Con catalejo y buena fe

Después de caer inesperadamente ante el cuadro de Israel y por segunda vez ante Japón, a los cubanos solo les quedaba como opción derrotar a la Maquinaria Naranja, pero en los últimos años este equipo ha sido una bestia para la Mayor isla de las Antillas

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Norland Rosendo

TOKIO, Japón.— Hace cuatro años los holandeses les cerraron la puerta de la semifinal a Cuba en el Clásico Mundial de Béisbol. Entonces fue un partido equilibrado, que estuvo buena parte del tiempo a favor de los nuestros. Ahora, los mismos verdugos terminaron ponchándoles el sueño a los muchachos de Carlos Martí. La diferencia estuvo en el marcador: fulminante nocaut (14-1).

Después de caer inesperadamente ante el cuadro de Israel y por segunda vez ante Japón, a los cubanos solo les quedaba como opción derrotar a la Maquinaria Naranja, que en los últimos años ha sido una bestia para los equipos de la Mayor isla de las Antillas. Aferrados a esa esperanza salieron a la grama del Tokyo Dome, que unos minutos antes del juego tuvo una ligera sacudida, apenas perceptible por las personas habituadas a los movimientos telúricos, muy frecuentes en este país.

Era el augurio del gran terremoto que vendría después. Una sacudida a batazos con la que Holanda dejó fuera del torneo a Cuba. Los jardineros nuestros se pasaron casi todo el tiempo corriendo hacia atrás, cuatro veces para ver la pelota caer en las gradas y unas cuantas para capturarla pegados a la cerca.

El cuarto hombre en la tanda de los europeos, Wladimir Balentien, firmó par de estacazos, y Yurendell Decaster y Kalian Sams se apuntaron uno cada uno. Mientras, el zurdo Diegomar Makwell caminó durante seis entradas como un turista divirtiéndose por esta ciudad futurista. Es la segunda vez que derrota a un equipo cubano en este tipo de torneo, la anterior fue en 2013, con marcador de 6-2 en el inicio de la segunda ronda.

Holanda y Japón, que un rato después derrotó a Israel y se mantuvo invicto, se adueñaron de los dos pasajes para la ronda semifinal.

Pero dejemos a un lado lo que pasó en el juego del adiós. Cojamos el catalejo de Buena Fe y miremos, con buena fe, la luna y también el meñique de esta historia. Sé que en estos días serán muchos los comentarios que leeré de ustedes, protagonistas de la esquina caliente que dentro de poco publicaremos. Y quizá una no alcance.

Con el equipo que nos presentamos en esta competencia no podíamos aspirar a un resultado superior. Solo dos atletas con experiencia en ligas profesionales de jerarquía: Frederich Cepeda, que ya fue descartado en Japón, y Alfredo Despaigne, quien volvió a firmar aquí. Por suerte, varios jóvenes llamaron la atención de los scouts nipones y se vislumbran algunos contratos más, además de los ya rubricados.

Desde el inicio el compromiso fue llegar a la segunda fase. Ya en esa ronda, había más corazón que equipo para seguir con vida. Sin los argumentos que exige un torneo como este, era lógico que en vez de coger el avión rumbo a Los Ángeles, el vuelo aterrizara en La Habana.

Hay una verdad que no se puede maquillar. Dígase con las palabras que lleva: el béisbol cubano actual, el que se juega en la Isla, no está apto para reeditar la actuación del Clásico de 2006, cuando se conquistó la medalla de plata. Ni siquiera para aspirar a la semifinal.

Muchos «movimientos telúricos» tendrán que ocurrir para dotar a nuestro deporte nacional del linaje que tanta gloria le dio en el mundo. Hay que repensarlo todo. Llamar a los mejores entrenadores. Estudiar por dónde andan las cosas afuera, y qué podemos aplicar dentro. Como decía Carlos Martí en una de las tantas charlas informales que tuvo con el equipo de prensa cubano acreditado al torneo: «Talento hay, por arrobas, pero hay que formarlo, y eso requiere de recursos y estrategias».

Dejemos como pie forzado para el debate algunas deficiencias mostradas aquí por los jugadores cubanos. Los lanzadores exhibieron poco control sobre los envíos, estaban muy regados, como decimos en el argot deportivo; pocos tiran 90 millas sostenidas, cuando lo común es rebasar ampliamente esa velocidad; casi ninguno exhibió un tercer pitcheo y el cambio de velocidad es un arma que deben perfeccionar.

Los bateadores necesitan rozar más con la élite para habituarse a pitcheos que en Cuba, sin sonrojo, nunca ven. Tienen que aprender a leer el juego, a hacer con calidad lo que cada circunstancia demanda. Ya sea tocar, batear por detrás del corredor, elevar un batazo a los jardines… En el béisbol moderno, quien regala pierde. Y no se puede ir al cajón de bateo a improvisar.

En cada sesión de entrenamiento de bateo Orestes Kindelán estuvo corrigiendo defectos, pero eso no se logra en un día, ni en dos, ni en una semana. «Aquí no le puedo pedir a los jugadores que hagan lo que no saben hacer», nos dijo varias veces Martí.

Hay algo que no se puede negar, y es que existe una escuela cubana de béisbol. Los muchachos de 15 y 16 años dominan los fundamentos básicos, y eso impresiona a los expertos foráneos. Pero se quedan ahí, como congelados, cuando requieren más juegos en el mejor nivel posible.

No solo los atletas necesitan de un mejor pensamiento técnico-táctico, hay que superar a los entrenadores, desde la base hasta el cielo de la pirámide, para que apliquen los conceptos modernos, la sabermetría.

Conformarse con un lugar entre los primeros ocho del Clásico no satisface las expectativas de la afición cubana. La meta tiene que ser jugar como los mejores. Entonces, vendrá el podio.

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