naciones que no tuvieron —y nunca tendrán— a sus mejores figuras disponibles para este tipo de torneo. Pero también que algunos de los que forman a nuestro actual arsenal no serían tales, si muchos de los que eligieron enrumbar sus trayectorias deportivas por otros derroteros no hubiesen elegido esa opción. Y mirado desde ese ángulo, pudiera haber cierto equilibrio de fuerzas sobre la balanza.

Llegado a este punto, lo único que se pudiera establecer, a partir de lo sucedido en la capital boricua, es que el estado actual de nuestro béisbol solo nos permite ser competitivos en una Serie del Caribe juntando las mejores piezas al alcance, pues son las únicas capaces de lidiar con éxito con tanta exigencia. Imaginar que la categoría de internacionales de muchos Vegueros nos ponía en ventaja es un espejismo.

Por lo visto, el panorama no tiende al cambio a corto plazo. La amplísima convocatoria de nuestra Serie Nacional parece extenderse, y la oportunidad de que uno de sus equipos logre en algún momento la solidez necesaria para garantizar cierta competitividad con sus pares del Caribe, se hace remota. Incluso, el llamado a filas de los puntales de la selección nacional tampoco es un seguro de vida, aunque no se puede desconocer que sin ellos hubiese sido más difícil la historia. Fueron, básicamente,  los que la empujaron hasta convertirla en legendaria.

Si una cosa me llevo de este torneo es la certeza de que nada nos colocará con mayor justicia  en el verdadero trono del Caribe que el prestigio de la pelota que seamos capaces de jugar en casa. Será ese, y no otro, el punto de partida de todo.

La calidad de cada participante en este torneo fue el fiel reflejo del nivel de cada una de sus ligas. Podremos regresar el próximo año a República Dominicana, bajo el mismo concepto, y hacerlo más o menos mejor. Incluso, existirá siempre la posibilidad de tener que navegar otra vez a contracorriente y repetir la historia. Eso no es lo verdaderamente importante.

Siempre se tratará del título en un torneo, corto e impredecible, donde no todas las veces, como ahora, se impone el mejor. Disfrutemos por todo lo alto, reconozcamos la hazaña, y premiémoslos con el reconocimiento que merecen. Pero no tenemos derecho a conformarnos.

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