De béisbol, entre nombres y mascotas

A la pelota nacional le hace falta además de más calidad en el juego, mucho espectáculo, para que entre iniciativas y jonrones le devuelvan el esplendor que nunca debió perder

Autor:

Norland Rosendo

El béisbol no cabe en un terreno de pelota. Quienes pretenden que el juego se apriete en esa figura geométrica   que combina medio cuadrado y un semicírculo dejan fuera la mitad del espectáculo.

En un partido puede haber jonrones, ponches, robos de base, engarces de jugadores volando tres metros que parecieran 20. Puede haber remontadas, empates sensacionales. Puede haber todo eso, que sin las gradas abarrotadas, sin los aplausos o las rechiflas, está incompleto. Es como una playa cubana sin piropos (de ellos a ellas y ellas a ellos, que conste).

El béisbol no es nueve contra nueve, ni diez contra diez, si se incluye al bateador designado. Es un bando contra otro; una legión de aficionados (en el graderío o fuera de él) aupando a un grupito de jugadores, a sus dioses en el terreno. Para que sea béisbol tiene que haber todo eso. En fin, espectáculo.

En Cuba, donde ese deporte se mezcló en la misma cazuela con el son, la guaracha, las películas Memorias del Subdesarrollo y Fresa y Chocolate, con el pintor Wifredo Lam, las novelas Paradiso y Cecilia Valdés, con Alicia Alonso, el dominó, la rumba…, no es, lamentablemente, lo que quisiéramos que fuera. Puede serlo, pero no lo es.

No hace falta muchos recursos (materiales, digo) para que la afición vaya al estadio no solo a ver dos equipos de nombres insípidos jugando. ¿Qué tal si empezamos por ahí, por los nombres? ¿Y si seguimos con las mascotas?

Donde se juega por dinero, nada que pueda dejar ganancias queda fuera. Aquí, donde hay otros incentivos más humanos que engordar bolsillos, tampoco creo que debamos obviar resortes que enganchen a los públicos, que incentiven a los niños, que provoquen goce en las gradas. Que enamoren, y más en estos tiempos en que el fútbol —el mejor fútbol del mundo, que no es el mejor fútbol de la historia— acorrala en pequeños y mustios estadios a la pelota cubana.

No importan las estructuras competitivas, que en nuestra ínsula cambian con demasiada frecuencia; hay que pensar, entre otras cosas, en los nombres de los equipos y en las mascotas. Que identifiquen, pero que sean auténticas.

En algunos equipos de nuestras series nacionales sobrevive algo de esa mística. Uno, probablemente el más fiel a la historia criolla del béisbol, sea de la época que sea, es Industriales, cuyo nombre no se parece al del resto, que tuvo a un Armandito el Tintorero arengando con su escoba y su picaresca, y que cuenta con su León azul, una mascota que integra al fiero animal heredado del Habana con el color del Almendares, ambos de la liga profesional cubana.

Otros conservan algo. Pinar del Río sabe que su mejor nombre es Vegueros. Anda ahora buscando su mascota, que no será (gracias al sentido común) el Tsunami impropio. Han convocado a un concurso popular. Sabia idea. Sin imposiciones, a fin de cuenta, la pelota es del pueblo.

En la Isla de la Juventud se debatían entre Tiburones y Piratas. Incluso, hubo quienes sugirieron fundir ambos motes. Al final se quedaron con el nombre y la mascota del hombre con el parche en el ojo. A una Isla tan pequeña, donde se dice quedan muchos tesoros escondidos desde la época de los atracos en alta mar, no le queda otra opción que abordar como fieros piratas a las «naves» más grandes de la Serie Nacional, que viéndolo pragmáticamente, sí son los tiburones tratando de engullirse a una «presa minúscula».

Con un ojo tapado y el bate despierto

Además, es fácil llenar el Cristóbal Labra de aficionados con parches en uno de los ojos. Tiene su dramaturgia, su encanto. Y suena musical el nombre: los Piratas de la Isla. A los niños los conecta con un mundo de fantasías y a los adultos con sus lecturas y películas juveniles.

Cienfuegos probó con un Camaroneros que nunca tuvo pegada. Era como el nombre de una empresa pesquera. No imagino a un hombre vestido con un traje de ese crustáceo en el estadio. Si un equipo de ese territorio había jugado antes con el nombre de los Elefantes, ¿por qué olvidar la historia?. Afortunadamente, los Elefantes verdes están en la selva de la pelota cubana. Quizá lentos, pero aplastantes, deseosos de enganchar en su trompa otro buen resultado y seguir encaramando sobre sí a los fieles seguidores del plantel sureño. Un paquidermo fue erigido frente al estadio 5 de Septiembre. Como para que nadie vuelva a olvidar que así se llamó el primer equipo que dio lustre al béisbol de esa región.

