La gloria y el grano de maíz

La rivalidad no es solo con los otros tres grandes: Estados Unidos, Canadá y Brasil. Para beneplácito de América Latina, Colombia también se ha sumado —y con muchas energías— a la vanguardia

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Norland Rosendo

TORONTO.— Desde el primer día de competencias, los canadienses salieron delante en el medallero. Hubo quien pensó que esa era la táctica de la libre en el atletismo, que no podrían sostener el paso. Pasaron los días y hasta a la potente delegación de Estados Unidos le costó trabajo asumir el liderazgo.

Todavía, cuando se supone que las aguas hayan tomado su nivel, los anfitriones están más cerca de sus vecinos que de Brasil, ocupante del tercer escaño en la tabla general de preseas.

Cuba, que históricamente ha sido el segundo país que más títulos ha ganado en cada edición de los Juegos Panamericanos desde Cali 1971 (excepto La Habana 1991, cuando encabezó el medallero), ocupaba hasta ayer el cuarto escaño.

La rivalidad no es solo con los otros tres grandes: Estados Unidos, Canadá y Brasil. Para beneplácito de América Latina, Colombia también se ha sumado —y con muchas energías— a la vanguardia.

En las entrevistas, nuestros atletas lamentan no tener más oportunidades para darle otras medallas a la delegación. Los que se quedaron por debajo de los pronósticos sienten pena, vergüenza.

Aún lesionada, la ciclista Lisandra Guerra es capaz de decir: «Todavía me dan ganas de montarme en una bicicleta y echar el tiempo para atrás. Cómo le hacía falta mi oro a Cuba».

Había que ver a las muchachas del baloncesto cuando perdieron por un punto en la semifinal frente al quinteto de Estados Unidos. Las chicas de Alberto Zabala no querían salir de la cancha; con la cabeza hundida y los ojos que parecían las cataratas del Niágara. A esa ahora no hay consuelo que valga, ni palmada en la espalda que calme el dolor.

Qué decir de Manrique Larduet, el gimnasta que mereció el oro en el all around. Hasta el público lo premió con el aplauso que le negaron los jueces. Y él, sereno, dijo que estaba orgulloso con su plata. Aunque la procesión —ya sabemos— se lleva por dentro.

Todos ellos tienen tanto mérito como el kayacista Jorge García, que se tiró par de veces a remar con menos de dos horas de diferencia. Terminó exhausto, con calambre en los brazos, pero con las dos preseas de oro en el cuello.

Habrá tiempo después para los análisis. Ahora quedan competencias, medallas que ganar. Que los puños golpeen limpios, contundentes; que haya brincos espectaculares, discos que vuelen, piernas de linces.

A los que lo dan todo por Cuba, ella sabrá recompensarlos, como la madre que vive orgullosa de sus hijos.

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