Sergio González: el viajero que vive en la arena

El mejor atleta masculino de deportes colectivos en 2016 conversó con Juventud Rebelde sobre sus inicios en el voleibol de playa, los resultados del año y su familia

Autor:

Norland Rosendo

La esposa embarazada y un hijo de año y medio, en Canadá; la madre, el padre, las tres hermanas y los sobrinos, en Santiago de Cuba; tíos, primos y otros parientes, en el poblado holguinero de Tacajó, y él, Sergio González, el mejor atleta masculino de Cuba en deportes colectivos durante 2016, «viviendo» en un rectángulo de arena, de 16x8 metros en La Habana. Esa es su casa: la cancha de voleibol de playa.

Junto a Nivaldo Díaz integra una pareja que quebró todos los pronósticos en los pasados Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Quinto lugar y a un remate de la semifinal. Antes, habían ocupado el noveno puesto en el Campeonato Mundial de 2015, aunque ese resultado no tuvo tanto rebote mediático como el del balneario de Copacabana.

Asiduo ganador en el circuito de la Confederación de Norte, Centroamérica y el Caribe (Norceca), el principal tándem cubano tendrá en 2017, al fin, su debut en el Tour Mundial. El sueño que Sergio ha acariciado tanto como al propio balón antes de ponerlo en juego.

Sobre cómo un niño gordito, medio bajito, de un pueblo perdido en la geografía nororiental, se convirtió en una estrella del voleibol de playa, JR conversó con este joven de 26 años.

—¿Cómo llegaste a esta modalidad del voleibol?

—Como casi todos, mis inicios fueron en el vóley de sala. Empecé en el área especial de mi pueblo, Tacajó, en el municipio holguinero de Báguanos. Después me captaron para la EIDE y estuve tres cursos, dejé esa escuela y regresé con mi familia. Hice dos cursos allá y me volvieron a llevar para la EIDE, pero ya para practicar el voleibol de playa.

«Yo era un niño medio gordito, con tendencia a subir de peso, tampoco tenía la estatura ideal; no era el mejor en la sala, pero no lo hacía mal, jugaba con astucia, por eso fue que me recomendaron que probara en la arena.

«Recuerdo que vi el partido de la semifinal de los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro 2007. A Francisco Álvarez Cutiño y Leonel Munder se les escapó la victoria frente a la pareja de Estados Unidos cuando la tenían en el bolsillo. Me emocioné mucho ese día. Qué cosa, parece que esa ciudad tiene su embrujo contra los cubanos en juegos decisivos.

«Entrenaba todo el tiempo. Me seleccionaron para la base juvenil de Ciego de Ávila y luego para asistir al Campeonato Mundial de esa categoría, en Holanda, en 2008. Era mi primer torneo en el extranjero y quedamos novenos».

—¿Y de ahí a la preselección nacional?

—Sí, un año después ya estaba participando en competencias fuera de Cuba con los mayores.

—¿Cómo fue que se integraron Nivaldo y tú?

—Primero jugué con Yaimel Borrell, que había sido mi pareja en el Mundial juvenil, luego con Karell Peña, después con Yoendry Kindelán, volví con Karell, hasta que se decidió que formara equipo con Nivaldo, un atleta con muchas potencialidades, pues tiene dos metros de estatura, salta y saca fuerte, y eso era lo que yo estaba necesitando. Para mí, él es uno de los mejores del mundo.

—Supongo que lograr un buen acople requiera de mucho trabajo, dentro y fuera de la cancha.

—Este es un deporte en que el equipo lo integramos solo dos atletas. Tiene que haber mucha química, entendernos de apenas mirarnos, y eso requiere de entrenamiento, convivencia, diálogo. Nosotros, como es lógico, tenemos nuestras diferencias, a él le gusta más la tecnología, los videojuegos; a mí, conversar y relacionarme de otra forma con las personas. Pero ambos tenemos un objetivo común, que es ganar, llegar al podio en competencias de envergadura, y eso está por encima de todo.

«Aspiramos a la perfección. Sabemos que nada es perfecto, pero siempre se puede mejorar más. Ese es nuestro lema».

—Vayamos a los Juegos Olímpicos. Esa actuación de ustedes fue apoteósica, tuvieron a casi toda Cuba despierta a media noche para verlos jugar. Llegar a Río de Janeiro fue difícil, así que    avanzar tanto no era un vaticinio muy sensato.

