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Atrapado entre el amor y el susto (+ Fotos)

Tito reacciona contra el COVID-19 es el modo como el escritor, actor, director y dramaturgo Maikel Chávez García ha encontrado de «pensar como país»

 

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Pensar como país, para el reconocido escritor, actor, director y dramaturgo Maikel Chávez García, «no es más que brindar lo mejor de uno a favor del crecimiento de la tierra que te vio nacer. Vivimos momentos de gran tensión a causa del nuevo coronavirus y ello exige que los artistas comprometidos encontremos algún modo de ayudar».

E idearlo y ponerlo en marcha ocurrió casi al unísono. Así surgieron, desde la Radio Cubana, las capsulas tituladas Tito reacciona contra el COVID-19, que por estos días se transmiten en varias emisoras de la Isla. «Tito es un niño que maneja las tecnologías digitales; dicho en buen cubano: que está al día. Él es el protagonista de esta serie, resultado del intercambio del Instituto Latino de la Música (ILM) con Radio Arte. Junto a las productoras generales Danay Martínez y Cristina Reyes Paradelo, y con la destreza del musicalizador Daniel Piña y los magistrales guiones de Ernesto Tamayo, habíamos realizado un primer paquete de diez programas donde Tito hablaba de grandes músicos cubanos.

 

El proyecto Tito reacciona comenzó hablando de grandes músicos cubanos, como Edesio Alejandro

«En medio de esta compleja situación actual creímos que lo más coherente era involucrar en ella a un personaje tan bien logrado. Se lo propusimos a Anabel Candelario, directora de Radio Progreso, quien con su juventud y su espíritu no lo pensó dos veces y puso a disposición los estudios de grabación, donde también nos colaboraron Dinorah Bárcenas y el grabador Enrique Hernández. Esta vez Tito se comunica con la familia y da las orientaciones necesarias para protegernos de tan terrible pandemia. En cada cápsula se despide diciéndonos: “¡Reacciona con Tito, porque el saber te puede salvar!”».

—¿Cómo llegó Tito reacciona contra el COVID-19 al dibujo animado?

—Daniel Martín, presidente del ILM, un joven intenso e intranquilo, no quiso que las cápsulas se quedaran solo en la radio e inmediatamente entusiasmó al animador Luis Ernesto González. Ya se prepararon tres spots con un equipo donde nos mantenemos Ernesto Tamayo en el guion y yo en las voces.

«El arte debe iluminar y provocar siempre renovadores deseos de vivir, mientras los artistas estamos en la obligación de estar al lado de nuestra gente. Ahora nos corresponde hacer más llevadera esta crisis del coronavirus, por eso los animados y las cápsulas de Tito reacciona… Por eso los aplausos a los médicos cada noche, profesionales increíbles como mi tía Eivet García y su esposo Miguel Liván, anestesiólogos, quienes están al pie del cañón. Todos son verdaderos héroes... Los cubanos tenemos el espíritu del zunzún: tan frágiles, que el aleteo podría quebrarlos, y tan fuertes que ni el más temible huracán consigue destrozar a esa avecita hermosa, alegre, rápida, enérgica».

—Al parecer no hay nada que te haga dejar de trabajar...

—No puedo, no está en mí. Gracias a ello muy pronto saldrá finalmente, bajo el sello de Ediciones Alarcos, Ocho historias para un domingo, mi antología de obras de teatro con selección y prólogo de alguien a quien adoro, Rubén Darío Salazar, mientras que otra a la cual también amo, Fefi Quintana, se encargó de la edición. Pero, además, sigo ensayando, ahora desde casa, La isla en la maleta, con puesta en escena de Ernesto Tamayo, lo cual no impide que continúe asesorando al grupo El Arca, con el que tenemos varios proyectos. La serie Fernanda, de los Estudios de Animación del Icaic, sí va a tener que esperar un poquito a que pase esta contingencia.

