Bajo la mirada de la vigilancia

El patrullaje en la urbe resulta normal para tratar de atajar hechos violentos y ahuyentar a las malas cabezas, como decimos nosotros, de lugares de gran afluencia

Autor:

Nelson García Santos

CULIACÁN, México.— Es lo más lógico de este mundo, bajo cuyo techo conviven tantísimas cosas irracionales, sorprenderse cuando apreciamos un hecho al que no estamos acostumbrados, como nos ocurrió en esta bella ciudad.

Fue el mismo día de la llegada, camino hacia el hotel donde nos alojaríamos aprecié dos patrullas de policías en vehículos portando armas largas. Pensé que alguna alteración del orden público merecía ese despliegue. Pero me llamó la atención que iban circulando sin sonar la sirena, es decir, asumían el tránsito como un vehículo más.

Después volví a ver esa imagen que, por sí sola, trasmite un mensaje de inseguridad y de zafarrancho en lugares céntricos de la urbe. Entonces asumí que era una cuestión normal. Y lo confirmé en conversaciones con la gente en la calle, conocedores al dedillo de todo lo que ocurre en su entorno.

Confirmaron que ese patrullaje en la urbe resulta normal para tratar de atajar hechos violentos y ahuyentar a las malas cabezas, como decimos nosotros, de lugares de gran afluencia. Si la sala requiere ese tratamiento, no sé cómo andará la cocina, en otras palabras, la periferia. Hacia allí lógicamente no me aventuré. Pero resulta fácil imaginar que la tensión en esa zona es mayor y más peligrosa. Un vistazo a la página policiaca del periódico el Sol de Sinaloa confirma los frecuentes asesinatos y otros hechos violentos.

Entonces se comprende cabalmente ese despliegue policial que incluye, por ejemplo, custodiar con hombres armados de pistolas y fusiles hasta los estadios donde practican los equipos.

Eso denota también el interés de las autoridades para garantizar la seguridad de los participantes en la Serie del Caribe, reforzando la vigilancia con uniformados y seguro que con otros vestidos de civil.

En la pesquisa con la gente de la calle me sorprendió una señora que al conocer que era cubano me dijo: «aquí hay gente buena». Me conmovió esa humilde vendedora ambulante con esa defensa a ultranza de su tierra ante un extranjero. «Sí, señora usted tiene toda la razón», le dije. Sonrió. Camino al hotel iba seguro de que tanto ella como yo sabíamos que Sinaloa, cuya capital es esta ciudad, resulta uno de los estados más violentos de México. Deduje que sabiamente quiso, para decirlo en buen cubano, poner la yagua antes de caer la gotera, advirtiéndome: ¡forastero, no te atrevas delante de mí a hablar mal de mi tierra!

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