Entre el fango y el chapuzón

La cubana Olga Echenique siempre se mantuvo muy confiada en su victoria, pese a imprevistos y percances iniciales en la competencia de Mountain Bike

Autor:

Norland Rosendo

Cuando se perdió el primer día y le sacaron más de media hora de ventaja, solo ella pensó que podía ganar. Y no solo lo pensó, lo dijo. Después de un baño en el río San Juan, en Las Terrazas, la matancera Olga Echenique se acomodó en su tienda de campaña, sobre un fino colchón, y esbozó una sonrisa.

Yo la miré de soslayo, así como quien piensa que tiene delante a alguien fuera de sus cabales. Tomé nota de su «petulancia» y me fui a entrevistar a otros de los tantos «locos» que vivían la primera aventura del Titan Tropic de Mountain Bike.

«Yo soy de Jagüey Grande. Allá mucha gente está pendiente de mí. Y les quiero regalar la victoria en esta competencia», me confesó a la mañana siguiente, mientras esperaba porque dieran la orden de salida. Si tú lo dices…, fue lo único que se me ocurrió balbucear.

Su licra estaba entera. La bicicleta, en cambio, tenía huellas de fango, pero no muchas, había que estirar los ojos para verlas. A partir de entonces, apretó el paso. Se convirtió en Olga, la Grande. Con cada pedalazo recortaba tiempo. A los tres días ya era la líder entre las mujeres.

Me cruzó por la línea de meta, respondió a mis preguntas, y volvió a sonreír. Una sonrisa semejante a la anterior. Como quien dice: «No creíste en mí y aquí estoy». Hasta los hombres iban a felicitarla. «Brutal lo que está haciendo la chica esa», comentó uno de los corredores españoles.

Ya la licra no era igual. Tenía varios agujeros, de esos que se hacen con púas de cerca o con gajos de matas. Dos veces más se extravió, pero conservó la camiseta azul de puntera.

Ella no fue la única perdida, les pasó a varios. Las cintas que servían como guía en los caminos se enredaban en los árboles y los corredores, raudos, no las veían. Dicen que es normal en estas pruebas.

La bici también quiso poncharle el sueño de ser campeona. El penúltimo día, el de más fango, no la dejó avanzar, y ella, sin tiempo para arreglos en la marcha, la cargó en sus hombros. «O me llevas o te llevo». Seguía de puntera.

Al fin, la arena. El arco de la victoria en Cayo Jutías. El mar le iba lavando las ruedas mientras ella se gastaba la última onza de energía. Olga pasó de primera y se fue, como los niños cuando llegan a la playa, a darse un chapuzón. «Periodista, gané. Y ahora, ¿qué me dices?».

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