Maikel Chávez y Ernesto Tamayo, su más fiel colaborador

Maikel, ¿cuáles son los dramaturgos en los que te reconoces?

—Todavía me veo como un pichoncito, incapaz de decir que me reconozco en este o aquel. A mí me encanta Abelardo Estorino, quien escribió obras muy ligadas a la familia como La casa vieja. También me parecen fabulosas piezas como El jardín de los cerezos y Las tres hermanas, de Chéjov, aunque hay gentes a quienes no les gustan mucho. Yo sí soy un fanático de Estorino y de Chéjov.

«Mas no solo leo teatro. Para Puerto de Coral, por ejemplo, me acerqué mucho a los poemas de Alfonsina Storni y a todo aquello que estuviera ligado al mar, para atrapar en el lenguaje teatral y en el literario, el marino que deseaba lograr. No quería reproducir el lenguaje de mi familia, sino que hubiera una elaboración literaria... Volviendo a tu pregunta, igual tengo referentes de seres que admiro como Ulises Rodríguez Febles, Norge Espinosa…».

—¿Qué distingue tu labor como dramaturgo?

—Mi dramaturgia consiste en ir replanteándose sobre la escena la misma escena... Antes que dramaturgo fui actor y guionista de radio. Todo empezó en el año 2000 cuando entré a Pálpito. Entonces comencé a empaparme del arte de construir textos para la escena, bebiendo de la sabia de Norge Espinosa y Abelardo Estorino. Con ropa de domingo se llamó el texto con el cual debuté por accidente, pues Norge andaba involucrado en otros proyectos. Y como siempre he sido tan fresco, me atreví.

«Luego cursé el seminario de Dramaturgia que convocó el Centro de Investigaciones de las Artes Escénicas, donde tuve el privilegio de contar con maestros como Freddy Artiles, Osvaldo Cano y Eberto García... Ahora te puedo asegurar que cada vez que leo un texto mío publicado, más que disfrutar el proceso de la edición y el olor a libro nuevo, lo que me viene a la mente son los recuerdos de ese momento en que estuvimos juntos en la obra, independientemente de aciertos y lunares.

«¿Cómo mi obra se conecta con la dramaturgia cubana? Pues no sé, eso que lo digan los especialistas. Yo solo estoy creando en cada estreno, desde un grupo, una dramaturgia. Ese diálogo entre director, dramaturgo y actor me ha hecho crecer, replantearme los procesos creativos. Opino que lo que uno escribe, si no es virado al revés por el director y los actores, es en extremo aburrido. Hay que trabajar unido a ese colectivo. Tampoco es ir al libre albedrío. Ya en confianza reconozco que hay obras que me las han hecho leña. Pero es culpa mía por no estar al lado de esos otros colectivos que las han montado.

«La coherencia que he encontrado con Ernesto Tamayo y La isla en la maleta, en nuestro anhelado proyecto Ínsula Teatro, está en confraternizar, en ver que el teatro, la dramaturgia, es un acto vivo, de fe. Que el actor es el centro. Estoy convencido de que la dramaturgia es fundamental, pero si los dramaturgos no logramos que los actores sean la dramaturgia misma, estamos perdidos. El actor es la cara del texto».

‒Al parecer no te ha ido tan mal cuando en 2018 ganaste, por ejemplo, el Premio José Jacinto Milanés...

‒Para mí ese premio, que obtuve, por cierto, con el texto que presenté en la Feria del Libro de este año, ha sido una bendición. Matanzas es una ciudad con magia. El espíritu del poeta está ahí. Se siente apenas llegas y la brisa de la bahía te acaricia el rostro. Me honra que el jurado que integraron Ulises Rodríguez, Lidia Meriño y Fefi Quintana, de lujo, sin dudas, haya reconocido mi obra La ínsula prometida. He recibido muchos premios en mi vida, pero este quedará en mi memoria justo por esa razón.

