Los tres remates que me bloqueó Fidel

Mireya Luis rememora momentos con Fidel

Autor:

Norland Rosendo

Mireya Luis —Mireyita para él— tiene la bola cerca de la net, pero no puede rematarla. El dolor la hala; apenas despega unos milímetros del suelo. Al otro lado, él espera el balón con las manos en alto. Sedosas y firmes. Sabe que esta vez tampoco las va a poder «burlar».

«En 2001 me retiré como jugadora en activo del voleibol. Fidel fue a la ceremonia. Estuvimos conversando un buen rato, él me preguntaba de todo.

Con sonrisa pícara me dijo: «Mireyita, estás muy bonita». Y me elogió el vestido.

Yo le respondí: «Comandante, es que estoy modelando». «Él se rió, como sorprendido, y no dijo nada más.

Seis meses después coincidimos en una Mesa Redonda. Fidel llegó, nos saludó a todos y cuando terminó el programa se despidió de cada uno de los asistentes.

Unos minutos después regresó al estudio. Vino directo a donde yo estaba.

—Mireyita, estaba a punto de montarme en el auto cuando recordé algo que me dijiste la última vez que nos vimos. ¿Tú no estabas modelando?

—¿Pero usted se acuerda de eso Comandante?, aquello fue una broma mía.

—El modelaje es muy bonito, pero tú tienes mucha inteligencia. Tenemos que aprovechar ese talento.

¿En qué estás trabajando?

—Soy vicepresidenta de la Comisión Nacional de Atención a Atletas, miembro de la Comisión de Atletas del COI y también tengo responsabilidades en la Federación Cubana de Voleibol.

—Ahhh, qué bien; porque siempre te vamos a necesitar, bella y talentosa.

«Sentí esas palabras como remate en forma de piropo. Se dio cuenta cuando la bola picó en mi pecho, y entonces se fue con su sonrisa a cuestas».

Como cuando viene la luz

«En los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 discutimos la medalla de oro contra Rusia. Perdimos los dos primeros sets. A las gradas llegaron Humberto Rodríguez, entonces presidente del Inder, y otros jefes de la delegación cubana. Nos daban ánimos, gritaban que sí podíamos revertir el resultado. Ganamos aquel juego en tie break.

«Humberto bajó como una exhalación cuando se acabó el partido, me abrazó, me felicitó y me extendió un teléfono. Con gestos le pregunté que quién era. Él me respondió también con ademanes. No hacían falta palabras: era Fidel, el jefe. Había mucha bulla, pero su voz me emocionó más aún.

—Mireyita, muchas felicidades...

—No Comandante, felicidades para usted...

—No para ustedes, por esa demostración tan grande. Yo todavía estoy nervioso.

«Y ahí me contó que no había podido ver los últimos momentos del juego. «Salí de donde estaba, los nervios no me dejaban estar tranquilo. Supe que ganaron por el bullicio de la gente, como cuando hay apagón en un barrio y ponen la luz».

«Yo me quedé sorprendida con esa comparación suya tan popular. Se lo conté a mis compañeras de equipo y me preguntaban incrédulas, ¿pero el Comandante sabe cómo hace la gente cuando viene la corriente?.

«Claro, muchachitas, él lo sabe todo».

Cuéntamelo todo, con lujo de detalles

«Todavía recuerdo cuando en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 habíamos tenido un fuerte altercado con las brasileñas en el camerino. Julita Osendi me entrevistó y quería que le contara lo sucedido. Yo trataba de no tocar el asunto y ella insistió. Entonces le dije: «se formó lo desagradable». Y ella puso ese fragmento en su reporte para la tv.

«Fidel nos estaba esperando en el aeropuerto. Nos dio un abrazo a cada una, pero tenía una risa pícara. Me miraba y se reía, hasta que me llamó aparte. «Al pueblo le gustó mucho la entrevista que le diste a Julita. Al final dijiste que se formó lo desagradable, pero no contaste qué pasó. Cuéntame a mí, dame los detalles. Y se reía muchísimo mientras esperaba por mi historia.

—Ay, Comandante... (Me daba pena decirle lo que se formó allí).

—No, no, no, yo quiero saber todo, porque me lo imagino, pero quiero que me lo cuentes tú.

Y no paraba de reírse mientras le narraba los hechos.

Esa risa de Fidel no la voy a olvidar nunca. Es luz en su rostro, la que convirtió al líder en pueblo.

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