Lucas y los pitchers cubanos

Desde antes de salir para Asia, más que rectas o curvas, los pitchers de Carlos Martí lanzaban signos de interrogación que caían en la zona de duda

Autor:

Norland Rosendo

A la espera de la semifinal, después de que los boricuas garantizaran su pasaje a Los Ángeles «rebelándose contra su metrópoli» y de que anoche uno de los favoritos para ganar el Clásico (República Dominicana o Estados Unidos) se quedara fuera de la ronda de los cuatro jerarcas, sigamos con la radiografía del «Cuba».

Desde antes de salir para Asia, más que rectas o curvas, los pitchers de Carlos Martí lanzaban signos de interrogación que caían en la zona de duda. Durante la gira previa trataron de «entrar en caja» con el conteo de aquella zona, donde a los árbitros no hay quien les pase más de tres bolas por strike.

Ya en el Clásico, se confirmó lo que expertos habían vaticinado y que comentamos en el último texto enviado antes de cruzar el Pacífico de regreso: sin control sobre los comandos, con dos pitcheos en el repertorio y sin una velocidad sostenida en la recta sobre las 93 millas por horas, es prácticamente imposible ganar en ese tipo de béisbol.

Aunque había muchos atletas con experiencia en la Gran Carpa, la calidad de los juegos en los grupos asiáticos era comparable con el nivel AAA, según la opinión de especialistas consultados por JR en Tokio.

En 49 entradas, a los serpentineros cubanos les anotaron 40 carreras (32 limpias), les conectaron 55 hits (nueve jonrones), según consta en el sitio oficial de la competencia. Como promedio, los rivales pisaron más de siete veces la goma en cada partido, por una u otra causa; limpiamente, fabricaron casi seis de esas carreras. La despedida ante Holanda «engordó», y de qué manera, los números.

En las Grandes Ligas se ponchan, como media, dos bateadores por cada uno que es transferido. El staff cubano en el Clásico casi trabajó a razón de uno por uno: 40 ponches y 30 boletos.

Mientras más hombres entran en circulación, mayores son, obviamente, las opciones de anotar carreras. Así que mantener limpias las almohadillas resulta clave para minimizar las opciones a la ofensiva del adversario. ¿Cómo se comportó el WHIP (bases por bolas otorgadas más hits permitidos por innings lanzados) de los pitcher cubanos?

De acuerdo con esta estadística de la sabermetría, un lanzador con efectividad logra un índice próximo a uno o por debajo de uno. O sea, que se le embase un corredor por entrada. Solo tres insulares lograron un resultado así: Miguel Lahera (0.86), Vladimir Baños (0.89) y Leandro Martínez (1.00). Después aparece Vladimir García, a quien por esas vías se le embasaron tres rivales cada dos innings.

A seis les llegaron a las almohadillas dos o más hombres por entrada, incluido Lázaro Blanco, quien no pudo satisfacer las expectativas como principal carta del pitcheo cubano, y en 4.1 entradas tuvo un WHIP de tres.

El peor de todos fue José Ángel García, que apenas sacó un out, toleró par de incogibles e igual cantidad de carreras, y si lo hubiesen mantenido en el box, los números dicen que hubiera embasado a nueve hombres por inning.

Ahora, hagamos algunas comparaciones. De los trece lanzadores de Japón —invicto en seis salidas al terreno— solo uno tuvo un WHIP superior a dos. A seis serpentineros apenas le llegaron a las bases uno o menos corredores por entrada.

El cuerpo de pitchers de Holanda —el segundo equipo clasificado a la semifinal por aquella región— también exhibió un comportamiento de elogios en esa estadística de la sabermetría. Nueve trabajaron para menos de dos, y cinco se mantuvieron en el entorno de uno o menos.

Se nota la diferencia respecto a los nuestros, ¿verdad?. Y esa vulnerabilidad de los lanzadores cubanos fue muy costosa, pues los equipos que enfrentó en el Clásico practican el slogan de Lucas: «lo que te den, cógelo».

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