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Chávez, como caballo en la sabana

El mandatario venezolano mantiene una agenda tan cargada como si cada día fuera el primero. Candidato de la derecha para los comicios presidenciales refuerza campaña de antivalores y mantiene desafío al poder electoral

Autor:

René Tamayo León

CARACAS.—El presidente Hugo Chávez parece dispuesto a no descansar. Su agenda pública está tan cargada, que apenas los medios disponemos de tiempo para desplazarnos a las frecuentes e inesperadas convocatorias que nos remite, con mínimas horas de antelación, la oficina de Prensa Presidencial.

El hombre está como caballo en la sabana.

Este mismo sábado tenía previsto, primero, realizar una visita a una ciudad en construcción y, luego, encabezar una ceremonia militar por el onomástico 75 de la Guardia Nacional, ahora rebautizada como Bolivariana.

La inspección a la urbanización Tiuna, un emprendimiento conjunto con China, y la ceremonia militar fueron suspendidas por las fuertes precipitaciones que está dejando en el norte de Venezuela la periferia de la tormenta tropical Ernesto.

Mas es juego suspendido por lluvias. Los últimos siete días, por ejemplo, el líder bolivariano los inició con una concentración, el sábado pasado, en el cerro de Petare —al este pobre y popular, y valga la redundancia, de Caracas—, y, precisamente, cuando cumplía 58 años de edad.

El lunes 30 viajó a Brasilia, para la incorporación oficial de su país al MERCOSUR. De allí regresó el miércoles. El viernes asistió a un acto de campaña en Antímano, al sur de la ciudad capital... Y hoy domingo su equipo de campaña convocó a una concentración electoral en el estado de Carabobo.

Así fue en la última semana. Y la anterior. Y la que la antecedió. Y la otra de más atrás... Todas son iguales. Y las que vienen, pintan igual.

Son días de frenesí. Literalmente, a ritmo de rock and roll. Chávez hasta ha cantado y bailado algunos acordes de heavy metal con Hany Kauam, Omar Enrique y Los Cadillads, quienes lo han acompañando en sus últimas concentraciones proselitistas.

Y esa es solo la agenda pública. A lo interno de Miraflores —sede del Gobierno—, se sospecha que las horas de oficina y despacho son largas. Como dice un spot publicitario de los medios públicos, «Venezuela está en constante movimiento». Chávez, sin lugar a dudas, parece ser el gran motor.

La oposición o una campaña de antivalores

El candidato de la derecha para las elecciones presidenciales del 7 de octubre (7-O), en tanto, mantiene la estrategia de sus asesores internos y extranjeros. El plan en las últimas jornadas está revelando, al menos para los que quieren ver, las verdaderas propuestas de la reacción local y mundial.

Uno de los más sorprendentes giros de los últimos días fue el reforzamiento de un discurso de antivalores que tiene como soporte la promoción del egoísmo nacional. Se trata de algo muy peligroso. No hay nada más cercano al fascismo que eso. (Y no seamos ingenuos, ese mensaje pega, al menos en algunos sectores. La historia mundial lo ha demostrado más de una vez).

«No regalaremos ni un solo barril de petróleo más a ningún país del mundo. Las ganancias de PDVSA (la corporación petrolera estatal) se quedarán en la nación», señaló Henrique Capriles Radonski.

Fue una declaración «de fe». La máscara cayó. Lo hizo en el estado nororiental de Anzoátegui, donde aseguró que de ganar el 7−O, revisará todos los tratados petroleros suscritos por el Gobierno en los últimos 14 años.

Este viernes, en Antímano, cerro popular de Caracas, Chávez le salió al paso. Señaló que su país no le regala combustible a nadie. Que desde China hasta Cuba, todos pagan centavo a centavo, litro por lo litro, esos suministros.

Indicó al respecto que si Venezuela muestra hoy los índices de salud que tiene, es gracias a los más de 30 000 trabajadores de la salud pública cubana que están aquí.

Lo mismo pasa —replicó— con China y la política crediticia y el intercambio científico, tecnológico e industrial que sostienen. Y así, país por país con los que ha establecido colaboración profesional, técnica y otras más, en beneficio de las mayorías venezolanas, antes excluidas de cualquier heredad; es decir, de sus descomunales ganancias petroleras.

Todo, explicó, se paga, a través de convenios honorables, solidarios y económicamente justos, cuya garantía es el petróleo, ese (ha apostillado en más de una ocasión el líder revolucionario) que ahora la derecha quiere volver a dar a precio de ganga a EE.UU., como lo regaló durante cien años antes de que las mayorías populares, con él, subieran al poder.

Desconociendo al árbitro

El Consejo Nacional Electoral (CNE) está empeñado —y ha dejado saber que impondrá su autoridad para lograrlo— en ofrecer una campaña y unas elecciones tranquilas, limpias y transparentes.

Así las cosas, los rectores del ente han regañado a casi todos los actores políticos, medios de prensa y otras partes involucradas en la feria comicial que siempre son —gústele a quién le guste y llore quien llore, las elecciones democrático-burguesas, como la que acontece aquí. A un mes de campaña electoral oficial, no ha quedado «títere» sin reprimenda.

A todos el CNE los ha exhortado a entrar en el redil.

Nadie escapó a sus coscorrones. Ni Chávez y su equipo de campaña, ni organizaciones no gubernamentales, ni medios de comunicación bolivarianos y opositores (contra los cuales, a propósito, la jerarquía comicial inició cuatro procesos de averiguación por irregularidades en sus pautas publicitarias a favor de los dos candidatos principales —no olvidemos que otros cuatro o cinco «independientes» también están en liza, por el momento).

