Guapos… ¿y fajaos?

Lamentables escenas se han visto en los terrenos de pelota, un fenómeno nada nuevo y que obliga a reflexionar sobre sus causas y consecuencias

Autor:

Raiko Martín

Las reglas del béisbol fueron escritas hace muchos años, tantos como los transcurridos desde que sobre el diamante fueron puestas en práctica otras que no aparecen en ningún reglamento. Y nos guste o no, ni un comentario, ni ríos de tinta que pudieran correr sobre las páginas durante un tiempo similar al que llevamos disfrutando de este fabuloso deporte, van a impedir que se cumplan.

No es la primera vez que se discute sobre el tema, pues las consecuencias de algunas, al final, llegan a convertirse en indeseables para todos. Incluso, hasta peligrosas. Contradictoriamente, para muchos de los protagonistas del juego, donde quiera que se practique, seguirlas al pie de la letra se convierte, incluso, en cuestión de orgullo.

No hace mucho se suscitó un gran debate en las Grandes Ligas estadounidenses cuando el dominicano José Bautista, tras dar un cuadrangular, «exageró» la celebración lanzando su bate al aire después de quedarse por unos segundos siguiendo la pelota hasta su desembarco en el graderío. Para los estadounidenses, no tan flemáticos como los ingleses, pero de sangre mucho menos «caliente» que los latinos, fue una actitud reprochable y digna de represalias, con un pelotazo al infractor como la vendetta más recurrida.

Llegado a este punto, uno se cuestiona hasta la lógica que marca semejante análisis. Si el jonrón es la conexión más espectacular que puede verse en el béisbol, ¿no tiene el bateador derecho a celebrarlo eufóricamente —siempre que se haga desde el respeto—, con la certidumbre de que en el próximo turno sus costillas estarán a salvo? ¿Acaso no puede hacer lo mismo un lanzador después de un trascendental ponche, sin asumir que en el próximo turno le lanzarán el bate, simulando que se le escapó de las manos? Claro, que esta última opción siempre será menos efectiva, pero igual de cuestionable.

Lamentables escenas se han visto últimamente en nuestros terrenos, propiciadas por tales circunstancias y no son un fenómeno nuevo. He escuchado de mis mayores que similares procederes existieron siempre, solo que las reacciones de antaño fueron muchas menos veces que las de ahora, cuando a la menor sospecha de intencionalidad se responde con la violencia desmedida, propiciando un espectáculo deplorable y dañino.

No soy un purista del béisbol, mas vivo convencido de que hay otras formas de demostrar virilidad sobre el terreno, porque jugar fuerte nada tiene que ver con la violencia. Jonrones, celebraciones y pelotazos como respuesta seguirán sucediendo, por lo que solo aspiro a que la ética y la cordura sirvan, en la medida de lo posible, como contención de escenas y consecuencias irreparables.

Por eso, nunca estaría de más la reflexión de todos aquellos que tienen en sus manos la posibilidad de evitarlas, ya sea siendo responsables desde el puesto de mando, previsores mientras se imparte justicia en el juego, o firmes y aleccionadores cuando se hace necesario dictar las sanciones correspondientes. Que no por eso dejaremos de disfrutar de la pelota que seguimos amando.

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