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Cheíto Rodríguez: Tu nombre es jonrón

Qué, si no sueños, son los recuerdos que nos dejaste en herencia

Autor:

Francisco G. Navarro

A estos 11 meses de graderíos vacíos, cuando la parábola suprema de la pelota estalla más allá de las cercas, sin el eco de gargantas rabiosas, se le viene a sumar este guantazo del destino que le escamotea al olimpo del bambinazo criollo el mejor de sus dioses.
 
Con tantos “dedboles” que te dio la vida y aún seguías dándole a la vida sueños, hubiera escrito el poeta esta tarde sabatina cuando tu corazón de artillero mayor hizo el peor swing de la historia.
 
Qué, si no sueños, son los recuerdos que nos dejaste en herencia a quienes destrozamos las cuerdas vocales aquella noche de abril, cuando en el Latinoamericano le enderezaste una ¿slider? a Rogelio, que sonó de la punta al cabo como mazazo de juez al dictar sentencia.
 
Qué, si no sueño amargo, otros le dicen pesadilla, aquel verano perverso cuando le hicieron un número 8 al 6 que no te cabía en las espaldas.
Otros hasta casi duplicaron luego tus vueltas al cuadro, pero la leyenda escribió tu nombre como primer sinónimo del gol de la pelota nacional.
 
Y si hacía falta una evocación para completar tu tarja en el Salón de Fama, bastaban las cuatro palabras abracadabra con que el Genio Bobby te abría camino entre el on-deck y el pentágono.
 
También eras casi sinónimo de silencio cuando eras el protagonista de un escenario llamado diamante. El que mejor ha hincado un par de spikes en el lado derecho del plato. El que hacía de pecho y güevos un muro de hormigón en la esquina de la candela y luego ponía la píldora de strike en el mascotín de tu compinche Antonio El Gigante, el lado zurdo de la yunta temible en una época cuando el pantalón del uniforme aún dejaba las medias a la vista y los chéveres del juego se gastaban unas patillas casi a lo Elvis.
 
Lo más probable es que no tenga una foto contigo, como tampoco una pelota autografiada. Me basta con los saludos que tu mano de bate legendario acuñó en la mía de tecla ordinaria.
 
Creo que te conocí antes que la Fama te conociera. Cuando una Escuela al Campo rara juntó a adolescentes de tres secundarias a recoger café en un valle liliputiense de Escambray.
 
Aunque mi convencimiento raya en la certeza, la próxima vez que te viera me había jurado iba a confirmar el dato. Solo importante para la biografía de mis pequeños detalles. Lástima que no me diste tiempo, Cheo. Como si no fuera suficiente que al jonrón le hayan robado el eco y a las gargantas la rabia buena.

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