La derecha venezolana, empero, también parece enfrascada en una estrategia de desoír, desautorizar y desacreditar al CNE.

A fuerza de imponer su imperio, el árbitro electoral dedicó su último rapapolvo al candidato ultraconservador, quien se niega a quitarse una gorra, en sus presentaciones públicas, en la que está impresa la bandera, en contradicción con la norma que prohíbe a los contendientes portar los símbolos patrios.

El Comando de Campaña Carabobo —el team proselitista del candidato/presidente Hugo Chávez, denunció este viernes las irregularidades de su principal contrincante, el Comando de Campaña Venezuela, de Henrique Capriles Radonski.

Blanca Eekout, una de las coordinadoras nacionales del Comando Carabobo y el Gran Polo Patriótico —conglomerado de partidos, organizaciones y movimientos sociales que acompañan a Chávez—, denunció que en esto hay dos interpretaciones.

Una —dijo— es un abierto desafío a la autoridad del CNE; otra, una maniobra de victimización de la derecha, para el 7 de octubre —como vienen pronosticando desde inicios de año los bolivarianos — desconocer —si no le es propicio, como todo apunta— la cantada de ganador a favor de Chávez que le correspondería, pésele o no, al CNE, y así generar un clima de desestabilización para deslegitimizar el dictado.

La reclamación de los partidarios de Chávez aconteció este viernes.

Al parecer, la cosa no ha ido más allá. Veremos cómo se mueve el conglomerado de jueces del CNE. Su mandarria es ley, pero el ejercicio de la justicia es difícil, a veces, más que mandato, es ejercicio de equilibrista, y cuando eso ocurre: o se salva la distancia, o se cae al precipicio. Esperemos.

Tensión, pasión y otras mañas

El clima electoral venezolano se tensa mientras los días para el 7-O se acortan. La mayoría de las encuestas siguen dando como amplio favorito para entonces al estadista Hugo Chávez Frías. Sin embargo, su victoria no será tan predecible e irrefutable como algunos quisieran.

Manipulaciones más, errores menos, la ultraderecha local y su candidato están buscando cubrir o generar determinados espacios que, en situaciones límites (impredecibles —pero que buscan construir) pudieran empañar la limpieza de la pronosticada victoria chavista, y así generar inestabilidad interna; incluso, una intervención extranjera.

No olvidemos que, en promedio, en los últimos 110 años —desde fines del siglo XIX en Cuba hasta 1989 en Panamá, los yanquis han intervenido en América Latina y el Caribe por lo menos una vez por año.

En mi opinión, en los imperios no mandan ni hombres ni nombres, sino los grupos de poder que están detrás del aparente impoluto e incólume sillón de la Oficina Oval.

Si la reelección del «mulato» dependiera de lanzar su propia guerra —las que han acontecido en su jefatura las adquirió de antemano—, no le va a temblar el dedo para ordenarla. Cuatro años más en la Casa Blanca valen uno o mil y más marines muertos, y tristeza y desolación en sus autodesignados oscuros rincones del mundo.

No importa el costo humano. En economía todo indica que las guerras, al menos para quienes mandan allí (el complejo militar-industrial y otras «alimañas») son pura rentabilidad.

Pero bueno, dejemos de lado —por el momento— las teorías de guerras y conspiraciones del «poder supremo» que, querámoslo o no, busca regir este planeta desde que se finiquitó el contrapeso soviético en ¿1991? —con sus pro y muchas contras.

Lo cierto es que detrás de la estrategia electoral conservadora en Venezuela, están de seguro, y aunque eso es un secreto casi impenetrable, la crema y nata de los más reputados y cotizados orquestadores de campañas electorales a nivel mundial.

Y, seamos objetivos, esos tipos son buenos, por lo que la cruzada electoral de la derecha mundial en Venezuela y su delfín criollo, Henrique Capriles Radonski, no está tan errada como algunos apasionados corazones izquierdistas quisiéramos.

Como van las cosas, y haciendo malabares matemáticos, incluyendo encuestas, predicciones de los centros de estudio mejor pagados de EE.UU. y Europa —los llamados think tank—, manipulaciones mediáticas, vituperios y mil maldades más, no es descabellado barajar que en las elecciones del 7-O el derechista Capriles Radonski pudiera levantarse con unos seis millones de votos a su favor, y quizá unos miles más.

El líder revolucionario Hugo Chávez Frías debiera llegar, y superar con otros centenares más, los nueve millones de votos.

No obstante, las cuentas pudieran pegarse un tin. Quien crea que Capriles Radonski —y sobre todo los intereses que están detrás de él— es el mayor «tonto de la colina», se va a desengañar; mucho dinero y mucha inteligencia —no la de él, esa no sube ni la más pequeña de las colinas— están detrás.

No obstante, la historia sigue siendo multitud. En los últimos diez años, desde el golpe de Estado de abril de 2002 contra Chávez, hasta hoy, hemos aprendido algo en Nuestra América: los pueblos son los que deciden el rumbo de la historia.

Ningún periodista ni ningún conglomerado de mentes más o menos brillantes, bien pagadas por fundaciones derechistas, oportunistas o «izquierdosas» —todas muy bien financiadas por este o aquel poder—, y que ahora se le dicen think tank, están en capacidad ni aquí ni allá de predecir el futuro.

La telúrica de los pueblos es indetenible e indefinible. Al menos así ocurre cuando han luchado y logrado ser libres. Y no es beneficio adquirido. Eso se conquista. No hay nada que pronosticar. Venezuela se juega su futuro y el de América. Y los pueblos, cuando han aprendido, no se equivocan. Veremos.

 

 

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