Gestos

Autor:

Norland Rosendo

TORONTO.— Llovía. Era una de esas pocas mañanas que ha amanecido aquí con un chinchineo impertinente, de esos que les abren las puertas de par en par a los catarros. Íbamos para una cobertura.

Cubanos al fin, desafiamos el clima, algunos nos protegimos con unas capas muy ligeras (les llaman ponchos) y otros iban solo con su ropa como coraza para protegerse de los goterones, que no eran muy pequeños que digamos. Salimos para la calle.

La gente nos miraba con recelo. Un grupo así y riéndose bajo la lluvia, no es normal en estos lares. Los carros pasaban con los cristales subidos; los transeúntes, con sombrillas, paraguas.

Un autobús se detiene como a 30 metros por delante de nosotros. No hay parada cerca, no se baja nadie, y tampoco lo aborda nadie. Está vacío. El chofer no pita. Espera.

Seguimos a nuestro paso. Apurado por la lluvia, pero sin correr. Entonces, el conductor se baja. Nos hace señas. Está llamando.

—Vamos, ¿para dónde van? Es que los vi mojándose. Suban.

—Muchas gracias, pero vamos cerca, le respondemos. No, qué va, ni una cuadra más caminan bajo este aguacero. Ahh, son cubanos (lo lee en los pulóveres), qué bueno, gente buena. Yo soy argentino, vivo acá hace diez años.

El hombre prendió el motor nuevamente y salió con la «carga». Fueron solo unos metros, suficientes para hablar algo de fútbol.

¿Es aquí?, preguntó. Acercó el ómnibus a la acera y antes de que dijéramos algo, lo que se estila en estos casos, se adelantó: «Gracias por dejarme ayudarlos. Fue un placer. Disfruten Toronto».

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