Nunca pensé practicar el deporte en serio

Ismael Borrero Molina es el muchacho de 24 años que fue por primera vez a una Olimpiada y llegó a la cima, iniciando para Cuba la racha dorada en Río 2016

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

SANTIAGO DE CUBA. —-Buenas tardes, ¿está el compañero luchador?

—Sí, soy yo…

—Yo soy de Guantánamo, cuido a mi mamá en la casita de allí de la esquina y vengo a saludarte. Vi tu pelea final en Río y tu triunfo me dio tremenda alegría.

—Gracias, hermano, responde el muchacho con una amplia sonrisa y el apretón de manos sella el espontáneo diálogo.

Escenas como estas se repiten de las maneras más diversas por estos días en la calle Los Cocos del santiaguero reparto Jiménez, allí donde tiene su morada el nuevo campeón olímpico en la división de 59 kilogramos de lucha grecorromana, Ismael Borrero Molina, el muchacho de 24 años que fue por primera vez a una Olimpiada y llegó a la cima, iniciando para Cuba la racha dorada en Río 2016.

«Créeme que he vivido cosas más fuertes. Me he parado en una calle y alguien se ha arrodillado delante de mí… Cada cual expresa el cariño a su manera, pero trato de que eso no decida nada en mi vida personal. Que el pueblo admire lo que he logrado es muy grato».

Y esa sencillez, que combina con una amplia sonrisa cuando habla de las cosas que le son cercanas como su barrio: el lugar que lo ha visto crecer como hombre y atleta; su familia, su Santiago, al que afirma volverá siempre, enrumbaron el diálogo en la pequeña salita de su casa en altos, en las cercanías de la sexagenaria Universidad de Oriente, ambientada con las medallas y reconocimientos que son la evidencia de una carrera exitosa y en ascenso.

Ríe con ganas cuando evoca sus comienzos en la escuela primaria Manuel Ascunce Domenech, donde en quinto grado se vinculó al levantamiento de pesas en el combinado deportivo de la sala polivalente Alejandro Urgellés.

«Después, el profesor Julio Rodríguez, entrenador de lucha de allí, descubrió mis aptitudes y me pidió que cambiara de deporte. Más tarde opté por la lucha greco y trabajé con el profesor Humberto Suárez.

«Al principio le daban quejas a mis padres todo el tiempo, pues faltaba a los entrenamientos. En realidad mi primer vínculo con la lucha fue por mi hermano mayor, Amado, quien la practicaba en el CVD Antonio Maceo. Él me llevaba al gimnasio y yo iba allí a jugar, pero no porque me gustara el deporte, nunca pensé practicarlo en serio.

«Amado se quitó de la lucha y yo me quedé, y mi papá, que alguna vez practicó el boxeo, me llevaba todos los días de la mano al entrenamiento. Después empecé a ganar, me convertí en campeón municipal, provincial, ganador en los Juegos Escolares y las cosas fueron cambiando.

«Más tarde pasé a estudiar en la EIDE capitán Orestes Acosta y otra vez me quise ir del deporte, pero como casi todas las competencias las ganaba, mis padres me pidieron que me quedara y los complací. Cuando en el 2007, con 16 años, me subieron a la ESPA Nacional y me tuve que ir para La Habana solo, ahí sí les dije que me fueran a buscar, que no quería estar en ningún deporte.

«Ellos me propusieron que me quedara y probara un mes, si en ese tiempo no obtenía ningún resultado, me traían de vuelta. Pasó entonces todo lo contrario. Estuve dos años en la ESPA, después fui a mi primer nacional de mayores, con 17 años, y cogí oro; ahí fue cuando me captaron para el equipo nacional.

«En el 2010 fui Campeón nacional por primera vez; en el 2012, fui al Panamericano juvenil y a mi primer Panamericano de mayores. En mi primera salida internacional, en el 2012, en Colorado Sprint, Estados Unidos, cogí oro. En fin, vi que avanzaba, que estaba por encima de lo que se espera de mí y como siempre me ha gustado hacer las cosas bien, me quedé.

«Después de mis errores en los Juegos Panamericanos de Toronto, 2015, también dije que dejaría el deporte».

—Toronto marcó tu vida al punto de que en una entrevista después de tu victoria en Río de Janeiro dijiste: esto se lo debo a Toronto. ¿Cuáles fueron las lecciones de aquella experiencia?

—En Toronto era el favorito en mi división. Incluso, le había ganado antes al estadounidense Spencer Mango, pero ese día no pude, y además, me fui sin medallas.

«Me falló la táctica, pero más que eso, me confié, me precipité, estaba loco por saltar ese paso para ir al Mundial que venía detrás y donde tenía la posibilidad de clasificar para los Juegos Olímpicos. Me faltó concentración, pensé en el luchador que venía y no en el que tenía encima.

«Les agradezco enormemente a mis entrenadores Raúl Trujillo, Leonel Pérez, Filiberto Ascuy, que me dieron un voto de confianza en ese momento. Solo faltaban 20 días para el Campeonato Mundial y yo estaba superdeprimido.