—Cuando empezó la temporada Nivaldo y yo hablamos, nos propusimos hacer algo grande, era un año olímpico. Entrenamos con rigor. En 2014 habíamos sido campeones en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Veracruz, después medallistas de bronce en los Panamericanos de Toronto 2015. Logramos el boleto para Río de Janeiro y cuando vimos el grupo en el que nos habían ubicado, pensamos: eso va a estar muy caliente. La dupla de Brasil, segunda del ranking mundial, la de Letonia, entre las mejores cinco de ese escalafón —dos parejas a las que estudiábamos por vídeos por la maestría que tienen—, y la de Canadá, a la cual nos habíamos enfrentado varias veces en el área.

«Cuando me vi rodeado de tantas estrellas en el congresillo previo, pensé: estoy donde quería; ahora, a jugar bien. Estaba tenso, pero concentrado, era algo raro, difícil de explicar. En uno de los entrenamientos subí a lo más alto de la cancha y observé el terreno, se veía chiquito, y me dije: esto es como el coliseo de Roma. Lleno debe ser una locura. Y así fue: nuestro primer juego en un cita olímpica, ante un equipo del país sede, ¡y qué equipo!, y aquellas gradas en que no cabía nadie más, gritando y bailando samba.

«Me acuerdo que le dije a Nivaldo: olvídate de todo, solo mira para mí y para los rivales. Y yo me concentré tanto que hubo un momento en que creía que los aplausos eran para nosotros».

—A partir de ahí, los ojos de los aficionados y los expertos se volvieron hacia ustedes.

—Algunos comentaron que ese triunfo había sido de casualidad, un chiripazo; pero después volvimos a ganar frente a los letones, y entonces sí empezaron a  creer en los cubanitos, como nos decían.

—Estuvieron tan cerquita de la semifinal…

— Sí, yo he visto ese juego contra los rusos de los cuartos de final no sé   cuántas veces y no me explico cómo lo perdimos, esa noche no dormí. Lo teníamos casi ganado. Solo era una jugadita más. Estábamos mejor preparados físicamente que ellos y con una dinámica superior, pero así es el deporte.

—¿Crees que la falta de roce al más alto nivel influyó en los instantes finales?

—Yo creo que sí; si hubiéramos tenido más competencias con los mejores del mundo, a lo mejor hubiésemos hecho otras jugadas para definir los puntos de la victoria. Cuando uno tiene que batirse frecuentemente contra duplas que están por encima, se prepara más; en cambio, si los rivales exigen menos, uno como que se acomoda…

—¿Y eso es lo que les sucede a ustedes en el circuito de la Norceca?

—Efectivamente, ya las principales parejas del área no van a ese torneo y sentimos que nos estancamos. Los adversarios son los que se superan al topar con nosotros.

—Por fortuna, y como premio a los resultados de ustedes, estarán en el Tour Mundial en la próxima temporada.

—Eso es lo máximo. Ahí se concentran los estelares. Si te impones en ese circuito, es más fácil hacerlo en unos Juegos Olímpicos o en un Mundial.

—Y en 2017 también se efectuará el campeonato del orbe...

—Ese será el evento más importante del año para nosotros. Nos vamos a preparar con todo para estar en el podio. El énfasis estará en los aspectos técnicos y tácticos y en la integración de ambos.

—¿Cuáles son tus ídolos en el voleibol de playa?

—En Cuba, Francisco Álvarez Cutiño, «El Tío», como le digo de cariño. En el mundo, los brasileños Emanuel y Ricardo y el estadounidense Dalhausser.

—Hablemos un poco de la familia. Imagino que para ti sea muy difícil, sobre todo, emocionalmente, tenerla tan lejos y dispersa.

—A veces me siento en la cama y me pongo a pensar, ya tengo 26 años, me gustaría estabilizarme con mi familia. En Cuba, viven en el otro extremo de la Isla, y la otra parte en Canadá. Mi esposa y mi hijo hace poco estuvieron aquí. Fueron unos días muy felices.

—Y tu pareja, ¿es deportista también?

—Sí, jugadora de voleibol de playa, pero por México, porque su mamá es de ese país, y su papá es el canadiense. Más o menos le pasa como a mí cuando está en competencias.

—El fin de año supongo que vayas para Santiago.

—El periplo es largo, estaré en Santiago, luego a Tacajó, volveré a Santiago, viajaré a Holguín para la ceremonia de los mejores atletas del año en la provincia, y de ahí nuevamente a Santiago. Y entre vehículo y vehículo, los «vuelos telefónicos» hasta Canadá.

Pero tantas horas de viaje no le tuercen el rumbo a Sergio. Su destino está en el voleibol de playa y él tiene muy bien hundidos los pies en la arena de la cancha.

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