‒¿Para quién prefieres escribir?

‒Para ese monstruo de mil ojos que es el público. Le temo y lo amo. El público es impredecible. Nunca sabes cómo recibirá tu obra, pero adoro cuando se para y grita: «bravo»; adoro cuando se ríe o llora. Escribo para ese público de a pie, o de a sentado, ese que «me arrebata» mi obra para hacerla suya, lo cual me alegra porque queda más protegida.

«Aunque el fenómeno de la recepción depende de particularidades, siempre el espectador me ha dado las pautas para ir modificando mi escritura. El teatro es un arte vivo. Si no piensas en el espectador mejor dedícate al cine o a la televisión, pues la representación es un intercambio de energías entre la escena y la platea. Y eso justo es lo que más amo, y lo que más me asusta. También lo que me hace continuar».

‒Es evidente que te complace crear vida sobre la escena...

No es extraño encontrar a Maikel Chávez actuando en sus propias obras

‒Exacto. Yo no recreo la realidad, no, no, no. ¡Yo creo una nueva realidad sobre la escena! Esa que imagino. Es tan extravagante y divertida, y desde la escena tenemos tanto que contar... Me estimula saber que esa nueva realidad que construyo podría incomodar a los espectadores. Incomodar o agradar. El teatro me ayuda a creer que podemos escapar del tedio en el que a veces nos sumergimos. Odio la cotidianidad absurda y caótica. Por eso, me escapo de vez en cuando para darme un paseo por ese mundo de las maravillas que es la escena.

‒Pero lo tuyo no es únicamente el teatro...

‒Guardo como un tesoro la colección Planeta Cachivache, de Ediciones Cubanas, ilustrada por ese gran maestro que es Jorge Oliver, y que aún está al alcance de los niños en las redes de tiendas de Artex. Me considero un artista. Un loco que se reinventa la realidad día a día. No solo soy dramaturgo, sino que escribo cuentos infantiles, guiones para radio, críticas teatrales, cartas de amor cuando el corazón me lo pide... Actúo en mis obras y en los dibujos animados, mi gran pasión (agradezco a los Estudios del Icaic por haberme acogido desde 2005). Dirijo programas en Radio Progreso y Radio Arte... Creo que todo lo que hago se complementa.

Jorge Oliver ilustró la colección Planeta Cachivache, de Maikel Chávez

—¿De dónde surgió esa pasión por el teatro, la radio, la escritura?

—Cuando tenía 15 años me vinculé a la emisora Radio Caibarién, que asume su nombre del pueblo donde nací. Tenía muchos deseos de trabajar pero, imagínate, quién iba a tomar en serio a un niñito de esa edad. Un día, que estaba en el estudio, me enteré de que buscaban actores. Les dije: «yo sé hacer voces para niños». Se empezaron a reír. Para que me creyeran, escribí un spot sobre el aniversario de la Organización de Pioneros José Martí y de la Unión de Jóvenes Comunistas, donde puse a dialogar varios personajes. Esperé el momento en que no hubiera actores y le pedí al sonidista que me tirara un «salve». «No puedo, me dijo, tú no haces voces». «¡Pruébame!», le rogué. Recuerdo que en un momento determinado detuvo el programa: «Oye, de verdad que sí sabes...», reconoció medio incrédulo todavía. A partir de entonces empecé a trabajar en el espacio infantil de la emisora. De vez en cuando la directora me dejaba escribir. Creo que ahí comenzó mi entrenamiento escritural.

‒¿Extrañas Caibarién?

‒Me siento un cubano que viaja por el mundo y siempre regresa a su pueblo natal. Mi obra está llena de mi geografía natal. Creo que los dramaturgos nos paseamos insistentemente por la ciudad, el pueblo o el casucho que nos vio nacer. Yo estaré eternamente respirando el olor del mar de Caibarién y pensando que su suelo es el más fértil, aunque viva en La Habana o en Nueva York.

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