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De las miles de imágenes que se toman en cada jornada, los organizadores premian una: la que les parece más espectacular, la mejor lograda, una historia en un gesto...

Autor:

Norland Rosendo

TORONTO.— En el centro de prensa todos los días amanece una instantánea nueva. Los fotógrafos, desde que llegan, la buscan. Quieren saber quién es el afortunado. Es como una competencia dentro de la competencia.

De las miles de imágenes que se toman en cada jornada, los organizadores premian una: la que les parece más espectacular, la mejor lograda, una historia en un gesto.

Si algunos jurados deportivos se han visto en situaciones complejas para decidir medallas, no quiero, ni por asomo, formar parte de los que eligen la foto del día de los Panamericanos. Pero los aplaudo, los admiro, han escogido joyas, algunas hasta parecen pinturas. Parecen no, lo son.

No todo el mundo sabe congelar buenas imágenes en un fotograma. Hay quien se pasa toda la vida con una cámara a cuestas y en el mejor de los casos, hace fotos correctas. No más.

Otros son genios en eso de apretar el botoncito en el momento exacto, ni fracciones de segundo antes, ni después. Y en el deporte, hay gestos, hay jugadas que tienes —como se dice en buen cubano—, que adivinarlos, o no logras las fotos.

A veces, muchas veces, no importa la calidad de la cámara. Vale más el ojo. Y aquí en Toronto, Cuba tiene muy buenos ojos, los de Ricardo López Hevia, Vladimir Molina, José Luis Anaya, Mónica Ramírez y Roberto Morejón. Todos han hecho fotografías de calidad, algunas geniales.

Pero hay una que no pudo pasar desapercibida para los organizadores de la exposición. Pero qué foto. Ricardito se lució. Aquí se las dejo.

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