Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Lágrimas

Autor:

Enio Echezábal Acosta

Lima.— El tiempo que precede la llegada de un atleta al escenario competitivo, sea cual sea, puede parecer para los que miran desde fuera como una etapa de ruido blanco, durante la cual entrenamiento, cansancio y lesiones son solo palabras.

Basta con llegarse al sitio donde los deportistas viven su día a día, para notar que la vida del alto rendimiento va mucho más allá que viajar por diferentes lugares de la geografía mundial y ganar algún que otro trofeo cuando las cosas salen bien.

El inicio de la jornada comienza en la madrugada, y sigue con 90 minutos de algo que pudiera considerarse como una tortura productiva, del tipo que luego te dejan con ganas de un coma inducido. En la tarde se descansa, hasta que de nuevo toca regresar al ruedo y darle al cuerpo otra dosis de «castigo nivel dios».

Todo lo anterior no tiene en cuenta el tiempo que se pasa lejos de la familia, la estricta dieta, las no-fiestas, los no-paseos, y otros tantos detalles de la vida que terminan quedando en segundo plano detrás del resultado.

Una vez que procesamos toda esa información y entendemos cómo funciona ese contexto, podemos ver de dónde salen las lágrimas de un atleta.

En estos Juegos Panamericanos el llanto ha sido parte diaria del calendario. Sentimientos como la alegría o la frustración de los protagonistas quedan transformados en una especie de lacrimosa e inevitable explosión líquida que se manifiesta a través de los ojos.

Recuerdo haber visto «romperse» a un venezolano, campeón de la lucha grecorromana, cuando escuchó las notas de su himno. Allá en lo más alto del podio, una bola de músculos de seis pies luce más como un niño que como un hombre que acaba de coronarse el mejor de una división en todo el continente. Y esto es en el caso del que gana.

Hay que llegarse a la zona mixta para ver las caras de aquellos que no han logrado su meta, por este o aquel motivo. Ahí a veces no vale un bronce ni una plata como consuelo para el fallo que te alejó de ver tu bandera por encima del resto.

En momentos duros como ese, solo se ven cabezas gachas y voces entrecortadas. Son las señales que identifican el orgullo herido y las esperanzas puestas en espera por otros cuatro años. Dígame usted si no dan ganas de llorar también.

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