«A partir de esa experiencia las competencias que he ganado han sido así: uno por uno y paso por paso; no importa lo difícil que sean los contrarios, porque todos hacen lo mismo que yo, entrenan y se preparan».

—Sin embargo, después de aquel fracaso, en menos de un año fuiste campeón mundial y olímpico…

—Después de Toronto solo hice las dos cosas que tenía que hacer: prepararme y concentrarme, sin apuro.

—En Río fuiste la llama del oro que llegó por fin para los cubanos.

—En realidad no pensé en eso. Me levanté dispuesto a hacer las cosas bien, como lo habíamos previsto.

—Pero habías dicho que ibas a la Olimpiada a ganar el título...

—Sí, porque me preparé bien; sabía que podía fajarme con esos rivales, que son de mucho nivel. Había visto videos de ellos.

«Cuando derroté a los primeros, ya me veía a mí mismo de otra manera, me veía unido a ellos, y me decía: ahora estamos iguales, ahora hay que verme también a mí».

—Más tarde, cuando escuchaste las notas del Himno Nacional y viste ascender tu bandera, ¿cuáles fueron tus sentimientos?

—Sentí la alegría de poder regalarle esa medalla a nuestro Comandante en Jefe solo horas después de su cumpleaños 90, y la satisfacción de haber cumplido bien con mi trabajo, para el que me había preparado. También me sentí complacido por los que se sacrificaron junto conmigo, los que me ayudaron, me apoyaron, y deseo que lo disfruten también.

—Detrás de ese trabajo cumplido hay un esfuerzo grande. ¿De cuánto debe limitarse un joven atleta de una provincia tan lejana a la capital para realizar sus sueños?

—Uno se pasa mucho tiempo alejado de la familia. Vengo dos veces al año más o menos, pero en estos últimos tiempos me pasé casi un año sin venir a Santiago. Para mí, que soy muy apegado a mi mamá, es realmente duro. Eso es lo que se paga por ser campeón.

Ismael aportó la primera medalla dorada de la delegación cubana.

—Dicen que la lucha es un deporte muy difícil, ¿tiene realmente tantas exigencias?

—Si lo que buscas es entretenerte, es un deporte muy bueno; si lo que quieres es competir y exigirte a ti mismo, es muy arduo, porque demanda grandes sacrificios, dejar de comer para bajar de peso…

—¿Hay algún alimento que te guste mucho y del que te privas por el deporte?

—(Ríe de buena gana) Las pizzas, los espaguetis.

—Eres un joven que ha llegado a la cumbre temprano. ¿Qué viene ahora?, ¿cuál es el reto, el sueño que te queda por cumplir?

—Ahora lo que quiero es estar de vacaciones, disfrutar de los míos, estar con mi mamá, a la que hace como tres años que no veía así tanto tiempo seguido, pues ella es profesora en la EIDE de acá y se fue a cumplir misión dos años, y yo estaba con la preparación de los Juegos Olímpicos.

—¿Qué prefieres hacer cuando estás en casa?

—No veo ningún deporte y hace años que no voy a fiestas. Me gusta estar en casa, escuchar música con mi mamá, Maira; mis hermanos Amado e Ismaida; mi novia, Zulema, integrante del equipo nacional de esgrima, que me acompaña ahora; estar juntos y unidos y jugar Play Stations.

—¿Alguna vez has vuelto a pelear con tu hermano Amado?

—Somos muy unidos, nos llevamos muy bien. Al principio luchábamos, él me ayudaba. Cuando estaba en la EIDE probábamos, pero cuando llegué al equipo nacional dijo que nunca más.

—¿Y tu padre siente que su perseverancia para mantenerte ligado al deporte valió la pena?

—Mi mamá y él se separaron. Ahora fui a verlo y le llevé la medalla, no cabía de contento, fue por el barrio, enseñándosela a todo el mundo.

—¿El barrio de Los Cocos?

—Aquí todos me conocen, tengo buenos amigos. Como vengo poco y me voy tan rápido algunos han crecido, se han ido.

—¿Cómo es Ismael Borrero?

—Para algunos soy sonriente, un poco bromista, de buen carácter; para otros soy serio, enérgico, alguien que sabe lo que quiere.

«Como atleta soy disciplinado, pero en los entrenamientos protesto cuando hay alguna cosa que no me gusta. Y en la casa soy el malcriado de mi mamá.

—En el futuro, salvando las lógicas distancias, ¿podrías convertirte en otro Mijaín López en ese equipo?

—La preparación que hice para Río de Janeiro no fue nada fácil, dentro de cuatro años tendré 27, y no sé si podré repetir eso. Estoy en sexto año de la Universidad y en diciembre debo discutir la tesis como licenciado en Cultura Física.

—¿Has imaginado alguna vez cómo hubiese sido tu vida si tus padres te hubieran dejado desistir del deporte?

—A lo mejor hubiese sido campeón en otra cosa.

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