En Santiago de Cuba optaron por las Avispas. Fue una decisión imprevisible. De una tierra de grandes peloteros, de bateadores fornidos, de heroicidades, se esperaba una fiera como mascota. Pero no, prefirieron una cualidad: el trabajo unido, y en eso no hay dudas de que el enjambre de Avispas es un ejemplo. Si no, pregúntele a los equipos que enfrentaron a los muchachos del sub-23 de esa provincia en el pasado campeonato nacional. Quedaron hinchados de tantas picadas.

Curioso es el caso de Matanzas, se apropió de un animal que «heredó» con la división político-administrativa de 1976. La Ciénaga de Zapata era de Las Villas, pero ahora ellos son los dueños de esa región donde abundan los cocodrilos. Esos mismos que andan «sueltos» por toda la provincia en carteles, gorras, pulóveres, esperando el mordisco final a una corona que le ha sido místicamente esquiva. El Cocodrilo rojo que anima con su pasillitos el Victoria de Girón y el que se yergue, hierático, sobre la pizarra, no hay dudas que hacen de esa plaza, una de las más espectaculares de la pelota cubana actual. Ojalá siga así en la época pos Víctor Mesa.

Importados desde la selva

Ya nadie recuerda cuando Ciego de Ávila dejó de comer su propia piña y se vistió de Tigre, el felino que distinguió al Marianao de antaño, se volvió muy fiero por esa zona central de la Isla. Sacó    sus garras, ya no fue más de los de la retaguardia.

Cuentan que hasta hubo quien sugiriera llamarle las Águilas avileñas, como homenaje al patriota del terruño Simón de Jesús Reyes, un hombre que, dicen, tenía la vista y la astucia de esa ave para burlar a los españoles y cruzar la trocha de Júcaro a Morón. Optaron por los felinos, y les ha ido bien.

Buen nombre y mascota tienen los espirituanos. Solo les falta salir a la valla, finos y de pelea, como los Gallos que se dicen ser. Así como lo hacía con ese apodo Owen Blandino, bautizado por el mítico de la narración deportiva Boby Salamanca.

Después de varias propuestas, Holguín se quedó con los Cachorros. Pudieran ser los mineros, porque nadie tiene más de esos recursos naturales en el oriente que ellos, pero de veras que no luce «agresivo» para un equipo de pelota y por otra parte ese era el nombre de un conjunto en el que militaron tuneros y granmenses también.

Sin moler la historia

Pero hay equipos que necesitan definir mejor su identidad. Por ejemplo, el Villa Clara de tanta historia, que vio jugar en su ciudad capital al mejor elenco, según dicen los historiadores deportivos, de la pelota cubana antes de 1959, con el trío de jardineros más famosos que se recuerde en una misma alineación: Alejandro Oms, Pablo Champion Mesa y Oscar Charleston.

También estuvieron en esa «manada» otros tantos que quedaron inmortalizados en el firmamento legendario del béisbol insular, como Martín Dihigo, Lázaro Salazar, José de la Caridad Méndez, Manuel «Cocaína» García y una espléndida legión de jugadores negros norteamericanos que brillaron por encima del racismo de entonces.

Probaron con una naranja que no se ve en sus fértiles tierras y ahora intentan con unos Azucareros que son patrimonio compartido con Cienfuegos y Sancti Spíritus. Incluso, algunos de los hombres que jugaron en aquel «centralito» de moler rivales entre finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado no aprueban que el equipo actual de Villa Clara ostente ese nombre. Leopardos Naranjas podría ser la mejor combinación. Echarse a cuestas un central por todo el estadio para endulzar a los aficionados parece una obra de ciencia    ficción.

Otro que merece repensar su simbología es Mayabeque, una selección que de Huracanes solo tiene el nombre (ojalá sea solo por ahora). En su breve incursión en los torneos nacionales apenas ha exhibido unos vientecillos que ni matas de plátano derriban. En la estrategia de ese territorio para reforzar su identidad el béisbol debe ser uno los elementos protagonistas. Que los seguidores de ese deporte allí (buena parte identificados con los Industriales de la capital) amen más a su equipo. Nombre y mascota más espectaculares pueden levantar ese orgullo, que en mayor medida han logrado los artemiseños con sus cazadores flechando a la afición.

A la pelota cubana le hace falta no solo más calidad en el juego. También, y mucho, espectáculo. Originalidad e historia hay. Quizá un día los equipos dejen de llamarse solo por el nombre de sus provincias y, como Industriales, sean más auténticos, todos con mascotas singulares. Pero hay que lanzar rectas por la zona de las buenas intenciones para que las iniciativas emulen con los jonrones, y entre ambos le devuelvan el esplendor que nunca debió perder nuestro pasatiempo nacional.

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