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El 10 de Octubre, la Revolución y los secuestradores

En fechas y circunstancias distintas, los revolucionarios en Cuba, desde que el Padre de la Patria uniera en un solo propósito la lucha por la libertad nacional con la justicia social, se han visto enfrentados a las mismas disyuntivas de salvar la Revolución, incluso ante los mismos enemigos. Por eso, no cesa la agitación de aquella fecha fundadora 153 años después y somos depositarios de una tradición heroica y un amor a la libertad que desafía todas las adversidades y amenazas del presente, a la vez que nos infunde fuerzas y optimismo para encarar serenamente el porvenir

 

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Como si rompiera el susurro de la naturaleza en La Demajagua, ese apartado y sagrado altar de la historia cubana, puede sentirse el rebato de las campanadas. No cesa la agitación de aquella fecha fundadora 153 años después.

Se le niega la calma merecida a la nación que emergió de una Revolución de tantos años, después de todos los sacrificios. Es como si cada 10 de octubre estuviéramos frente a la misma disyuntiva: El Yara o Madrid en la disputa histórica entre el ansia independentista, libertaria y justiciera o la mentalidad colonizada de la sumisión.

Hay que preguntarse por qué se intentó siempre arrancar a la Revolución de sí misma, para dejarla absolutamente vacía, devaluándola, desnaturalizándola o buscando transferir la fuerza redentora de su simbología a manos de sus enemigos.

La pretensión no es para nada nueva, ni tampoco se circunscribe al período posterior a 1959, cuando triunfó en Cuba una de las revoluciones más radicales de la contemporaneidad, que se proclamó, por sus aspiraciones e ideales, continuadora de la iniciada en Yara por Carlos Manuel de Céspedes.

El mismo Fidel Castro Ruz, todavía muy joven y cuando maduraba para convertirse en el líder de la Generación del Centenario, tendría que enfrentarse a los intentos de manipulación burda del concepto de Revolución en Cuba.

En el artículo Revolución no, zarpazo, en el periódico El Acusador, Fidel desmontaría el intento de Fulgencio Batista de legitimar el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, bajo el pretexto de que estaban amenazadas las conquistas sociales de la denominada Revolución del 30, en caso de salir victoriosos sus oponentes políticos en las elecciones.

No llame revolución a ese ultraje, a ese golpe perturbador e inoportuno, a esa puñalada trapera que acaba de clavar en la espalda de la república, denunció.

No sería Batista tampoco el único que intentaría, en el discurrir de la historia cubana, de apropiarse de la palabra para apuntalar sus despropósitos o aspiraciones. Estudiosos señalan que era bastante regular su referencia por la misma fecha en que el entonces joven abogado Fidel hizo su denuncia, incluso que partidos de entonces se definieran como revolucionarios, para trazar un paralelo con el creado por José Martí el 10 de abril de 1892.

Sería precisamente en el centenario del levantamiento del 10 de Octubre cuando Fidel, al resaltar el significado del levantamiento en La Demajagua, destacaría que aquel sería el comienzo de la Revolución en Cuba y plantearía la tesis fundamental de la existencia de una única Revolución.

Nuestra Revolución, con su estilo, con sus características esenciales, tiene raíces muy profundas en la historia de nuestra Patria. Por eso decíamos, y por eso es necesario que lo comprendamos con claridad todos los revolucionarios, que nuestra Revolución es una Revolución, y que esa Revolución comenzó el 10 de octubre de 1868, subrayó entonces.

No era tampoco la primera ocasión en que se plateaba la tesis de la Revolución inconclusa, una idea que había tomado fuerza en los años 30 del siglo pasado, entre los revolucionarios que habían enfrentado la dictadura machadista, muchos de ellos permeados del ideal martiano, y que completó su elaboración con el triunfo de enero de 1959.

En el mismo discurso por los cien años del grito de libertad o muerte, Fidel enfatizaría en que los revolucionarios en Cuba deben saber que cuando se hace referencia al deber de defender esta tierra, esta Patria, esta Revolución, hemos de pensar que no estamos defendiendo la Revolución de una generación.

Aunque en fechas y circunstancias distintas, los revolucionarios en Cuba, desde que el Padre de la Patria uniera en un solo propósito la lucha por la libertad nacional con la justicia social —al liberar a los esclavos y llamarlos a la lucha— se vieron enfrentados a las mismas disyuntivas históricas, incluso ante los mismos enemigos.

Estos últimos no escatimaron en oponer a la tesis de la Revolución inconclusa, permanente, la de la Revolución frustrada, incluso traicionada, tan calorizada por la maquinaria de manipulación contrarrevolucionaria tras los duros efectos provocados por la crisis total de la COVID-19, combinados con las más de 240 medidas de cerco de la administración Trump, mantenidas en perversa complicidad por la timorata presidencia de Joe Biden.

Aunque dicha tesis formó parte de la artillería anticubana desde el comienzo del proceso de radicalización de la Revolución, es ahora que alcanza su clima oportunista de intoxicación.

Tal vez la urgencia está dictada porque nunca, como hoy, la idea de la Revolución inconclusa se encuentra con la de la Revolución imperfecta, pero leal a sus raíces y victoriosa, para —como en 1868—, poder dar otro salto en la historia, a partir de cambiar todo lo que debe ser cambiado, como preconiza uno de los más encumbrados conceptos de Fidel.

Solo entonces podremos, tal vez, escuchar en la calma y el bienestar merecidos, como pueblo, el hermoso y misterioso susurro de la libertad.

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